¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
EN unos días comenzará el mes de agosto y con él llegarán las vacaciones de la mayor parte de los españoles. Nuestro suelo patrio será el escenario de múltiples manifestaciones festivas en las que no hay más que dos opciones: participar en ellas o padecerlas. Los que decidan ir a algún pueblo -todo español tiene antecedentes pueblerinos- tendrán que soportar las gansadas colectivas de gentes que, procedentes de algún barrio periférico de las grandes ciudades, se toman el mes de agosto como un tiempo de liberación de costumbres y de abandono de las más elementales normas de convivencia, si es que las observan el resto del año.
Si usted es de los que se ha planteado dedicar las vacaciones de agosto para descansar o leer, más vale que se quede en casa. Si va a la costa, paciencia. No podrá aparcar en ningún sitio, tendrá que madrugar para conseguir un espacio en el que poder clavar la sombrilla como si fuera una pica en Flandes y luego defender el territorio hasta que llegue su familia como si fuese un león del Serengueti. Todo le costará el doble, comerá precocinados y fritangas como si fuera un guiri, tendrá que hacer colas para todo y soportar a los adefesios que por allí abundan.
Si se decide por un pueblo de interior, generalmente el de los abuelos, coincidirá con las fiestas patronales. Tendrá que soportar toros embolados, cabras lanzadas desde el campanario de la iglesia, simulacros de peleas con vino o a tomatazos, ruidos discotequeros hasta el amanecer, borracheras colectivas y gamberradas varias para celebrar la victoria del equipo local ante el del pueblo vecino en el trofeo que lleva el nombre del patrón. Por la tarde traje y corbata para acompañar los pasos de los patronos junto al cura, el alcalde y el cabo de la Guardia Civil. Comprobará que España sigue oliendo a pueblo.
Agosto pasará y volverá la normalidad. La memoria, siempre selectiva, lo idealizará y recordará lo maravilloso de las vacaciones. Las estadísticas dirán lo contrario: que hay más disputas familiares y separaciones matrimoniales, más asesinatos originados por conflictos con los vecinos, más accidentes de tráfico motivados por el alcohol. Nada de eso nos hará cambiar de opinión. Iba a decir que somos un país de catetos, pero seguro que lo mismo pasa en Alemania, Francia, el Reino Unido o Pernambuco. Nada nuevo bajo el sol. Ánimo, ya queda menos: Tempus fugit. Pax vobiscum.
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