Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
MUCHO antes del Chicote de Pesadilla en la cocina en España teníamos al Chicote de los cócteles, al rey de la Gran Vía, el barman de las estrellas y los toreros del año catapum. Y por mucha creatividad licorera que Chicote le echara al alterne madrileño nunca pudo superar al sabio combinado más hispánico, a la ambrosía del verano de varias generaciones. A la inigualable alquimia de unir Casera 'blanca' con vino tinto. A eso sabe la playa a las tres de la tarde: a tinto con casera y a pimientos fritos desmadejados junto a la tortilla. Ah, con dos horas de espera antes de volver al agua. Y mirando en la mesa a aquellas fiambreras de latón con sus matrimoniadas bebidas, los reglamentarios vidrios (o cascos) de uno y otro. La gaseosa, con su tapón cerámico, goma roja y su caperuza de papel; y el valdepeñas en botella verde, con su molesta coronilla de traicionero metal, que nunca se abría a la primera y cortaba a los descuidados, sobre la capsulita de plástico.
En tiempos sin supermercado, si no era verano la cartera familiar no solía hacer desembolsos refrescantes. El tintito gasificado se reservaba para los meses de altas temperaturas y, si acaso, para las fiestas de guardar. Los refrescos sólo podían aterrizar en el frigorífico si el mercurio ya se iba por las nubes. Si no, agua del grifo para todos.
Pero los niños de otro tiempo tenían acceso al alcohol. A la malagueña kina San Clemente ("dan unas ganas de comeer...", como cantaban los kinitos de sus animados spots), vino para abrir el apetito y dejar turulatillos a los pequeños comensales; y debidamente rebajado, con mucha más gaseosa que vino, los niños de las digestiones playeras pudieron refrescarse con tinto con casera. Bautismo alcohólico en tiempos de botellas de vidrio y ensaladilla en la tartera. El alcohol pasaría de la sombrilla a la acera y de ahí, a unos metros, al centro de la plaza. La movida aguardaba con una litrona de cerveza.
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