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Cambio de sentido

Mis viejos

Es de lesa humanidad permitir la tragedia que nuestros ancianos están viviendo en las residencias

En el sueño inquieto de estos días, esta madrugada me ha despertado una terrible pesadilla. Soñé en blanco y negro -recuerdo nítidamente la ausencia de color- algo así como un holocausto. A quienes ya no valían para trabajar, cotizar y gastar no los ejecutaban, sino que se los llevaban a una mina a cielo abierto y allí los sentaban junto a los muertos a esperar a pudrirse como ellos. No me puedo quitar esta visión de la cabeza ni la angustia del cuerpo. Siento darles el rato, pero este asunto es importante. Esta pesadilla es un espejo de agua donde se asoma la infamia: esta sociedad está dejando morir, con demasiada indolencia, a toda una generación marcada en su nacimiento por la guerra y la posguerra, y en su muerte por la epidemia.

Ni se sabe cuántas personas han perecido en geriátricos. El Gobierno no tiene cifra oficial. "Es imposible saberlo a ciencia cierta por mucho que queramos", escucho decir a Díaz Ayuso hablando de Madrid. Como 3.000 o así, le echa. Esta imprecisión no tiene nombre. Literalmente. Ni rostro, ni vida, ni parece que demasiada importancia. Es comparable a no querer saber quiénes están en las cunetas. Andalucía sí echa cuentas: uno de cada cuatro caídos por coronavirus vivía y moría en residencias. Tengo clavado el berrido de una energúmena ("¡Llevárselos pa otro lao!") a las ambulancias que trasladaban a ancianos enfermos a la Línea de la Concepción. Una sociedad vale lo que vale para ella sus mayores. Que ningún partido, da igual cuál, venga a sacar cacho de este dolor, porque no se lo vamos a consentir. Es de lesa humanidad obviar o ver como inevitable la tragedia que están atravesando nuestros ancianos. Sólo quienes los cuidan, quienes denuncian esta derrota y quienes exigen medidas prioritarias e inmediatas -no ya para su padre o su abuela, sino para cualquiera de cualquiera- merecen la condición de dignos.

A mi padre -a quien la vida guarde por muchos años- yo lo llamo viejo. Me lo pidió él, cuando yo tenía como tres años y él 28. Desde entonces es mi viejo. Hay quienes esto les suena cheli, pero cuando digo mi viejo se me llena la boca de honra por quienes nos preceden. Ese es el sentido hondo que doy al término. Todos los viejos son mi viejo, todos los muertos son mis muertos. "Honrarás a tu padre y a tu madre" lleva al dorso una nota que dice "y, ojo, también a tus hijas y a tus nietos", pero anda de culo y cuesta abajo el mundo que no mira por la vida y la muerte de sus mayores. A la vista está. Cuídenseme.

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