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Rafael / Padilla

En el laberinto

HAY cifras que avisan del despropósito. Suelen preguntarme cuántas leyes hay en vigor en España. Pues miren, con datos de 2013, unas 100.000, de las cuales alrededor de 67.000 son de origen autonómico. Añadan las que proceden de la Unión Europea (algo más de 3.000 normas jurídicas al año) y comprenderán el exacto alcance de tamaña hiperregulación. Traducido a páginas, y en la estricta órbita interna, los diferentes boletines oficiales publicaron, en 2014, 983.130 páginas, de las que 169.874 correspondieron al BOE. En 2015, el disparate se moderó algo: el BOE vomitó sólo 124.329 páginas.

Son obviamente demasiadas. Tantas que no hay ciudadano que, ahora mismo, pueda estar seguro de no estar incumpliendo alguna. Casi no queda ya aspecto de nuestra vida que no resulte normado. No importa, ellos encontrarán el resquicio por el que continuar invadiendo lo que, con escasísimo fundamento, seguimos llamando 'nuestra libertad'.

Por desgracia, no es el principal foco de preocupación. La seguridad jurídica, soporte fundamental de la convivencia, también está siendo erosionada por el flanco de la calidad. Digámoslo sin ambages: nuestra producción legislativa , además de elefantiásica, es mala, perra, llena de preceptos ininteligibles, plagada de estupideces contrarias al buen hablar y al mejor escribir, invadida de inacabables subordinadas, siempre transitoria, voluble como veleta de Tarifa, inflada de declaraciones altisonantes y vacuas, construida con una deplorable técnica jurídica. Se legisla, pues, más y peor, provocando la intranquilidad en el pueblo y una creciente y desesperante ineficiencia del sistema.

Ante tan abrumador panorama, hay juristas que se plantean la actual vigencia de un viejo mandato: eso de que "la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento", denuncian, no de deja de ser hoy, dada la cada vez más compleja, excesiva, urgente y farragosa novación normativa, un mandato ilusorio, una coartada, al cabo, para los patológicos excesos de nuestros descerebrados legisladores.

Afirmaba Tácito que "cuanta más leyes tenga un país, más corrupto es". El nuestro, con reglas para aburrir, habiendo tejido un inabarcable laberinto de artículos que mutan cada minuto, es el mejor ejemplo de la clara sensatez de sus palabras. Para mayor gloria de una clase política que oculta sus vergüenzas en millones de frases coercitivas, tan rimbombantes e inescrutables como absurdas, inútiles y dañinas.

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