Relatos de verano

Mercedes Abad

La tía Gloria (V)

AL cabo de una semana de aquella dieta espantosa, con pasta y arroces pasados y guisos cuya digestión hacía imposible seguir, no ya la efervescente charla de Gloria, sino cualquier conversación, pues no tardábamos en caer uno detrás de otro en un pesado sopor, los hombres habríamos prescindido gustosos de la presencia de la abominable Gloria, como irónicamente aludíamos a ella cuando nuestras mujeres no podían oírnos, pero ella aparecía cada día con algún plato nuevo o un postre para todos, de modo que era imposible librarse de su presencia. Pablo llegó a ofrecerse a sustituir a las cocineras, pero ellas se atrincheraron alrededor de los fogones con aires de dignidad ofendida.

Durante cierto tiempo los hombres albergamos la esperanza de que a las mujeres les caducara la inquina, pero su odio no había hecho más que despuntar y todo cuanto hacía o decía la otra lo alimentaba. Metidas en la cocina, despellejaban a Gloria mientras troceaban verduras con innecesaria violencia. Viéndolas así, no era de extrañar que los platos que preparaban fueran casi incomestibles.

En una ocasión Pablo, Tom, Gloria y yo fuimos al chiringuito a tomar el aperitivo y Laia se unió a nosotros en calidad de infiltrada, para luego informar a las otras y seguir con su linchamiento de la abominable. El caso es que la dueña del chiringuito alabó el vestido que llevaba Gloria y ésta, ni corta ni perezosa, se despojó de él y se lo tendió a la tabernera.

-Ten -dijo-: acabas de ganar este vestido que a ti te encanta y yo ya me he puesto mil veces.

Al principio, la abrumada tabernera se negó aceptar el obsequio. Pero Gloria zanjó la discusión citando a Dashiell Hammett:

-Las cosas deberían ser de quien más las desea. En serio, yo estoy ya aburrida de él. Pruébatelo y si te va bien te lo quedas.

La tabernera, en efecto, se retiró a la trastienda y salió al poco enfundada en el vestido de Gloria. A mí no me pareció que le quedara muy bien, pero Gloria la cubrió de elogios y, después de hacerla desfilar al derecho y al revés, la obligó a quedárselo. Por lo visto no era la primera vez que Gloria se desprendía de algo y se lo regalaba a quien se lo elogiaba. Días antes le había dado a Carmen una pamela y a Betty una camiseta por la que ésta manifestó entusiasmo. Como quiera que, cuando me lo contaron, me pareció percibir un tonito de censura, mi sentido de la justicia me obligó a salir en defensa de la abominable.

-Es una mujer generosa, eso es evidente.

-¿Y tú eres burro o qué? -saltó Laia-. ¿No te das cuenta de que nos da sus cosas para que veamos, y vean los demás, lo mal que nos sientan? Carmen con pamela parece un hongo y a tu mujer esa dichosa camiseta le queda como hecha adrede por su peor enemigo.

-¿No creéis que estáis haciendo lo que habéis criticado todas montones de veces? Es decir, jugarle el juego al viejo y repulsivo sistema patriarcal.

-Precisamente es Gloria quien juega a eso, a la hembrita que compite con las otras mujeres con un contoneo de caderas y tetitas -se me encaró Betty.

-¿Y tú estás segura de ser mejor que ella? -solté sin pensar hasta qué punto iba a arrepentirme de haber formulado esa pregunta.

Fue mi gran cagada de aquel verano, mi gran cagada de aquel año, mi gran cagada en mi matrimonio con Betty. Supongo que todos tenemos en nuestro haber algún punto negro, esas cagadas que hacen que de pronto algo empiece a envenenarse y después no haya forma de detener la caída por más que lo intentes.

Mi pregunta, en cualquier caso, disolvió la reunión. Betty se marchó llorosa, las otras se quedaron meditabundas y rabiosas y yo regresé a la playa dando patadas a las piedras. Lo primero que vi al levantar la mirada fue precisamente a aquella por la que acababa de pelearme con todas las demás. Estaba jugando con Blanca, la hija de Tom y Carmen, que era una muñeca rubia. Justo cuando yo pasé a su lado, Gloria se puso a acariciar el largo cabello de la chiquilla en un inusitado rapto de instinto maternal.

-Si tuviera una hija -la oí decir a la niña- me gustaría que fuera exactamente como tú.

Un instinto que siempre me ha parecido curioso me impulsó a volver la cabeza en busca de la sobrina. Se hallaba a unos diez metros, cavando cansinamente el foso de un enorme castillo de arena, pero con una mirada sombría clavada en el idílico dúo formado por la tía y la rubia muñeca que la tía acariciaba con gesto de embeleso. De pronto, me embargó tal irritación contra la abominable a quien había defendido diez minutos atrás, y se me encendió hasta tal punto la sangre que yo mismo me quedé atónito. Me encaminé hacia donde se hallaba la sobrina y para protegerla de la escena que la zahería le pedí si me dejaba ayudarla. Al cabo de un par de horas de intensa actividad, el castillo era una obra colosal, con impresionantes murallas y bastiones faraónicos, rodeados de un profundo foso. Me dio la impresión de que lo habíamos construido contra el mundo, y el mundo entero (es decir, la pequeña comunidad reunida en aquella playa) vino a admirarlo. Mientras el mundo entero se rendía a nuestros pies, vi sonreír por primera vez a la sobrina, que acababa de decirme que se llamaba Irina.

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