Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Para vivir

MATEMOS el claro de luna, decían los futuristas, pero no ha habido manera. Justamente devaluados, muchos de los tópicos románticos tienen una vigencia problemática o limitada a los subproductos culturales más inocuos, complacientes y previsibles, pero las imágenes reales en las que se inspiraron siguen siendo tan bellas y conmovedoras como siempre. El mar tempestuoso, los bosques umbríos, la luz incierta del crepúsculo o las nubes, las maravillosas nubes. Los versos o los diálogos que en otro tiempo estremecían pueden hoy sonar demasiado melodramáticos o hasta ridículos, pero nunca defrauda el incesante espectáculo de la naturaleza. Incluso desde el exilio urbano, lo poco de ella que vemos en las ciudades -los parques o las riberas, las macetas de un balcón o de un patio, el pedazo de cielo en la ventana- irradia un campo de fuerza sin el que iríamos completamente a ciegas.

Una línea muy delgada separa a veces las emociones hondas de la quincalla sensiblera, pero hay que tener el valor de abordarlas si no se quiere uno perder experiencias esenciales que sólo pueden expresarse de manera aproximada. En lo pequeño está lo grande y casi nada de lo que llamamos actualidad afecta al centro o el núcleo que nos sostiene. Como el de Pla, el calendario que importa no tiene fechas, sino fases solares y otras luneras que se refieren a las geografías del alma. Todo el ruido del mundo, los errores o las torpezas, la tensión o la incertidumbre derivada de ellos, se diluyen cuando observamos sencillos milagros como los brotes del helecho que se salvó de la helada o los colores festivos de una clavellina. Hay ahí más verdad que en los ensayos o en los manifiestos o en los libros sagrados.

Todos los días morimos un poco, lo que no es necesariamente malo. Luego, aunque no siempre seamos capaces de percibirlo con nitidez, hay ocasiones en que se hace preciso morir del todo para renacer de otra manera que es y no es, como en los ciclos naturales, la misma de las estaciones pasadas. Para sanar las heridas, recuperar la ingenuidad o la inocencia y alcanzar el grado exacto de pureza no inhumana, que es el único deseable. Para vivir -de eso se trata- sin temores ni servidumbres. Si estamos claros, si actuamos libre y desinteresadamente, si recorremos el camino desde la gratitud, el horizonte será siempre luminoso, vengan como vengan dadas. Entre tanto, siempre amiga, la luna nos acompaña.

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