El exprimidor

Desde la Moncloa lo que hacen es sacar hasta la última gota de jugo de la 'naranja' para tirar la cáscara después

La convulsión en la que se ha instalado la política española, crispada ya de por sí desde hace un lustro, después de que terminase el bipartidismo, tiene un solo objetivo: romper los bloques ideológicos de manera que la izquierda se perpetúe como única alternativa real de Gobierno, que del centro a la derecha no se sume mayoría.

Es una estrategia de amplio rédito para el PSOE y Unidas Podemos si tiene éxito. Porque el riesgo aquí lo corre Ciudadanos, que es quien tiró de la espoleta al presentar la moción de censura en Murcia, que desencadenó la implosión del Gobierno autonómico de Madrid y la convocatoria electoral anticipada en esa comunidad (al margen del esperpento de las mociones presentadas por la izquierda con el decreto de disolución ya firmado).

De momento ha cegado cualquier posibilidad de unidad entre populares y naranjasen coaliciones electorales, que habría sido una alianza natural, porque Cs parece no comprender que gran parte de sus votantes eran descontentos de un PP comprometido por la corrupción y la estéril política para con Cataluña del anterior Gobierno.

De ahí que la dirección de Pablo Casado, que pretenden que sea víctima colateral, optara por intentar desde ahora la incorporación a su base electoral de los militantes, simpatizantes y votantes que tuvo en Albert Rivera antes del batacazo del 10-N de 2019.

Las elecciones de Madrid servirán para medir los primeros efectos de esta operación. Qué pasa con los tres actores del centro a la derecha del espectro político español. Fundamentalmente si el PP, con Isabel Díaz Ayuso como estandarte, mantiene la hegemonía del bloque o si, como ocurrió en Cataluña, Vox, que está encantado con Pedro Sánchez e Iván Redondo, que trabajan para abonar su crecimiento, es capaz de lograr el sorpasso. Cs, en cambio, luchará por mantenerse en la Asamblea de Madrid, y probablemente pasará a ser irrelevante.

Porque eso es lo que parece no haber entendido Inés Arrimadas, que no acierta desde que declinó intentar la investidura tras su triunfo en Cataluña en 2018, y que no comprende que desde la Moncloa lo que han hecho es encender el exprimidor para sacar hasta la última gota de juego a la naranja para tirar la cáscara después.

Suerte que en Andalucía se impuso la cordura y Juanma Moreno y Juan Marín rechazaron estos artificios en plena pandemia.

Porque que todo esto pase es, además, inmoral, rescatando el calificativo que la propia Arrimadas usó para definir otras recientes e inútiles mociones de censura. Porque lo más duro de asumir es que tenemos una clase política, toda ella, insensible a la tragedia que vivimos, enfrascada en sus cuitas y ajena a los problemas reales.

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