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La impotencia de los bancos centrales

El BCE ha contribuido a evitar el desastre, pero no ha conseguido que el crédito llegue a empresas y familias No se decide a tomar nuevas medidas porque teme que no funcionen

EN su última reunión, el jueves de esta semana, el BCE ha dejado inalterado el tipo de interés en el 0,25%, afirmando que continúa la orientación expansiva de la política monetaria (forward guidance) mientras se mantenga la debilidad de la economía europea, la inflación anclada, y el crédito cerrado a las familias y a las empresas. La situación en la que se encuentra el BCE es de cierta impotencia, al contemplar que ninguna de las medidas extraordinarias hasta ahora adoptadas han logrado que el crédito fluya hacia la economía real y que se reactive la deprimida economía europea.

Es cierto que las palabras del gobernador del BCE, Mario Draghi, en el mes de septiembre del año pasado, afirmando que haría todo lo necesario para proteger al euro y asegurando que sería suficiente, salvaron del desastre financiero a países del sur de Europa, como Italia y España, que estaban al borde del precipicio de la suspensión de pagos. Nunca diez palabras de un mandatario han tenido un efecto tan espectacular y positivo sobre los mercados financieros de deuda pública y privada, y sobre la reducción de las primas de riesgo de los países del sur.

No obstante, la gran potencia de fuego financiero del BCE se convierte en impotencia cuando pretende que sus medidas alcancen a la economía real de las empresas y de las familias. De nada ha servido la última bajada del tipo de interés de referencia hasta el 0,25%. El euro ha continuado sobrevalorado, dificultando el crecimiento de las exportaciones de España y otros países del sur, único motor impulsor de su crecimiento. El crédito a las familias y las empresas ha continuado reduciéndose. La banca ha persistido en su conducta de destinar la liquidez obtenida del BCE a la compra de deuda pública, un activo sin riesgo (oficialmente), que a la vez permite sostener los márgenes de su cuenta de resultados.

¿Qué más puede hacer el BCE para que el crédito fluya hacia las empresas y las familias? Puede penalizar a los bancos por atesorar su liquidez en la cuenta corriente del BCE (facilidad de depósito), cobrándoles por depositar el dinero allí (tipos de interés negativos). Puede condicionar los préstamos de liquidez a los bancos a que una parte de ellos se destinen a la financiación de las empresas. Puede volver a hacer una gran inyección de liquidez a medio plazo (LTRO), como la que hizo en el 2012. Puede limitar o penalizar la compra de deuda pública por parte de los bancos, considerándola un activo con riesgo que exija nuevas aportaciones de recursos propios (capital). Todas estas medidas, según Mario Draghi, están disponibles, si ello fuera necesario. Lo contradictorio es que todavía no se hayan aplicado en un escenario en el que: la inflación está controlada y anclada en una perspectiva de largo plazo (1,3% en 2015 según el BCE), muy por debajo del objetivo del 2% que se persigue, el crecimiento de la Eurozona va a seguir siendo débil el próximo año (según sus propias previsiones el 1,1% en 2014), el desempleo continuará en los altos niveles alcanzados, y algunos países, como Francia e Italia, están a punto de entrar en una nueva recesión.

Mario Draghi quiere esperar y ver el efecto que puedan tener las últimas bajadas del tipo de interés. Quiere guardar balas en la recamara, ya que presume que la batalla de la recuperación va a ser muy larga. Pero también se siente impotente, ya que las medidas hasta ahora tomadas no han servido para reactivar el crédito y la economía: los bancos continúan dirigiendo la liquidez a financiar al sector público, las condiciones de financiación de las pymes siguen deteriorándose, los tipos de interés permanecen en altos niveles, la fragmentación del sistema financiero europeo aun está creciendo, con un tratamiento desigual de las empresas del norte de Europa con respecto a las del sur, a igualdad de solvencia. Por esta razón desconfía de que una nueva inyección de liquidez o la imposición de tipos negativos a los bancos puedan desbloquear esta situación y acabar con los incentivos perversos. Los bancos tienen miedo a prestar ante una demanda de crédito con poca solvencia. Por otra parte, las nuevas exigencias de capital de Basilea III encarecerán el crédito y dificultarán su crecimiento. Si a esto sumamos el examen al que los va a someter el BCE durante todo el 2014, y la evaluación de la calidad de sus riesgos en rigurosos escenarios de estrés, podremos comprender la obsesión de los bancos por reducir sus activos con riesgo (créditos) por razones de solvencia y liquidez, y más cuando todavía están muy endeudados y con una relación de créditos a depósitos muy alta.

Los bancos tienen que seguir reduciendo su deuda externa y su dependencia del BCE. En estas circunstancias es difícil que se animen a conceder crédito. En este sentido, el alto apalancamiento de los bancos y el excesivo endeudamiento de las familias y las empresas es un gran obstáculo para la vuelta del crédito. En los próximos años el papel de la banca será el de reasignar recursos desde las empresas y sectores muy endeudados y con poca viabilidad y productividad (sector inmobiliario y administración pública), hacía otros sectores más productivos, innovadores y orientados hacía la exportación. Si España no puede aumentar su nivel de deuda, no le queda más remedio que reasignar los recursos financieros, limitados y enterrados en activos improductivos, en el sector privado y el público.

Mientras tanto, son los problemas de solvencia, saneamiento y liquidez de los bancos los que más preocupan al BCE, ya que tiene que asumir la responsabilidad de su supervisión a partir del mes de noviembre del 2014. La prioridad durante el próximo año va a ser sanear y reestructurar el sistema bancario europeo, por encima del crédito a las empresas. El gran problema es que la solvencia bancaria y el crecimiento y el empleo son factores que se retroalimentan, en estos momentos en sentido negativo. Un auténtico dilema para el BCE y para los gobiernos europeos.

Quizás los gobiernos estén pidiendo a los bancos centrales más de lo que pueden hacer. Quizás les están pidiendo que hagan su trabajo. Es más, los bancos centrales pueden pasar de ser considerados los héroes que salvaron al mundo de la depresión, a los villanos que se niegan a facilitar la recuperación. Este escenario se podría agravar si los daños colaterales de sus grandes inyecciones de liquidez vuelven a crear burbujas de activos inmobiliarios y bursátiles, como ya está ocurriendo en algunos países desarrollados (Alemania, Francia, Noruega, Suecia, Suiza, Finlandia, Canadá, Australia, Reino Unido…) y otros países emergentes (China, India, Brasil, Turquía, Hong Kong, Singapur, Indonesia, Israel…). Y es que los bancos centrales no pueden hacerlo todo, tan solo pueden permitir ganar tiempo para que los gobiernos acometan la gran tarea de reformar y modernizar sus sistemas económicos anquilosados, haciéndolos más eficientes, mediante la reforma de sus instituciones, mercados, sectores productivos y administración pública. Una tarea de gobierno ineludible, pero con un alto costo político si estamos cerca de las elecciones. Los bancos centrales pueden ayudar y facilitar la tarea del gobierno europeo en su proceso de avance hacia la unión bancaria y fiscal, y del gobierno español en su gran esfuerzo de consolidación fiscal y de modernización del país mediante las reformas estructurales. Lo que está claro es que no los puede sustituir.

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