Era el mejor de los tiempos y el peor; la edad de la sabiduría y la de la tontería… Siempre que pienso en aquel verano de mil novecientos setenta, esa frase de Dickens acude a mi memoria, quizá porque aquellos días hubo mucha felicidad y un loco afán de vivir y de exprimir cada instante, con las risas y el descorchar de las botellas marcando la cadencia de esas horas perfectas, puro tiempo suspendido. Pero también fue la época en que mi matrimonio con Betty empezó a irse a pique. Ahí, en esa Ibiza casi virgen aún, en aquella pequeña cala de difícil acceso porque las carreteras eran todavía angostas pistas de tierra donde había que retroceder hasta dar con un ensanchamiento del terreno cuando se cruzaban dos vehículos, cada uno escoltado por su propia nube de polvo y el canto de las cigarras, ahí lo malo y lo bueno, la dicha y el dolor se dieron de la mano.

Los niños eran muy pequeños y habíamos alquilado entre unos cuantos amigos, todos veinteañeros y treintañeros más o menos hippies y con hijos de edades parecidas a las de los nuestros, una antigua cabaña de pescadores convertida en una enorme casona de piedra vista, con aspecto de búnker e hincada en lo alto de unas rocas. La casa, reformada por un arquitecto amigo de uno de los nuestros, (gracias a eso habíamos conseguido alquilarla por un precio ridículo), se extendía a varios niveles, a escasos metros del mar, y dominaba la cala donde, amén de un chiringuito, no había más construcciones que la serie de pequeños embarcaderos que prolongaban las toscas y pintorescas casetas, adosadas a las rocas, donde los pescadores guardaban sus barcos y sus bártulos.

Lo primero que hice fue cultivar la amistad de uno de esos pescadores, un tipo taciturno, de ojos que apenas eran una rayita de tanto como los entornaba, rostro curtido y enjuto y expresión insondable. Recuerdo su nombre porque me hizo gracia que un tipo llamado Picosa fuera pescador, si bien en su presencia juzgué preferible abstenerme de hacer chistecitos acerca de peces que pican o no pican los anzuelos de Pico, S.A. El hombre, en cualquier caso, me permitía acompañarlo a echar las redes por la noche o recogerlas cuando el día despuntaba, y a cambio de mi modesta ayuda me regalaba algún pescado que, convertido por Betty o por África -las dos cocineras oficiales- en guiso suculento y profusamente regado con un vinito fresco, hacía nuestras delicias.

Los regalos de Picosa no eran mi única contribución a la precaria economía de nuestra colonia. Tengo fama de zángano, pero mientras los demás leían, dormitaban, se entregaban a profundas meditaciones o escuchaban música en el frescor que ofrecía la parra del porche o en las distintas terrazas de la casa (algunas, muy íntimas y retiradas, servían también como refugio a las parejas deseosas de hacer el amor al aire libre), yo me llevaba cada día a los niños a la playa y, mientras los vigilaba de reojo, velando para que no se ahogaran y ejerciendo de mediador en las frecuentes trifulcas que estallaban entre ellos, tomaba apuntes en mis cuadernos o hacía retratos de las turistas -siempre he preferido a las mujeres como fuente de inspiración- que iban a pasar el día allí. Halagadas al percatarse de que las dibujaba, ellas solían venir a darme conversación, y eso me permitía sacarle el polvo a mi inglés y coquetear un poco de la forma más inocua y placentera, con los traviesos chiquillos triscando a mi alrededor, un truco que suele añadir siempre un atractivo suplementario a cualquier caballero o, por lo menos, ésa es la convicción que nos ayuda a los hombres a soportar con mejor ánimo los incordios derivados de la paternidad. Luego casi todas insistían en comprarme los retratos, que yo les habría regalado muy gustoso pero que ellas, la mayor parte suizas y alemanas adineradas, se obstinaban en pagar, a veces con sumas desorbitadas que era difícil rechazar y con las que luego pude financiar unas cuantas veladas, bien surtidas en vinos y algunas droguitas, y en el curso de las cuales los miembros de nuestra pequeña colonia, y los invitados que a menudo se unían a nosotros, pues éramos una colonia abierta, una sociedad ilimitada como nos gustaba llamarnos, brindábamos, en diversos grados de embriaguez pero siempre ruidosamente, por el arte, los artistas y, sobre todo, los amantes del arte, la vanidad de las mujeres y los ricos coleccionistas.

Uno de esos días, estaba retratando a una mulata holandesa cuya exuberante belleza cortaba el aliento, cuando por encima del ruido del mar y de los agudos chillidos de los niños se oyó el ronroneo in crescendo del motor de una barca. En aquel microcosmos donde los días se sucedían deliciosamente iguales y libres de obligaciones o imprevistos, la llegada y la partida de las barcas, un fenómeno entonces mucho menos frecuente que en nuestros días, constituía un acontecimiento, de modo que no es de extrañar que incluso el marido de la espectacular mulata, un inglés blanco y blandito de modales tan afectados como los de una dama victoriana de merienda en casa de otra dama victoriana, dejara de hacer lo que estaba haciendo (es decir, no quitarnos a su mujer y a mí el ojo de encima) para dirigir a la lancha que arribaba a nuestras costas toda su atención.

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