EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

El sistema Ponzi

EN 1919, casi todos los inmigrantes italianos que vivían en los Estados Unidos metían un cupón en las cartas que mandaban a su familia en Italia. Con ese cupón, la familia podía pagar los sellos de la carta de respuesta. Uno de aquellos inmigrantes, un tal Carlo Ponzi, descubrió que podía hacer un negocio redondo con los cupones. Inventó sus propios cupones y los distribuyó entre sus amigos y vecinos, prometiéndoles un beneficio del 50 por ciento en un mes y medio. Como Ponzi tenía grandes dotes de persuasión, sus cupones tuvieron un éxito fulminante entre la comunidad italiana. Muchas familias hipotecaron sus casas y lo vendieron todo para invertir en los cupones. Hasta que un periodista empezó a investigar el valor real de los cupones de Ponzi y descubrió que hacían falta 120 millones de inversores para mantener el negocio en pie. En aquel momento, los inversores no llegaban a los treinta mil. Miles de inversores aterrorizados corrieron a reclamar su dinero y el negocio se vino abajo. Ponzi fue denunciado por estafa y encarcelado, pero sólo pasó tres años en la cárcel. Terminó sus días trabajando para una empresa aeronáutica en Brasil. Y en la miseria, según dicen.

Sin entender mucho de economía, tengo la impresión de que la crisis financiera que estamos viviendo se debe a una repetición a gran escala del sistema Ponzi. Cientos de empresas inversoras prometían el oro y el moro en fondos de inversión que en realidad no eran más que cupones fraudulentos. El negocio funcionó muy bien mientras hubo inversores codiciosos -o ilusos- dispuestos a depositar mil euros con la esperanza de ganar diez mil. Y como han sido tiempos de vacas gordas, los inversores llegaban de todas partes: de la China, de los Emiratos Árabes o de esos extraños lugares donde sólo vive el dinero hibernado (la isla de Man, Andorra, las islas Caymán). El caso es que todo el mundo compraba cupones fantasmagóricos -o cremas de babas de caracol, o chabolas tasadas al precio de mansiones-, así que todo el mundo podía obtener enormes beneficios en menos de un mes. Hasta que un día alguien se preguntó cuál era el valor real de los cupones (o las hipotecas) y reclamó su dinero. Y el sistema se vino abajo.

A pesar de todo, hay una pequeña diferencia con respecto al caso de Carlo Ponzi. Los actuales inversores no han ido a la cárcel ni han tenido que esconderse para no ser linchados. Tampoco se han tirado por la ventana, como aquellos banqueros desesperados del crash del 29 (Lorca se encontró con el cadáver de uno de ellos en una acera de Manhattan). Nada de eso. Ahora siguen en su cargo, mendigando el dinero de los contribuyentes que no se han dejado cegar por la codicia o la estupidez. No hemos mejorado tanto como nos creemos.

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