Por montera

Mariló Montero

El tabaco liado

29 de mayo 2010 - 01:00

SEIS siglos después, el tabaco cambia su envoltorio. Podría hacerse un tratado sobre las diferentes vestimentas que ha venido teniendo la picadura en toda su historia. Desde las bolsitas de cuero en las que se guardaban las hebras para liarlas después en papelillos de fumar, hasta las pitilleras del galán de cine, imagen sensacional cuando deslizaba su mano por el pecho para extraer una pitillera de plata y ofrecer con seducción un pitillo a la amada y envolverla entre el humo que arrojaba a su rostro.

En seis siglos los envoltorios han mutado desde la seda a las fotografías que a partir de ahora podremos ver en las calles. En la época imperial española del siglo XVI, el tabaco que llegaba al puerto de Sevilla lo hacía envuelto en telas e hilos de seda. Seda de Manila, la capital de Filipinas, antigua colonia española de donde partía el tabaco hacia México y Sevilla. Las cigarreras españolas se quedaban epatadas con la belleza de aquel tejido y la suavidad de los retales con sus tradicionales estampados de dragones, bambú o pagodas. Así empezaron a utilizarlos para hacerse sus propios mantones y así era el ropaje del tabaco en los siglos XV y XVI, muy lejos del revestimiento ahora decretado por ley en España, pues las cajetillas irán ataviadas con imágenes de impacto cuyo fin es persuadir al fumador de las enfermedades que puede llegar a padecer si persiste en su consumo.

Canadá y Brasil fueron los primeros países que impusieron esta práctica de cubrir los paquetes de tabaco con un señor con un cáncer de garganta en carne viva, una dentadura podrida o un hombre muerto en la morgue. Ninguna de estas imágenes ha tenido un impacto significativo en el consumidor. No se deja de fumar por poner fotografías que empezarán tapándose con pitilleras y a las que luego, como sucedió con las advertencias de los peligros de fumar, terminaremos acostumbrándonos y eligiendo modelo en el estanco. No existe ningún estudio concluyente que diga que las horribles imágenes consiguen reducir el consumo.

Más al contrario, Canadá aumentó el número de fumadores menores de edad en un acto de rebeldía, un reto asociado a la adolescencia. Ahora son más las personas que fuman en la calle a la vista de todos. Otro acto de imprudencia es poner al alcance de bebés, niños, adolescentes, jóvenes, fumadores o no, esas imágenes sin previa advertencia. En los medios de comunicación se advierte de que ciertas imágenes impactantes pueden herir la sensibilidad del espectador y se evita el regodeo de escenas que provoquen shocks.

Es previsible que se vuelva a las pitilleras de plata y a la elegancia del gesto de fumar. Dejar de fumar es cuestión de voluntad individual, mientras se ejerce un derecho a consumir un producto legalizado y del que se beneficia el Estado.

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