La tribuna

josé María Agüera Lorente

El pecado de Apple: el mito de la 'curva de laffer'

EN el reparto de la riqueza, se da un mecanismo bien reconocido por los economistas, componente también relevante de la actividad económica. Son las transferencias de dinero, ya sea en efectivo o "en especie". Los gobiernos son los que suelen realizar las mayores transferencias, superando en muchos dígitos a las propias de las instituciones de caridad. En Europa esta práctica resulta primordial para la existencia del conocido como Estado de bienestar, que se sostiene gracias a dos pilares fundamentales, a saber: los impuestos progresivos (tasas proporcionalmente más elevadas para los más ricos) y las prestaciones universales. Un justo y eficaz sistema fiscal es probablemente uno de los más poderosos medios de cohesionar una comunidad política. Pero es una evidencia incontestable que a nadie le gusta pagar impuestos. Tampoco a los que más tienen ni a los que más ingresan. Con esto hay que contar a la hora de decidir políticamente hasta dónde hay que llegar en la presión fiscal.

La tendencia en política fiscal de las últimas tres décadas se basa en la idea de que, más allá de un determinado punto, incrementar los impuestos a los más pudientes resulta contraproducente, pues disminuye la recaudación e incrementa el fraude. Esta teoría queda representada en la conocida como curva de Laffer. Y es la misma que en buena medida también ha dado pábulo al fenómeno de la competencia fiscal; se trata de que los estados compitan entre sí para ofrecer a los poseedores de más capital las tasas más bajas con tal de atraer sus fortunas en la creencia de que algo de ellas acabará bendiciendo en forma de maná de consumo e inversiones al común de los ciudadanos del lugar.

Un caso de lo recién expuesto es el de Apple en Irlanda, recientemente aireado en los foros mediáticos. A últimos de agosto supimos que la Comisión Europea exigía a Irlanda que recuperase 13.000 millones de euros más intereses de la gran corporación informática por impuestos no pagados entre 2003 y 2014. A la mencionada compañía se le había aplicado un tipo en el impuesto de sociedades ridículo, que en 2014 llegó a ser de tan sólo el 0,005%, un agujero fiscal de facto, aunque formalmente bendecido por el gobierno de Dublín.

La curva de Laffer es el mito que la economía de libre mercado necesitaba para promover una política fiscal regresiva en los estados. Los mitómanos de la dichosa curva atribuyen a la teoría que representa el éxito de la reaganomics, es decir, la política económica que el presidente Ronald Reagan aplicó a partir de 1980. Ahora bien, a la vista, con perspectiva histórica, de los resultados obtenidos por dicha política no parece confirmarse que una drástica ruptura de la progresividad de los impuestos sea la solución adecuada para garantizar la continuidad del desarrollo, y que además, a medio y largo plazo, suponga una mayor disponibilidad de recursos públicos para una política de redistribución.

Resulta, por lo tanto, difícil sostener a estas alturas que el sobrevenido aumento de la desigualdad no desautoriza una política fiscal favorable a las capas más acomodadas, porque en cualquier caso esa desigualdad sería reabsorbida por el posterior desarrollo. Y es que unos elevados niveles de desigualdad pueden acabar socavando el desarrollo, haciéndolo estructuralmente inestable, y sobre todo, generando mayor dificultad para responder positivamente a los schocks económicos por venir.

Por eso Cristopher A. Pissarides, premio Nobel de economía en 2010, declaró hace ya dos años en una entrevista: "La desigualdad es elevada y sigue creciendo por la irrupción de nuevas tecnologías y por la llegada de competidores como China e India, con salarios mucho más bajos. Los Gobiernos deben plantarle cara con herramientas de política fiscal… Pero hay algo aún más importante: la coordinación entre los estados de la UE. Debemos eliminar cualquier forma de competencia fiscal".

El retroceso en la progresividad fiscal de las últimas tres décadas supone de hecho una transferencia de riqueza a la inversa que no contribuye a la convergencia, es decir, a la reducción de la desigualdad. La competencia fiscal va a favor de dicho retroceso, siendo la curva de Laffer el mito disfrazado de teoría económica dotada del debido rigor matemático que la justifica. No es la primera vez -ni será la última- que mediante la matemática se trata de dar apariencia de ciencia a lo que no deja de ser mera ideología.

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