Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
EFECTO Phil Collins: "Modo en que se denomina el probado efecto negativo que, sobre la cuota de audiencia, tiene la emisión de música en televisión". Con permiso de la pereza de refrendar el dato en el INE, sospecho que el 8,4 por ciento de los españoles que ven la televisión tienen entre 35 y 45 años, ignoran por completo qué es Gandía Shore y, en un porcentaje algo menor, no sólo sabrían tararear tres canciones de Alarma sin pensar demasiado y decir cuántas canciones contenía Autobiografía, si no quién es Osvi Greco y con quién ha grabado y tocado. En total alrededor de millón y medio de almas (esperanza de futuro) que se sientan a ver y a disfrutar de A mi manera, un programa de La Sexta que, desafiando al 'efecto Phil Collins', se está llevando todos los (injustos e injustificados) palos posibles de cuanto crítico de televisión esperaba ver a Nacho García Vega haciendo edredoning con Sole Giménez.
Para mí, A mi manera es la combinación entre música y televisión más digna que se ha ofrecido desde aquel Séptimo de caballería de Miguel Bosé que puso tan alto el listón, antes de instaurarse el maltrato sistemático al pentagrama en televisión.
Para subsanar el único (aunque inmenso) error que A mi manera comete, subrayar la inmensa banda de Músicos (sí, con mayúsculas), que hacen potables muchas veces las sentidas interpretaciones de Sole Giménez, Antonio Carmona, Marta Sánchez, Nacho García Vega, Mikel Erentxun, Manolo Tena y David De María. Un programa de música para músicos no debería caer en el error de ni siquiera mencionar sus nombres.
Estéticamente es indiscutible también. La ubicación mallorquina es un homenaje a los ojos ávidos de belleza y sueños sentados ante una pantalla empeñada en mostrarnos a Belén Esteban en pijama. El vino, el fuego de la chimenea, el mar y el azul piscina se cuelan en el salón de cualquier casa a la hora en que uno quiere soñar con espacios lejanos al atasco de la circunvalación en la que cada cual se atasque en su rutina propia.
Aun siendo lo menos interesante, los pequeños tramos de conversación-entrevista resultan cómodos y cercanos. Los siete comparten profesión, algunos barrio, saraos, experiencias o ceros en su cuenta corriente, lo que facilita la confianza e iguala el lenguaje. Estrella del pop charla con estrella del pop en idéntico trance, y se cuentan cosas como que "yo ya estoy más para vender que para comprar" (Nacho García Vega) o que están dejando "el desconcierto después de los conciertos" (David De María). Sin miserias ni bisbales, sólo apto para nostálgicos. Un gustazo.
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