Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

El ulema laico de Vic

George Orwell, profético y preclaro, escribió en su Notas sobre el nacionalismo, de 1945, que el nacionalismo "es sed de poder mitigada con autoengaño. Todo nacionalista es capaz de incurrir en la deshonestidad más flagrante, pero, al ser consciente de que está al servicio de algo más grande que él mismo, también tiene la certeza inquebrantable de estar en lo cierto". Las certezas confieren paz al espíritu, son anclas ante el asombro de la existencia y el temor asociado a ella. Los humanos las buscamos de forma inconsciente, pero toda perfecta certidumbre, y más cuando es compartida por muchos, es casi indefectiblemente una patraña, o un gran artefacto ideológico fabricado con decenas de patrañas, verdades indudables, mitos, leyendas, afrentas, datos selectos y bien filtrados. Franco, ese hombre exhumante convertido en trending topic 40 años después de su muerte, fue un nacionalista de manual. Además, con fuerte aliño religioso. Su estrategia de confusión del Estado y la religión iba de la mano, como suele, de la desaparición de la libertad y fue un ingrediente esencial de la Formación del Espíritu Nacional. No es paradójico que dicho nacionalismo de corte religioso tenga notable éxito de público: las verdades irrefutables, aunque sean, ya decimos, mentiras descaradas suelen tener mucha pegada en las masas, sobre todo cuando esas masas están asustadas con razón o por sugestión y propaganda. Los países declarados por ley islámicos, por ejemplo, no cotizan el valor libertad: no sólo la ignoran en política, sino que tampoco significa gran cosa para una mayoría de habitantes.

También el nacionalismo laico tiene un fuerte componente religioso, aunque no se lo llame así. El nacionalsocialismo alemán era dogmático, aunque poderosa e inteligentemente revestido de ciencia y de racismo con sustento biológico, aunque también de esoterismo y de revisión de la historia y creación de los propios mitos y leyendas de una raza superior llamada a dominar el mundo. No creo que sea excesivo percibir ese esquema propagandístico en la penúltima teatralización de la política lisérgica del independentismo catalán: la megafonía del Ayuntamiento Vic llamando al prietas las filas catalanas contra el invasor fascista español, con la puntualidad del muecín que llama a la oración y a la prédica del ulema tres veces al día. En plena plaza en la que se sembraron miles de cruces amarillas. Es el laicismo más religioso que haya conocido este país que se encarniza en la estupidez con una fe malsana que quizá nos es genética.

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