La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Los adoradores, los nuevos agradaores
ES sorprendente que el comisario del pabellón español en la Bienal de Venecia declare: "Duele ver las diferencias de trato entre aquellos que tienen capacidad económica y galerías potentes detrás y aquellos que no. Si va sobre capital, el capital ha ganado". Porque quien asume esta responsabilidad parece ignorar, no solo lo que mueve la Bienal veneciana, sino las largas relaciones entre el capital y el arte, nunca tan fuertes como hoy. Una relación que es también, paradójicamente, la historia de la conquista de la libertad artística. Algo parecido a lo del capitalismo y la democracia.
Las relaciones entre dinero y arte se remontan a los orígenes de la emancipación de las artes -lo que incluye el reconocimiento de los artistas como personalidades singulares- que se logra gracias los ricos comerciantes y banqueros italianos de Florencia, Venecia, Milán, Ferrara y otras prósperas ciudades-estado de los siglos XV y XVI, y a las ricas ciudades y los comerciantes de Gante, Brujas o Amsterdam en los siglos XV, XVI y XVII. Desde entonces hasta hoy arte y dinero, creación y mercado, desarrollo artístico y prosperidad económica, no solo son indisociables -¿es casualidad que la edad de oro de nuestra pintura coincidiera con el orto y el ocaso del imperio español bajo el reinado de los Austria?-, sino que se han intensificado a partir del siglo XIX en la era de las industrias culturales, a las que las vanguardias nunca fueron ajenas.
El arte contemporáneo, por desarrollarse en las sociedades del capitalismo avanzado, es el que más estrechamente ha estado unido a los intereses del mercado artístico. ¿De qué se duele este hombre, entonces? No hace falta remontarse a la Historia social de la literatura y el arte de Hauser. Basta leer los muy amenos y divertidos -a la vez que rebosantes de datos objetivos- El tiburón de 12 millones de dólares y La supermodelo y la caja de brillo de Don Thompson para tener idea de los poderosos lazos que ligan la más vanguardista y rompedora creación contemporánea al dinero. Y junto al mercado está el otro compañero, este milenario, del arte: el poder. Ambos confluyen espectacularmente en la arquitectura moderna del poder que tan bien ha estudiado Kenneth Frampton en su ya clásica Una historia crítica de la arquitectura moderna. Venir a estas alturas a dolerse de la relación entre arte y capital, y hacerlo además desde el supermercado artístico-turístico de la Bienal, parece una broma.
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