La tala de árboles, el último recurso

Si los árboles talados suponían un riesgo tan evidente para las personas, ¿por qué se ha esperado tanto tiempo para actuar?

Una nueva poda de grandes árboles (plátanos de sombra, para ser más exactos) en la Avenida de Cádiz de Sevilla ha vuelto a poner en alerta a colectivos vecinales y ecologistas, que llegaron incluso a paralizar por unas horas dicha actuación municipal. El hecho de que una sociedad defienda su patrimonio arbóreo es un síntoma de salud cívica. En estos casos, como en tantos otros, es mejor pecar por exceso que por defecto. En una ciudad como Sevilla, la cantidad y calidad de sus árboles va mucho más allá de los valores paisajísticos o estéticos (que también son importantes) y afecta al bienestar y a la salud de una población que, durante muchas horas al año, debe sufrir unas altísimas temperaturas y una insolación que, según todos los modelos, irá creciendo en los próximos años debido al calentamiento del planeta. Sevilla no se puede permitir que mengüe el número de árboles. Al contrario, debe incrementarlos considerablemente para adaptarse al futuro escenario propiciado por el cambio climático.

Lo dicho no significa que no se pueda talar ningún árbol cuando las condiciones así lo indican. En 2015, el recién llegado Gobierno municipal de Juan Espadas encargó un informe sobre la materia, llegándose a la conclusión de que sólo el 1% de los 200.000 árboles que tenía Sevilla eran irrecuperables y, por tanto, debían apearse, que es el eufemismo administrativo usado en tales ocasiones. Es decir, 2.500 árboles de Sevilla debían desaparecer ya que suponían un evidente riesgo para las personas y los bienes, como se ha comprobado, por desgracia, en más de una ocasión. Nadie ignora que es desolador ver cómo una avenida es despojada de una buena cantidad de árboles frondosos, y más en estas fechas veraniegas. La pregunta que queda es cuántos de estos ejemplares se podrían haber salvado con un mantenimiento y unos cuidados más acertados. También si se eligieron en su día las especies más propicias para las condiciones de la ciudad. Si los árboles suponían un riesgo tan evidente para las personas, ¿por qué se ha esperado tanto tiempo para actuar? Estas preguntas necesitan una mejor contestación por parte del Ayuntamiento.

No deja de ser paradójico que un gobierno municipal que ha hecho del aumento del arbolado una de sus principales banderas -ahí está el macrocontrato para el mantenimiento de las zonas verdes de la ciudad- se vea envuelto continuamente en polémicas propiciadas por las talas masivas. Quizás hubiese hecho falta una reevaluación del informe de 2015. Al menos, eso es lo que plantean muchos especialistas independientes, que no suelen ser escuchados con la debida atención. La tala debe ser siempre el último recurso.

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