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Han pasado pocos días del triunfo electoral del PSOE y ya surgen algunas voces, complacidas y complacientes, que piden que los medios de comunicación no afectos revisen su posición anti-Sánchez. Me malicio que ese runrún, denunciado no hace mucho por Bieito Rubido, irá en aumento: lo que hoy es sugerencia, acaso mañana mute en consejo y pasado en mandato. Es tentación antigua de quien ostenta el poder el creerse en el derecho de disciplinar a su conveniencia la libertad de expresión y de reinventar, incluso, las reglas del juego.

El asunto alcanza mayor trascendencia porque tan anómala demanda encuentra su origen en un precedente inquietante. Recordarán que a finales del pasado año Carmen Calvo, persona que con toda probabilidad asumirá importantes responsabilidades en el futuro Gobierno, reprendió a la prensa, afeó sus malas prácticas y recetó como remedio imprescindible su regulación. En aquellas declaraciones, tras preguntarse por qué seguimos manteniendo que la mejor ley de prensa es la que no existe, Calvo deslizó también un concepto francamente peligroso: parece conveniente, afirmó, que se establezcan cuanto antes mecanismos de intervención.

Con ese caldo de cultivo, no extraña que los partidarios más apasionados y obsequiosos reclamen que se acallen las críticas al líder, que se silencien sus defectos y que reglamentaria y unánimemente empiecen a alabarse sus presuntas virtudes.

Como en su momento indiqué, a mí me parece que es mercancía averiada la que trata de vendernos quien sostiene que lo óptimo es estabular las opiniones. La libertad de expresión es inderogable, está en la base de una sociedad plural, enriquece la convivencia y garantiza una permanente y sanísima vigilancia del hacer de nuestros mandatarios.

¿Qué resulta incómoda y desagrada? Ésas son las servidumbres de un sistema en el que se antepone el tráfico libre de ideas al culto monolítico y opresivo al dirigente de turno. Se llama democracia y resiste bien -lo ha hecho siempre- la diversidad de juicios, criterios y calificativos. Así que déjense de inventos: que cada cual diga lo que le parezca; y si se excede, para eso nos hemos dotado de normas suficientes que, a posteriori, tutelan los derechos de quien se sienta ofendido. Lo otro, la loa monocorde, es el principal síntoma de un autoritarismo que, gracias a tantos, quedó -y tiene que continuar quedando- en el desván infame y vergonzoso de nuestros peores recuerdos.

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