Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
LOS arquitectos de Sevilla se forman mayormente desde la ignorancia, la burla o el desprecio indolente hacia el regionalismo sevillano. Son más de 60 años de una tradición cainita. Pues no se perdona a nuestros pasados coterráneos que el regionalismo alcanzara su apogeo en 1929, mismo año en que Le Corbusier y Mies van der Rohe construyeron obras maestras de una arquitectura, la del movimiento moderno, que sería durante décadas la hegemónica y la mundialmente reconocida como signo de lo que debía de ser el desarrollo. Igual de anacrónica y decadente era por cierto la arquitectura del modernismo catalán en esa misma época, pero mientras que en Barcelona las colas para visitar los frutos de este localista art nouveau se hacen infinitas, en Sevilla se ha hecho mucho menos por poner en valor el legado global regionalista, más allá de obras, como la Plaza de España, inevitables ya desde su voluminosa presencia. En su grandiosidad hay algo de emoción irracional que hasta a sus detractores impresiona, la convierte en escenario fílmico reconocido, parada obligatoria de selfies, invariante de álbumes de bodas y hasta el propio Le Corbusier, en su visita, no pudo resistir insertar su delgada figura frente a ella.
Parece por tanto de justicia que el final de 2023 nos trajera una película homenaje a su autor, Aníbal González, el que quizá fuera el representante y promotor más destacado de esta genuina tendencia sevillana. Aunque, igualmente, sería de justicia decir que fueron muchos los que contribuyeron a esta arquitectura: los Gómez Millán, Espiau, Talavera… y muchas las maneras en la que extrajeron sus motivos referenciales de la historia.
No hace falta ahondar mucho más en la clara relación del regionalismo sevillano con los historicismos decimonónicos que abundaron en Europa y que, para buscar una representación de lo colectivo, miraron hacia el pasado y a la historia. Fue practicado por arquitectos todos ellos formados en una escuela, la de Madrid, bajo la influencia fundamental de Vicente Lampérez, principal valedor del historicismo patrio, y que en España además encontraría una prórroga gracias al fenómeno noventayochista.
Pero quizá lo característico de esta arquitectura sevillana, al menos en algunas de sus expresiones más reconocibles, es haberle dado la vuelta, como si de un sencillo calcetín se tratara, a algunas de las tradiciones locales más profundamente arraigadas. Los recintos conventuales, las casas notables y palaciegas que articularon durante siglos el tejido residencial sevillano se presentaban ante la ciudad con una discreción lacónica, a veces un simple muro blanco tras el cual, sin embargo, se escondían desbordantes riquezas florales, zócalos de colorido alicatado, arcos engalanados, solerías con vibrantes olambrillas o artesonados rematados por piñas de mocárabes. El regionalismo, en la era que Ortega habló de la rebelión de las masas, del panfleto, la propaganda y el espectáculo, volcó hacia el exterior toda esta ciudad cerrada, para hacer de ella un llamativo espectáculo de masas urbano. Así lo hizo también la más influyente de las vanguardias artísticas iberoamericanas, el muralismo mexicano, que decidió sacar también el arte a la calle para que sus gentes pudieran apreciarlo.
En Sevilla, por ello, diría que lo que sale al encuentro de los nuevos públicos no es tanto la arquitectura sino las artesanías, los artistas de la cerámica y del ladrillo, el renacimiento de los oficios, que tan importante fue para la ciudad cultural, social y económicamente. Pues cabe recordar que el propio Walter Gropius, fundador de la Bauhaus, escuela central para el desarrollo de la arquitectura moderna, residió una breve temporada en Sevilla, a la que llegó tras los pasos de José Gestoso para integrarse brevemente como aprendiz en la fábrica de Ramos Rejano y conocer de primera mano la producción cerámica sevillana. No sólo era un asunto artístico. Se desarrollaron entonces muchos conocimientos químicos, físicos, mecánicos, que hicieron de Sevilla uno de los centros mundiales de la producción cerámica, además de generar una muy rica industria.
Han pasado ya suficientes años y hoy día sabemos que hablar de desarrollo poco tiene que ver con aquel desarrollismo ciego del siglo XX, porque conocemos bien de su insostenibilidad y también de su insaciable capacidad destructiva. Por ello, recuperar por ejemplo esas tradiciones cerámicas, reinventar apoyados, como entonces, en los conocimientos más avanzados del momento, formas de producción suministradas material y humanamente de manera local, climáticamente adecuadas y capaces de encontrar un modo de expresión propio es una forma indudable de generar valor cultural, social y económico, tanto entonces como hoy día, en un mundo global donde la sostenibilidad y la diferenciación se hacen cada vez más relevantes. Y si bien es cierto que seguramente no tenga ningún sentido recuperar para una arquitectura presente la exuberancia ornamental con la que a menudo se reconoce al regionalismo, cabe recordar que muchas de sus actuaciones a mi entender más relevantes se produjeron como parte de un muy necesario saneamiento de la ciudad, o una manera creativa de trabajar sobre lo ya construido. Avenidas, calles y plazas saneadas, como el enorme trabajo de Juan Talavera en plazas y plazuelas en Santa Cruz o en los nuevos paseos sevillanos, o las reformas, como la de los tendidos de la plaza de toros, del propio Aníbal González, o la readecuación del mítico pasaje Valvanera, de Ramón Balbuena, que nos hablan de una sutileza y finura en el hacer que, visto hoy el desastre presente en áreas significativas de nuestra urbe, bien deberían enseñarse, por fin, en cada escuela de arquitectura.
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