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Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Todo es mentira

Vivimos del soma de la mentira en formato tuit, de la 'metaverdad' que conforma el 'fake' cotidiano

Suele afirmarse que en el mundo protestante la mentira en el ejercicio de la política es lo peor, y que a quien se pilla en un renuncio está listo de papeles, defenestrado. Uno sospecha que este protestantismo tiene mucho de puritano y no tanto de moral, y para ilustrar la diferencia entre una y otra condición ética bien nos vale el ejemplo de Bill Clinton, que distinguió, al explicar públicamente -con gran contrición y no menor propósito de la enmienda- aquel episodio con Monica Lewinsky en el Despacho Oval, entre coyunda propiamente dicha y un sucedáneo oral de la misma. Cabe también recordar, ya con menos morro, a aquel ministro de Defensa alemán de abolengo -Karl-Theodor Von und Zu Guttenberg, eso es un nombre- le costó el cargo y le valió el oprobio público el no entrecomillar, con lo fácil que es, algunos párrafos tejidos por otra persona; apropiándoselos, pues.

Aquí no hace falta ni confesar en público de católicas maneras. Ya se sabe: se dicen los pecadillos, se pide perdón con micrófonos ("Lo siento, no volverá a ocurrir", dicho con rictus de máximo dolor de los pecados), y vámonos que nos vamos. En España, situada en la metaverdad digital y el tuit, a estas alturas se trata de "sostenella y no enmendalla". Sucede que en la política low cost vigente aquí no es la mentira en sí quien, una vez aflorada, te da el golletazo, compelido el trolero por la decencia o la dignidad. Ni siquiera son los enemigos quienes logran descabalgarte ante una opinión pública ya saturada de casos y casitos. Son "los nuestros" -recuerden a Cristina Cifuentes- quienes nos arrearán el leñazo trasero y certero: los correligionarios tienen los dossieres de mayor calidad y más comprometidos.

La gloria de internet y la hiperconectividad han logrado crear un mundo de fakes (literalmente, "falso", "falsedades") que, de manera geométrica, ha crecido y sometido al de las verdades, que no se sabe si están o si ya ni se las espera. Internet nos ha hecho, con razón, desconfiados y descreídos (todavía quedan legiones de cándidos crédulos, y también las hay formadas por pérfidos lobos de la red). La política no va a ser menos. Trascendiendo nuestra pequeña vida y nuestro marchito Estado, gobernado por políticos sospechosos, cerraremos esto de hoy con pregunta retórica que se hizo San Agustín hace unos 17 siglos: "¿Y qué son las bandas de ladrones, sino pequeños reinos?". Pero no, seamos menos oscuros; cerraremos con otra de Celtas Cortos: "Cuéntame un cuento y verás qué contento me voy a la cama y tengo dulces sueños".

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