Puntadas con hilo

María José Guzmán

mjguzman@grupojoly.com

No es odio, es incultura

¿Dónde habrán leído las niñas de la pintada de San Martín la proclama anarco-feminista?

El debate generado en las redes sociales por las fotografías de la proeza de dos niñas que se graban mientras realizan una pintada en la Iglesia de San Martín destila mucha acritud, más incluso de la que tiene este delito. Es eso, un delito, no es sólo la gracia de dos niñatas que firman su ocurrencia con un símbolo anarcofeminista. Pero falta tiempo para hablar de feminazis y otras muchas barbaridades que levantan una ola de odio difícil de controlar.

La autora fue identificada en poco más de 24 horas y, al margen de la instrucción judicial, ya se le ha pasado la factura de la limpieza. Ya no queda rastro de la pintada en la fachada de este BIC, donde intervino con diligencia Lipasam. Más difícil es dejar impolutas las redes, a pesar de que con la misma o más rapidez actuó la acusada para cerrar la cuenta desde la que se difundió la historia. Pero el episodio tardará poco en diluirse, quedando como un botón más de la falta de respeto que impera, sobre todo, entre las generaciones más jóvenes.

Y basta con mirar esa selfie que se hizo viral para cuestionarse si detrás de ese gesto hay o no una verdadera intención política, algún tipo de activismo. “La única Iglesia que ilumina es la que arde”, rezaba la pintada. Es una proclama anarquista y feminista. ¿Dónde la habrán aprendido estas jóvenes? ¿En las redes sociales? Lo mismo se podría preguntar a muchos de los estudiantes que salen a manifestarse con la pancarta en la mano y lo más que atinan a explicar es que luchan por una escuela de calidad. Discurso vacío. Tal vez no son la mayoría, justo es reconocerlo, pero son muchos los que se estrenan en la Universidad y, en el mismo paquete, debutan con una nueva estética, casi siempre radical, para uno de los dos extremos. Y entonces la rebeldía y el inconformismo sano que se le presupone a la juventud se torna en una postura intolerante y difícil de soportar por el resto.

Y tal vez no sea exactamente el caso de las niñas de las pintadas de San Martín (niñas, porque aunque una es mayor de edad, su actitud es tremendamente infantil). Pero retrata a muchos jóvenes que, paradójicamente, presumen de intelectuales para despreciar a la cultura y pisotear todo lo que se les pone delante. ¿Es odio lo que rezuman estas agresiones? Más bien parece incultura y las delata la soltura con la que sacan pecho. Sin complejos.

Hace unos meses, un observatorio hacía pública una encuesta que medía el interés por la cultura entre los más jóvenes y el dato era demoledor: cuatro de cada diez admitían no acudir a espectáculos y eventos culturales por falta de interés.

Lo que no se conoce no se puede valorar, ni apreciar, ni mucho menos echar en falta. Por eso no siempre hay odio detrás de un ataque activista, porque no va de eso sencillamente. Como no todos los daños y robos en un yacimiento arqueológico son siempre un expolio. Lo definía bien un amigo a raíz del saqueo de las tumbas de la necrópolis de El Torbiscal: allí no había nada que robar, era sólo un acto de rapiña. Es simplemente incultura y este debate, nada violento sino constructivo, es el que debería viralizarse.

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