Cuchillo sin filo
Francisco Correal
Zapatos en una panadería
POR motivos de trabajo, estas últimas semanas voy con frecuencia al Estadio de la Cartuja a una de las dependencias habilitadas en los bajos del mismo. La mayoría de las veces me desplazo en los autobuses circulares hasta las paradas que hay un poco más allá de la Escuela de Ingenieros y después voy caminando hasta el Estadio. La primera vez me pareció un recorrido desolado. El paisaje de una ciudad ajena, ruda, totalmente diversa de Sevilla. Más alejada, periférica y vacía. La ronda que circunvala el recinto de la Expo, por donde discurren los autobuses urbanos, marca un límite entre los pabellones y edificios de la Expo, en los que al menos hay bastante actividad, y el entorno del Estadio. Ciudad fuera de la ciudad. Los sucesivos paseos me permitieron darme cuenta que ese territorio era utilizado de diferentes maneras. Grupos de ciclistas que buscaban una senda para cruzar el río por el viaducto del Alamillo y pasar a los caminos del Aljarafe. Numerosos aficionados a la escalada que han instalado un rocódromo bajo los tableros y pilares del viaducto. Profesionales del transporte que aparcan sus vehículos en una especie de almacén al aire libre. Alguna autoescuela haciendo prácticas. Coches aparcados con parejas en su interior. Familias y pandillas que caminan de ida o vuelta al Parque del Alamillo sin utilizar coche propio. Clientes del hotel que con su mochila y botella de agua van a la búsqueda de la Sevilla de los folletos turísticos. Ambulancias camino del centro de diálisis que está instalado en los bajos del estadio. Algunos despistados. Porque hay que saber moverse por ese entorno del Estadio. Cada dos por tres una verja metálica con candados te corta el paso. Algunas ya no están en buen estado porque han sido franqueadas a la fuerza en más de una ocasión. Y espacios rodeados de mallas metálicas a la espera de que se utilicen no se sabe muy bien cómo o cuándo. ¿O es que ya fueron utilizados y ahora están en el abandono? Todo aquello parece haber tenido días mejores. Y sin duda así ha sido. Verjas y pavimentos faltos de mantenimiento. Farolas veleta de la Expo amarillas y descascarilladas. Conciertos de vez en cuando. Algún evento. Pocas pruebas deportivas.
La desproporción entre el gran edificio del estadio y los pocos usos que actualmente alberga de manera cotidiana recuerda alguna película de ciencia ficción en la que unos pocos supervivientes van colonizando viejas estructuras que se han mantenido en pie tras algún desastre innominado. A través de las ventanas y pasillos de las oficinas y locales en funcionamiento se ve el césped, las pistas de atletismo y el graderío vacío. Y también otras zonas del estadio menos agradables de ver por falta de mantenimiento. Al menos el estadio muestra una capacidad de uso intacta a la espera de funcionamiento adecuado. Los terrenos que lo circundan ya es otra cosa. Un espacio marginal y casi olvidado. Una vez más, Sevilla mete la cabeza bajo el ala.
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