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Mucho año por delante, centenares de días que todos deseamos que nos devuelvan la confianza en los dirigentes actuales y que demuestren que son capaces de construir una España mejor que la que sufrimos hoy en día. Se han intercambiado millones de deseos de "Feliz Año" y esta vez esa expresión ya acuñada universalmente tiene un sentido más auténtico que el que aparece ya impreso en las tarjetas postales. Ansiamos dejar atrás la pandemia y las cifras que presagian que llegar a fin de mes va a ser una heroicidad.

El desencanto generalizado hacia la clase política obliga a reflexionar sobre los pecados de los líderes actuales. El más hiriente es la mentira sistemática del presidente del Gobierno, y la desfachatez con la que engaña a los ingenuos que no acaban de asumir que Pedro Sánchez es un mentiroso compulsivo. Como se asume también con dificultad la escasa visión de un líder de la oposición para comprender el juego político, desaprovecha las ocasiones para apuntarse tantos y se empecina en el error. Aparte del enfrentamiento con Ayuso que ha provocado una desazón generalizada en su partido, y que Casado podría reconducir si aceptara que se ha equivocado y corrige el rumbo mortal hacia el que se dirige el PP, también se equivocaría si no atiende a algunas de las voces más sensatas de su partido que, como tantos analistas, le apuntan que lo inteligente es abstenerse en la votación sobre la reforma electoral que han pactado el Gobierno y las fuerzas sociales, para dejar así claro que no es derogación sino reforma menor, lo que descolocaría a Sánchez y a Yolanda Díaz. Además, pondría Casado el acento en que en lugar de derogar como habían prometido, mantienen los puntos más importantes de la reforma de Rajoy. Reforma del PP.

Se inicia un interesante año electoral que decidirá quién va a gobernar en España en la próxima legislatura. Con un dato a tener en cuenta: es creciente la sensación de que los votantes tienen más en cuenta las personas que las siglas. Se desvanece el voto ideológico y se fortalece la idea de votar a la persona que ofrece más confianza, o castigar al que engaña, prioriza sus propias ambiciones sobre el interés ciudadano y se deja llevar por filias y fobias.

No es peligrosa esa nueva actitud ante las urnas. La experiencia, y la historia reciente, demuestran que valen más los principios de un dirigente político que el programa con el que se presenta, es más seguro votar a quien ha demostrado coraje ante la adversidad que aquel que llega a componendas innobles con tal de mantenerse. Todo apunta a que después de años de decepciones continuas por actitudes cobardes, engaños sistemáticos, confrontaciones inútiles y amiguismos, los españoles buscan sobre todo candidatos fiables, sean las que sean las siglas. No es una mala opción.

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