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setefilla / r. Madrigal

Las edades del periodista

HAY una foto que circula por internet en la que en una simple consecución de botellas se definen las edades por las que pasa un hombre, empezando por un biberón y acabando por una botella de suero. En el periodismo pasa algo parecido, sin tener en cuenta eso de cumplir años, porque unos lo experimentan antes y otros después. Esta profesión tan perra, parafraseando a García Márquez, empieza siendo un bálsamo de entusiasmo en el que, con apenas experiencia, te ves animado a salvar el mundo. Tienes una meta y eres la persona más íntegra y honesta para llevarla a cabo. Cada día es un reto, cada día es un pulular de noticias diferentes, cada día es una nueva oportunidad para dejar tu huella en la sociedad. Porque si hay algo indispensable para ser periodista, eso es el ego.

La madurez profesional oscila entre la seguridad económica y el estancamiento personal en una empresa que apenas escucha tus súplicas o ideas para cambiar algo. La rutina en el periodismo también existe -ahora eres consciente- y es todavía más pesada que en otras profesiones. Todos los años iguales, en un ciclo repetitivo en el que casi tienes que tirar de hemeroteca para no contar exactamente lo mismo que el año anterior.

La jubilación es algo parecido al ¿qué hago yo aquí? Si ahora hemos sufrido la reconversión tecnológica ¿qué nos espera a la nueva generación cuando veamos entrar a los becarios con ocho idiomas, experiencia en diferentes países y desparpajo para cargar con todo y todos? Pues que tendremos que espabilarnos como otras generaciones para no quedarnos fuera de un carro, el de la comunicación, que avanza a pasos agigantados.

A pesar de todo, a pesar de nada (y esto puede ser un guiño al sueldo) como dice también el autor de Cien años de Soledad, aunque se sufra, el periodismo sigue siendo la profesión más bonita del mundo. Así que debe ser que los periodistas además de ególatras, debemos ser también, masoquistas.

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