Opinión

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El vago, el mesías y el aliñador

EN teoría, un sistema se reforma desde el sistema salvo que medie revolución, y las revoluciones siempre salpican sangre. Si Artur Mas no está dispuesto a asumir ese coste, sólo le queda regresar al carril cuerdo y fomentar una mayoría en las Cortes que permita un doble cambio constitucional. El primero consistiría en eliminar la idea de que la soberanía nacional reside en el pueblo español, traspasando esa nebulosa a las diferentes islas autonómicas para que hagan y deshagan a su antojo. El segundo implicaría transferir a esas mismas CCAA la capacidad de convocar referendos sobre cualquier tipo de materia, incluida la independencia.

Para lograr ese objetivo, y ateniéndonos a los últimos resultados electorales, CiU necesitaría el respaldo de PP y PSOE. Los conservadores no están dispuestos a retocar un texto al que atribuyen el don del equilibrio y el milagro de una prosperidad amasada en 35 años aunque en franca regresión. Los socialistas propugnan sin embargo una reinterpretación federal de la Carta Magna, como si España no fuese ya netamente federal, sin atender al discurso maximalista del cuarteto CiU-ERC-ICV-CUP y a la serpiente social que desde las calles reclama valentía y censura dilaciones.

La ley está por encima de los sentimientos, alega Rajoy. El pueblo rebasa a la ley, contraataca Mas. Hagamos una ensalada, intenta terciar Sánchez (Pedro). Todos tienen parte de razón y por lo tanto también se equivocan. El presidente del Gobierno recurre por defecto a la inacción, el de la Generalitat a los contratos de adhesión y el líder del PSOE a los malabares propios de quien dedica el tiempo libre a aprenderse lo que le chivan. Pero vamos con las cuotas de razón: efectivamente, la iniciativa hacia una revisión del engranaje hispano no la debe abrazar quien no cree en ella (Rajoy) sino quien lamenta carecer de alternativas a la secesión (Mas). O quien lamentaba. Porque nadie captura ya en las palabras de Mas pepitas de consenso con el aparato estatal: él quiere lo suyo, bajo sus condiciones y con sus compinches, y cualquier desvío será tachado de "inmovilismo" español, adjetivo del que el nacionalismo ha abusado hasta la saciedad inyectándole la connotación del insulto, de la cutrez, del robo que al final perpetraba el entrañable avi.

El problema de fondo sigue siendo el mismo. Al independentismo sólo le interesa la independencia. Cualquier encaje sobrevenido es un parche que apenas garantizará veinte años de serenidad. Sabiéndolo, apoltronarse es tentador (Rajoy), mesianizarse obligatorio (Mas) y templar gaitas superfluo (Sánchez). España en todo su esplendor.

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