La Noria

Carlos Mármol

Un tablero sin rey

DICE el clásico: "Uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios". Alfredo Sánchez Monteseirín, el alcalde de Sevilla durante los últimos once años, afirmó en 2003: "No puedo prometer no equivocarme nunca. No puedo prometer actuar siempre al gusto de todas las opiniones. Pero sí hacerlo en conciencia, corregir cuando sea necesario y dialogar con todos, escuchar a todas las partes y explicar mis decisiones cuantas veces sea necesario". El momento en el que las pronunció era solemne: su segunda toma de posesión como regidor hispalense, tras cuatro difíciles años de dura cohabitación política con los andalucistas.

Podría afirmarse que Monteseirín nació al destino -por decirlo con el mismo término que en su momento usó su antecesora, Soledad Becerril, en idéntica situación- en ese justo instante. Antes, es cierto, había presidido la Diputación Provincial e incluso gobernado la ciudad durante cuatro años. Pero nunca fue por méritos propios: su carrera política está marcada desde el principio por la suerte -que en general le ha sonreído, aunque él piense lo contrario-, por la inestimable ayuda de ciertos padrinos políticos y por su acierto para estar en el lugar conveniente en el momento justo. Demasiados elementos para que no piense que su devenir no es sino fruto de su capacidad como gobernante.

En 2003, sin embargo, quizás por primera vez, logró algo por sí mismo: ganó las elecciones (la única vez de las tres en las que se ha presentado) y consiguió un elevado grado de autonomía en el Consistorio gracias al pacto con Izquierda Unida que negoció José Caballos, el entonces líder natural de la agrupación socialista sevillana. El viento soplaba a su espalda. Sus huestes reclamaban la Gerencia de Urbanismo -la verdadera residencia del poder- y él, acaso animado por su entorno, que ha terminado llevándolo al desastre, soñó con ser el príncipe de lo que cierto perito en geografía llama el "nuevo renacimiento". Una era de esplendor deslumbrante. Cualquier cosa.

Los méritos de su gestión, que existen, y no son pocos, en su mayoría proceden de este segundo mandato. Antes, ni tenía proyecto ni modelo de ciudad propio. Basta releer su primer discurso de investidura para darse cuenta. El cerebro del modelo urbano, que siempre se planteó con una clara vocación institucional, pero que Monteseirín quiso hacer exclusivamente suyo de forma interesada, fue Manuel Ángel González Fustegueras, el director del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) quien, paradójicamente, rompió silenciosamente amarras con Sevilla cuando se dio cuenta de la verdadera capacidad de gestión del gobierno local.

Después, a partir de 2007, su única guía ha consistido, de una u otra forma, en intentar silenciar a todos aquellos que, desde prismas distintos, y en el ejercicio de su libertad, eran críticos con su figura. Es una etapa, a la que Griñán ha puesto punto y final esta misma semana, marcada por el conflicto constante. Hacia el partido, que respondía con idéntica actitud; hacia antiguos amigos y compañeros políticos -el caso de Emilio Carrillo-; hacia ciertos sectores de la ciudad y, en general, hacia todo aquel que, con razón o sin ella, no marcara el paso. Es la herencia más negra de su etapa como alcalde. Sus palabras de investidura quedaron convertidas en mera retórica.

Las buenas intenciones

Si algo caracteriza estos dos lustros largos en los que el PSOE ha gobernado Sevilla después de ocho años previos de exilio del poder en Plaza Nueva que, según pronostican los sondeos, pueden volver a repetirse a partir de 2011 si no se acierta con el nuevo candidato, ha sido la explosiva suma de buenas intenciones con altas dosis de ineficacia. De querer hacer cosas -actitud honrosa, por otro lado- y no sólo no saber hacerlas con relativo acierto, sino -y en este punto radica la clave del periodo político que ahora se cierra- exigir a los demás -ciudadanos, militantes, profesionales- la aceptación completa, integral y categórica de su triunfo. Como si la vida pública consistiera en promulgar un decreto en favor de establecer una suerte de ceguera colectiva. O como un contrato de adhesión firmado en blanco y a la fuerza. Actitud poco democrática y excesivamente cercana al pensamiento único. Conducta que contrasta con la imagen bondadosa, cercana y extremadamente afable que Monteseirín siempre ha querido proyectar hacia el exterior. No hay más que ir al refranero para ver que de lo que se presume suele ser aquello de lo que se carece.

Todo ha terminado, al cabo, periclitando. Con el pie en el estribo, el alcalde ha sido sacado del tablero por un Griñán sobrado al que la tesis de Chaves -"a un alcalde lo echan los ciudadanos, nunca el partido"- ya no le sirve. El inmovilismo conducía a la derrota. Si la decisión se ha demorado en demasía -pudo haberse hecho de forma razonable en 2007- es un error que sólo perjudicará al PSOE, que si antes tenía un referente cuestionado ahora sencillamente no lo tiene. Salvo que éste sea Zoido. Laus Deo.

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