Ignacio Trujillo

Por una sociedad más humana

En el seno materno yace dormida la promesa de futuro de la humanidad

Se refleja en la gota de rocío, sobre la hoja de la rosa, el sol que nace y está todo, inmenso, contenido por unos breves instantes en ella.

Toda la grandeza del sol fúlgido en una minúscula cabeza de alfiler transparente que se evapora. Pero ahí está para el que lo quiera ver. La belleza del mundo en la gota y la rosa. Podrá venir alguien que quiebre el instante y pise la flor indiferente, pero no por ello no existió el palpito delicado y algo habrá dejado de ser bello.

No depende del tamaño lo infinito y en su debilidad lo frágil y lo pequeño no es despreciable. Una humanidad sensible sabe esto y a medida que avanza en su proceso de civilización protege lo más vulnerable porque no debe imponerse el fuerte sobre el débil, el mal frente al bien.

Una sociedad compasiva se sabe menesterosa y quiere proteger al anciano que ya no puede con su cuerpo, y a los pueblos oprimidos por la bota de la potencia totalitaria que lo fuerza con la apisonadora de sus tanques y libera al esclavo y defiende a la infancia y a la mujer sometida y a los pueblos hambrientos y se solidariza con las causas que parecen perdidas y clama contra las injusticias; la sanidad debe ser universal, no solo el dinero es el que prima sobre todo y todas las razas son iguales y el inmigrante merece respeto y nadie es el dueño de nadie...

Pero en el seno materno yace dormida la promesa de futuro de la humanidad, lo más débil, lo más hermoso, lo más indefenso, lo más delicado. ¿El brote que sueña cálido, quién lo protege, quién le garantiza que no vendrán los tanques a atropellarlo porque no tiene voz? Ese embrión fui yo, y fuimos todos y nadie debería poder truncar la posibilidad de ser, el hecho de vivir.

Nada hay que justifique la injusticia, no maltrates la rosa porque aún no tiene espinas, no la pises, déjala que sea, que el aire leve vuele sobre sus pétalos.

No rompas las promesas. Seremos el mundo que dejemos. ¿El de la fuerza bruta sobre lo inerme?

La naturaleza impávida exige sus fueros, y algunas hembras se comen a sus crías defectuosas porque no tienen alma y la mantis devora al macho cuando ya no le sirve para la procreación. La conciencia que sostiene al hombre, desde que fue capaz de realizar útiles de sílex y aprehender el concepto en la oquedad dibujando bisontes, superó la cruda ley ciega e insensible. Es precisamente la piedad lo que nos distingue de la bestia o la roca.

No abandonemos al que menos se queja porque su boca es muda y su lengua minúscula. No destroces la flor.

Ante tanta impotencia, déjenme al menos llorar sobre el campo devastado de brotes yertos...

Vemos ese extenso erial que pudieron ser rosas y clamamos: ¡qué tristeza, qué inmensa tristeza, no hay derecho, no hay derecho!

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