Relatos de verano

Mercedes Abad

La tía Gloria (VII)

Después de aquello ya no volvimos a ver a Gloria ni a la niña y al poco el verano tocó a su fin y cada cual regresó a su ciudad, Tom y Carmen a Londres y a Barcelona los demás. Durante un tiempo me consagré en cuerpo y alma a tratar de salvar mi matrimonio y aunque me consta que Betty luchó por olvidar lo sucedido (es decir, lo que no llegó a suceder), e incluso fingió que lo había conseguido, las cosas entre nosotros no volvieron a ser como antes. Aún pasamos otro verano juntos, pero ya no en Ibiza, sino en la India, antes de separarnos. Luego cada cual siguió su vida, aunque nuestros dos hijos sean la causa de que mantengamos un vínculo y nos veamos de vez en cuando. Celebro que a Betty le haya ido bien con su restaurante, del que acaba de abrir una nueva sucursal en Japón tras clamorosos triunfos en París y en Nueva York. Yo tampoco puedo quejarme: después de algún que otro aprieto económico, las cosas me han ido bien, vivo de mi pintura y gozo de cierta cuota de reconocimiento.

Fue precisamente en una muestra de arte en Berlín donde volví a ver a Irina hace una semana y de la forma más casual. Yo había examinado los folletos de la muestra casi por aburrimiento, pues había llegado demasiado pronto a mi cita en un bar cercano con mi marchante alemán y no tenía otra cosa con la que entretenerme. Descubrí que una tal Irina Mur, de nacionalidad española, exponía su obra, y pensé en la niña a la que había dado clases aquel remoto verano de mil novecientos setenta. No recordaba el apellido de Irina, la pequeña Ira, si es que alguna vez lo supe, pero fue casi inevitable que jugara con la idea de que aquella Irina Mur quizá fuera la misma. Así que después de despachar mis asuntos con el marchante alemán, me acerqué al lugar no sin cierta excitación. Al principio pensé que no se trataba de ella porque la mujer a quien una informadora tan amable como anónima me señaló como Irina Mur era hermosa y delgada, aunque de grandes pechos. Me complace decir que, en cuanto descubrió mi presencia, se me quedó mirando como si buscara en su memoria de qué diablos conocía a aquel caballero canoso y bien entrado ya en la cincuentena. Y a decir verdad no tardó ni un minuto en iluminársele el rostro. Entonces, apartándose el pelo de la cara con un gesto que me recordó a Gloria, se acercó a mí.

-Eres Cesc, ¿verdad?

Yo asentí y, después de quedarse boquiabierta y echarse las manos a la cabeza de la forma más glamurosa, con aquel aire entre estudiado y espontáneo que era el sello de marca del encanto de Gloria y me hizo sentir una punzada en el vientre, ella se precipitó a fundirse conmigo en un largo abrazo. De nuestras efusiones salió con lágrimas en la cara y el maquillaje corrido, pero tan hermosa o más que antes. Me miró sacudiendo incrédula la cabeza y luchando para no estallar en un llanto incontrolado.

-No sabes, no sabes, no sabes -eran las únicas palabras que lograba articular.

Al final la llevé a un restaurante donde se tranquilizó lo suficiente como para conseguir explicarme con cierta coherencia todo lo que yo no sabía.

-¿Sabes que fuiste mi primer amigo? ¿El primero en mi vida al que le conté un secreto? Yo tenía once años, ¿te acuerdas? Han pasado veintiocho. Pensaba que nunca sabrías lo importante que has sido a lo largo de estos años. Y me parecía irónico que uno pueda no enterarse nunca de esa clase de cosas.

Incómodo y abrumado, me temo que esa noche acabé bebiendo más de lo sensato en un cincuentón como yo. Ella estaba tan eufórica que su discurso daba vueltas, se enroscaba, vacilaba, saltaba hacia atrás para repetir algo ya tres veces dicho o se interrumpía de repente para pasar a otra cosa de la forma más inconexa y abrupta, de modo que le costó mucho llegar a todo aquello que yo no sabía pero debía saber.

-Es difícil contarlo -repetía sin cesar-. No ha sido fácil, ¿sabes? Muchas noches, cuando me quedaba a oscuras en la cama, con los ojos abiertos y sin poder dormir, soñaba en ir a buscarte, pero a los trece años, saltar de México a España para que te adopte un pintor que ni siquiera sabes donde vive es una empresa imposible. Cuando empezaste a ser famoso yo ya era mayor. Y, bueno, supongo que las cosas habían cambiado. Ya no necesitaba un padre adoptivo y por otra parte había dejado de sentirme culpable.

-¿Culpable?

-Culpable, sí. Dos veranos después de conoceros, Gloria me estaba enseñando a conducir la lancha. De pronto, no sé qué pasó: ella se había tirado al agua, yo puse el motor en marcha y la hélice le trituró una pierna. No se desangró porque otra lancha vino enseguida en nuestra ayuda. Pero perdió la pierna. Y ya nunca quiso volver a verme ni a mantener conmigo ninguna clase de contacto. Dijo que lo había hecho adrede. Me echó a gritos del hospital. "Ojalá te hubiera abortado" es lo último que oí. Fue la única vez que admitió públicamente que era mi madre. Se hizo cargo de mí una tía lejana, que me llevó a vivir a México.

-¿Vive ella todavía? Gloria, quiero decir.

-Me han dicho que va en una silla de ruedas la mayor parte del tiempo ¿Puedo contarte un secreto?

-Sí, claro, me encantan los secretos.

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