LOS momentos de confusión por los que atraviesa Venezuela ejemplifican el balance de la era de Hugo Chávez: un presidente electo moribundo en otro país, en Cuba, cuya enfermedad ya era lo suficientemente grave como para que el votante venezolano lo hubiera sabido en el momento de acudir a las urnas hace algo más de un mes, y un Estado cuya Constitución no resuelve con claridad qué ocurrirá el 10 de enero si su mandatario no está en el país. Ni siquiera su sucesor. El chavismo, temeroso de su propia existencia sin su caudillo, llegó a unas elecciones ajustadas -las terceras de Chávez-, en las que éste volvió a ganar, aunque por un ajustado 54% frente a Henrique Capriles, el hombre que por vez primera logró unir a la oposición. Todo indica que el chavismo intenta ganar tiempo ahora para resolver sus cuitas internas, toda vez que si Nicolás Maduro, el vicepresidente, fue designado como sucesor por el propio Chávez, el presidente de la Asamblea, Diosdado Cabello, debería de ser quien llevase al país a unas nuevas elecciones presidenciales en el caso de fallecimiento. Maduro, amigo de los hermanos Castro, y Cabello, uno de los militares que estuvo siempre junto al presidente, aunque se sitúa fuera del ámbito cubano, son contrincantes dentro de las mismas filas. Venezuela se enfrenta a un desatino propio de quien ha gobernado este rico país durante dos mandatos presidenciales. El balance de Chávez es así: acuñó la expresión de revolución bolivariana para acabar con la injusticia social en su país, exportar su modelo a otros estados de América Latina y poner fin a una corrupción endémica. Aunque ha ganado tres elecciones y fue objeto de un golpe de Estado con claras influencias internacionales, Chávez creó un régimen que amordazó a la prensa y a la televisión independientes, que se apoderó del poder judicial, convirtió Petróleos de Venezuela en el ejecutor de la corrupción y, lo más grave de todo, deja a un país dividido y fracturado. A pesar de ser una región rica en recursos energéticos, las rentas del petróleo han servido para disminuir muy poco la pobreza y la delincuencia. La mayor parte del combustible se consumía en el país a precios ridículos; otra parte, se exportaba a Cuba a cambio de apoyo político y la entregada a China se vendió por una cantidad ya gastada por un Estado que arrastra un déficit del 20% y una deuda que multiplica por diez la del año 2003. Pero quizás el mayor fracaso de la revolución bolivariana en Venezuela se vea en sus propias fronteras: en Brasil, donde tanto Lula da Silva como Dilma Rousseff, han sacado a millones de personas de la pobreza sin los gritos y mordazas del caudillismo y sin las arengas del militarismo.

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