La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

El quite providencial verde

Los árboles que ustedes descuidan, señores munícipes, son vitales para el medio ambiente y la estética

Se cayó uno de los grandes árboles de la Gavidia. Afortunadamente, pese a su tamaño y a ser zona tan transitada, sin herir o matar a nadie. Dicen desde el Ayuntamiento que no estaba bien agarrado al suelo y ello ha motivado su caída al abrir las zanjas. Ya se verá. Aún de ser así cuando he pasado por allí, cosa que se repite en otras obras, me ha parecido que las zanjas estaban abiertas demasiado cerca de las raíces. Haya o no descuido en este caso lo cierto es que los árboles siguen medio o del todo abandonados, que no se les prestan los cuidados mínimos (los huecos de los árboles de la plaza de San Lorenzo en los que anidan, pudriéndolos por dentro, los hijoputa de los loros que en buena hora mate alguien y las palomas siguen descubiertos o mal cubiertos), que les ciegan los alcorques, que los talan y no los reponen, que se plantan cositas escuálidas inapropiadas para zonas amplias en las que el sol golpea sin piedad (por algo se llama así la Resolana y vean los arbolillos churripuercos -uno de ellos difunto y seco- que plantaron allí al reurbanizar la zona comprendida entre el arco de la Macarena y Muro) y que sigue habiendo calles y plazas inhóspitas como desiertos por estar huérfanas de árboles (dos ejemplos: Virgen de Luján y José Laguillo).

Y los árboles, señores munícipes, son esenciales para la habitabilidad de la ciudad tanto desde el punto de vista práctico como desde el estético. Véase cuanto ha ganado Amor de Dios con ellos (y eso que los han distribuido con cuentagotas). Me paraba el otro día en el cruce de Arroyo con Júpiter. A un lado la calle tenía grandes naranjos y al otro, nada. El trecho de calle con naranjos era amable. El trecho sin ellos era horroroso. Porque además de sombrear y hermosear, los árboles disimulan como pantallas verdes los muchos despropósitos que han convertido tantas calles de Sevilla en un catálogo de la peor y más cutre arquitectura. Ni antigua ni nueva, ni tradicional ni moderna: torpe, infame, grosera, cateta. El problema no es la arquitectura contemporánea sino la mala arquitectura. Y Sevilla, desde los años 60 hasta hoy, es pródiga en ella. Los árboles dan un verde quite providencial que nos salva de estas cornadas de fealdad y vulgaridad.

Cuídense pues los árboles de Sevilla por seguridad, medio ambiente y estética (no se hará: pedir esto a nuestro Ayuntamiento es como pedir racionalidad constitucional a Torra y los suyos).

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