Ojo de pez

pablo Bujalance

L a legitimidad del corrupto

HACE un par de días leí unas sorprendentes declaraciones de Raúl Castro en las que se refería a la corrupción como un problema de Cuba, agravado por el frecuente visto bueno de la Administración. Me sorprendieron sus palabras porque no es común escuchar a los líderes de regímenes autoritarios haciendo autocrítica; pero menos habitual aún es que hablen sobre la corrupción, y esto atañe también a los países democráticos. Rajoy vuelve a prometer crecimiento para 2015 pero sigue sin mentar a Bárcenas, y lo único que ha hecho la Junta respecto a los ERE es poner en solfa a la juez Alaya mostrando, eso sí, su total disposición a colaborar con la Justicia, como si pudieran hacer otra cosa. La corrupción, según las últimas encuestas, es el segundo mal que más dolor de cabeza da a los españoles después del paro, pero parece que a los políticos no les quita el sueño. O será que se siguen creyendo aquello de que lo que no se nombra no existe y confían en que su silencio terminará arrastrando toda la basura al olvido ciudadano. La Historia, maldita sea, les da la razón.

Entre la callada por respuesta de unos y la indignación de otros, conviene admitir que el ejercicio de la corrupción ha estado tradicionalmente en España cubierto de cierto halo de legitimidad. Muchos se preguntan cómo es posible que salga tanto sinvergüenza a la palestra y que los euros afanados se cuenten por millones como quien hace punto. Pero quien cree que esta inclinación tan extendida a meter la mano en lo ajeno constituye una espontánea pestilencia del presente se equivoca. Aquí la norma ha sido desde tiempos de Maricastaña la de meter la mano. Y quien se ha abstenido de llevarse a casa desde el material fungible de las oficinas hasta el fajo de billetes destinado a las arcas públicas, ha sido tachado, categórica e invariablemente, de tonto. Tonto del culo, con perdón, y para ser exactos. Y así el argumento común, desde los cortijos burocráticos del franquismo hasta el pelotazo do it yourself postransicional, ha sido el mismo: Si todo el mundo se apropia de lo que no es suyo, ¿por qué no lo voy a hacer yo?

De modo que Bárcenas y los ERE son consecuencias lógicas de una cultura forjada a fuego lento que algunos confunden erróneamente con la picaresca, por lo que no hay que llevarse las manos a la cabeza. El problema es que ya no quedan tontos del culo en cuyas manos dejar las riendas del país. La mayoría están en Europa, estudiando, investigando, aprendiendo idiomas, ganando el futuro. Ah, haber escogido muerte.

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