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Tomás García Rodríguez

La 'plaza de los desafíos' del Barrio de Santa Cruz

Esta antigua plaza pública, que es hoy un patio vecinal, acogía la mayoría de los duelos

02 de abril 2022 - 01:48

Existentes desde tiempos inmemoriales, los combates que dilucidaban conflictos de honor entre caballeros se consideraban Juicios de Dios durante la Edad Media y estaban regulados en España a través de las leyes de Partidas. Dichos retos serían ilegalizados en 1480 mediante una pragmática emitida por los Reyes Católicos y ampliada durante el reinado de Felipe II. A pesar, incluso, de la enérgica prohibición formulada por las autoridades eclesiásticas en el Concilio de Trento (1545-1563) bajo pena de excomunión, los desafíos se incrementaron durante el Siglo de Oro y se mantuvieron hasta el siglo decimonónico. Con el paso a la clandestinidad, ya no existían los rígidos reglamentos anteriores con padrinos y jueces, las ofensas no estaban ordenadas en categorías y los lances pactados a muerte o a primera sangre podían concertarse entre personas de diferente rango social. El término duelo o batalla de dos, de escaso uso en castellano, sería importado desde Italia por las tropas españolas que servían a las órdenes del Gran Capitán, antecedentes de los renombrados Tercios. El último duelo hispánico oficial acontece en 1522 en Valladolid y fue presenciado sin mucha complacencia por el emperador Carlos V, siendo recogido por Pedro Calderón de la Barca en su obra El postrer duelo de España.

Los encubiertos desafíos a capa y espada ropera -con la usual ayuda de la daga de vela- proliferan desde principios del siglo XVI en Sevilla, al convertirse en una gran metrópoli y centro del comercio con el Nuevo Mundo. Los furtivos espadachines buscaban para batirse sitios recónditos, y los encuentran en antiguas barreduelas del Barrio de Santa Cruz como la actual plaza de la Alianza. Sin embargo, el enclave más visitado por los duelistas para cruzar las espadas y repartir mandobles era la llamada plaza de los Desafíos, a la cual solamente se accedía desde la plaza de los Venerables por el callejón San Diego, ubicado aún junto a la donjuanesca Hostería del Laurel y frente a la casa donde habría visto la luz el mítico don Juan Tenorio. La singular barreduela era una explanada en las traseras de viviendas de las calles Agua, Reinoso y Lope de Rueda. Con el discurrir de los tiempos, sufre distintos avatares hasta que pasa a manos privadas, siendo adquirida en subasta por el deán de la Catedral hispalense Manuel López Cepero en 1839 a razón de mil doscientos veintiocho reales de vellón. El canónigo la anexiona al jardín de su residencia sita en la plaza de Alfaro, esquina con la calle Agua, llegando a nuestros días como patio vecinal. Un rótulo a la entrada del callejón podría informar a propios y extraños de tan legendarios lugares, personajes y sucesos.

"Ni reconocí sagrado,/ ni hubiera razón ni lugar/ por mi audacia respetado;/ ni en distinguir me he parado/ al clérigo del seglar./ A quien quise provoqué,/ con quien quise me batí,/ y nunca consideré/ que pudo matarme a mí/ aquel a quien yo maté" (Don Juan Tenorio, José Zorrilla).

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