La tribuna

Gumersindo Ruiz

La razón como ideología

LA muerte, hace unas semanas, del filósofo Leszek Kolakowski nos deja sin uno de los referentes del pensamiento humanista europeo. En los últimos tiempos no era ya la figura que inspiró en Polonia el movimiento Solidaridad, o que nos imprimió su huella en la Universidad de Berkeley a principios de esos mismos años setenta; pero aunque Kolakowsky no sea hoy tan popular, desde Andalucía debemos siempre rendir homenaje a aquellos que han dado contenido a las ideas de universalidad y tolerancia. Si algo me reconcilia a veces con el pensamiento nacional, es la capacidad de trascenderlo que aparece en esa parte del himno de Andalucía que habla de extender e impulsar las libertades hacia un ámbito global.

A Leszek Kolakowski se le ha comparado con Erasmo de Rotterdam por su vida errante e independencia intelectual; ambos son tibios y, en momentos decisivos, evitan la confrontación. Se hace comunista como rechazo al nacionalismo conservador polaco de la preguerra; luego, cuestiona la falta de libertades que hacen del socialismo democrático una imposibilidad lógica. Recorre el mundo de universidad en universidad, pasando de Varsovia a Montreal, Berkeley, Yale, Chicago y, por último, Oxford, donde se jubila y muere. Sabio, tolerante y piadoso, es como Erasmo un espíritu admirado por su pureza intelectual, incómodo para el poder, y poco útil en situaciones problemáticas.

Tiene un librito de ensayos "sobre la vida diaria", que refleja muy bien su pensamiento, pues habla de temas tan diversos como el poder, la libertad, la fama, la mentira y la traición, con una claridad y profundidad excepcionales. Considera el apego al poder como una enfermedad. "Conocemos -dice- gente que ha disfrutado del poder de manera sustancial durante mucho tiempo y que sienten como si tuvieran un derecho natural a él: cuando esa gente lo pierde por cualquier razón, no lo ven como una desgracia sino como una catástrofe de proporciones cósmicas". Por eso aconseja tratar cualquier tipo de poder con sospecha, limitarlo, controlarlo estrechamente, pues el poder en sí y las instituciones son inevitables e insustituibles, pero no los vicios que vienen asociados al ejercicio del mismo.

En cuanto a la fama la relaciona con la vanidad, palabra próxima a "vacío". Puede llevar a un resentimiento autodestructivo para el que la desea y no la alcanza; pero pasa tan pronto y deja un recuerdo tan débil en la memoria colectiva, que es mejor pensar en perdurar en el contento, afección y respeto de un pequeño círculo como es la familia o los buenos amigos. Estos ensayos donde habla de tolerancia, responsabilidad colectiva, mentira, traición, fortuna, igualdad, viajes, aburrimiento, violencia, y respeto a la naturaleza, siguen los principios de un libro suyo, que marcó a una generación, titulado El racionalismo como ideología.

La apasionada biografía de Erasmo escrita por Stefan Zweig en 1938 lleva como subtítulo Triunfo y tragedia de un humanista. Zweig tenía razón en aquellos momentos para ser pesimista sobre el humanismo y la construcción de Europa, y hoy seguimos planteándonos con él el papel de la razón frente a la violencia; el pensamiento espontáneo y la verdad, frente al cálculo sagaz y frío con el que se practica sistemáticamente la mentira; la religión humanista frente al fanatismo; la universalidad frente a los nacionalismos; el pensamiento diverso y la flexibilidad frente al pensamiento único y la rigidez.

Erasmo no está a favor ni de la iglesia representada por el Papa, ni de Lutero; a la intransigencia y determinismo de éste, antepone el libre albedrío, el poder de la razón, la responsabilidad. Kolakowski se opone primero al nacionalismo burgués y luego al comunismo; en su conversión religiosa tampoco acepta los dogmas morales que no le resultan razonables. Erasmo evita el compromiso de defender en persona, no sólo con escritos, sus criterios e imponer su autoridad moral a católicos y protestantes; se retira y deja el campo libre a Lutero, que se ensaña con él porque le teme. Kolakowski no aparece, tras la caída del comunismo, como la fuerza moral que Europa necesita. Es verdad que Zweig disculpa a Erasmo y sus debilidades, porque siempre, dice, será necesario alguien que resalte lo que une a los pueblos en vez de separarlos y renueve en el corazón de la humanidad el amor a la razón y el pensamiento. Pero quizás hoy estamos, una vez más, en una época donde el ejemplo no es suficiente y se requiere más que ser amigos del mundo y del espíritu, oponer fuerza a la fuerza y llevar "la palabra erudita, sutil y meditada" al terreno "grueso y pasional de la política".

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