Buenismo hipócrita
Vivimos tiempos estomagantes. Andaba por el centro de la muy noble, muy leal y muy atravesada por obras de tranvías caros y escasamente útiles ciudad de Sevilla, cuando me fijé en que en el balcón de uno de los millones de edificios oficiales ondeaba una bandera ucraniana.
No me muevo mucho, más bien nada, por la Sevilla oficial. Y el Ayuntamiento, la Diputación, la Junta, las universidades varias, las agencias oficiales de no sé qué, las docenas de organismos e institutos transversales de quién-va-a-poner-en-duda-su-utilidad, etc., ocupan centenares de edificios en la ciudad (suena a hiperbólico pero probablemente es una estimación a la baja). Así que no me acuerdo de a qué organismo de nuestras entretelas (y, sobre todo, de nuestros impuestos) pertenecía el edificio de marras. Lo que recuerdo era la bandera ucraniana flameando al cielo azul Purísima.
Uno, que no es especialmente avispado, se quedó unos instantes quieto mirando la enseña nacional de ese pobre país, preguntándose si acaso habrían abierto un consulado de Kiev (a la que la moda es llamar Kyiv o así) en esta tierra de las trece barras de la Palmera y del orgullo de Nervión. Pero no, luego caí en que la bandera demostraba que somos muy solidarios y nos preocupa mogollón, te lo juro por lo más sagrado, que se acaben los botellines si miento, el destino del pueblo ucraniano.
Entiéndanme, no quiero hacer la menor broma a costa de Ucrania, invadida por la Rusia de un Putin nostálgico de imperios soviéticos (nostalgia que quizás explique las indisimuladas reticencias iniciales de Podemos a criticar esa invasión y su apresuramiento a sostener que lo mejor que podía hacerse para poner fin a la guerra era que Ucrania no se defendiera y dejar que la ganara Rusia, manda narices). Me parece indignante la actuación de Rusia, triste la situación de millones de ucranianos, admirable la actuación de sus dirigentes y lógica la solidaridad de verdad que para con los ucranianos se pueda sentir. En Sevilla, por ejemplo, la Hermandad de Santa Marta (y sin duda muchas personas e instituciones más) ha ayudado a muchas familias de ese país a huir de la guerra y vivir con seguridad entre nosotros.
Pero me parece triste por inútil y, sobre todo, fingida y mentirosa, esa idea de poner banderas ucranianas (o pancartas de “wellcome refugees”, tanto da) en balcones oficiales, como si eso fuese a preocupar a Putin o a aliviar en algo el sufrimiento ucraniano. Si de verdad se pretende expresar preocupación y cariño por un pueblo y un país oprimidos, directamente o no, por potencias extranjeras, podrían proporcionarles ayuda tangible. Y poner también la bandera siria, la yemení o tantas otras. O la del pueblo saharaui, re-abandonado por España, un clásico especialmente querido para la izquierda española pre-sanchista, que a la de ahora tanto le da mientras se mantenga en el cargo.
Esas banderas ucranianas solo expresan el buenismo hipócrita y medido de buena parte de esta sociedad. Qué cansancio.
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