la tribuna

Rafael Caparrós

El 'síndrome Berlusconi'

ALGUNOS comentaristas han señalado irónicamente que los mercados financieros internacionales no pueden ser tan malos, cuando han conseguido acabar por fin con el Gobierno de Berlusconi, algo que la política democrática italiana venía intentando sin éxito desde hacía diecisiete años. En rigor, sin embargo, lo que ha terminado con el Gobierno de Berlusconi es el haber quedado en mínoría en el Parlamento en la votación de la ley presupuestaria, por la deserción de varios diputados de su propio grupo parlamentario, aunque en esa desafección de sus huestes haya influido la dinámica crecientemente punitiva de unos mercados que llegarían a elevar la prima de riesgo de la deuda italiana a 567 puntos básicos.

En cualquier caso, lo cierto es que su dimisión no se produjo hasta que la Unión Europea y los mercados financieros internacionales no pidieron explícitamente su cabeza al presidente de la República, el anciano político ex-comunista Giorgio Napolitano, a cambio de tender la mano a una Italia en quiebra. Ahora bien, la dimisión del nefasto Berlusconi, con ser una espléndida noticia, no acaba por sí sola con el tremendo problema que para la maltrecha cultura política italiana sigue suponiendo la pervivencia del síndrome Berlusconi.

Al igual que en los casos de Alemania o España, la democracia, como sistema político y, sobre todo, como cultura política compartida por la mayoría de la población, ha llegado a Italia tarde y mal. En el caso italiano, además, se añade el hándicap de su tardía constitución como Estado moderno unitario, por el papel políticamente retardatario desempeñado al respecto por los Estados Pontificios. Así, a diferencia de Francia o España, que devienen estados unitarios a finales del siglo XV, Italia sólo lo logrará a finales del XIX con Garibaldi y el Risorgimento. En ese sentido, Barrington Moore Jr., en un libro justamente famoso -Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia, (1966)-, hablaba de la proclividad histórica de estos países a desarrollar formas políticas dictatoriales, como lo demostrara su alineamiento con los fascismos en la Europa de entreguerras.

El populismo de Berlusconi, como todos los populismos (el peronismo, el gilismo, etcétera), es una opción política radicalmente inmoral, antipolítica y antidemocrática, que se apoya en las "mentalidades" predemocráticas (Geiger) de la población, más que en sus opiniones o actitudes conscientes. Y que constituyen, además, "mentalidades" mayoritariamente "parroquiales" -Almond y Verba, The Civic Culture, (1963) -, por lo que son el caldo de cultivo adecuado para el arraigo de la Mafia. No se olvide que han sido los votos de la mayoría de los italianos los que han hecho posible la continuidad de Berlusconi al frente de los sucesivos gobiernos.

El escritor italiano Michele Monina se ha referido al síndrome Berlusconi en los siguientes términos: "el berlusconismo ha sido una lenta y desgarradora anulación de nuestro sentido ético, con valores ridiculizados, escarnecidos, burlados y sustituidos por valores negativos aclamados. Fama y éxito fácil donde en otro tiempo había conocimiento y mérito, la democracia y la idea misma de República sustituidas por el beneficio personal y las razones de mercado".

"Durante 17 años hemos confiado nuestra suerte a un hombre que ha hecho de sus intereses personales la razón de Estado. Un hombre que ha hablado de nuestra nación, de nuestra patria, como de una empresa, su empresa. Un hombre que ha rebajado la idea de política usando un lenguaje intencionalmente extrapolítico, declarando que sólo quería salir al campo, como si la política fuera un lugar ínfimo, infernal. Un hombre que nos ha impuesto como ministros a jóvenes actrices de televisión, peces gordos de sus empresas, personajes de dudosa moralidad a los que la mitad de mis compatriotas no confiarían siquiera las llaves de su coche en el aparcamiento de un restaurante. Un hombre que había empezado a cambiar nuestro código genético mucho antes de que saliera al campo, con sus televisiones, sus revistas, con una idea de invencibilidad conquistada en los campos de fútbol y en el mundo de los negocios y desviada, cualquiera sabe por qué, al ámbito político, como si el haber llevado al Milan estelar de Sacchi a la cima del mundo del fútbol y el haberse convertido en el empresario más rico de Italia le concediera el don de saber gobernar".

Es probable que tras su dimisión avancen los numerosos procesos judiciales que Berlusconi tiene pendientes, aunque no lo es tanto que el tecnocrático gobierno de Monti, elegido, al margen de la democracia, por Bruselas y Fráncfort para ordenar el caos económico-financiero actual, impulse esas actividades judiciales. En todo caso, la pesadilla Berlusconi, como el dinosaurio del minicuento de Monterroso, continuará: acaba de anunciar que se presentará a las próximas elecciones.

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