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Tribuna

juan carlos rodríguez ibarra

Ex presidente de la Junta de Extremadura

¡Good bye ETA!

Si ETA ha tardado siete años desde el anuncio del fin de los asesinatos hasta la disolución, los demócratas no debemos emplear menos en empezar a reflexionar sobre los presos

¡Good bye ETA! ¡Good bye ETA!

¡Good bye ETA! / Rosell

Seguro que muchos de los que lean estas líneas recordaran haber visto la película Good bye Lenin, estrenada el año 2003 y dirigida por el alemán Wolfgang Becker. La trama de la película gira en torno a una mujer y madre de 2 hijos, muy activa dentro del Partido Socialista Unificado y simpatizante del Gobierno comunista, la cual por una situación de estrés profundo, cae en estado de coma un tiempo antes de la caída del muro de Berlín. Estando postrada en el hospital, esta mujer se pierde la primera parte del proceso de unificación de ambas partes de Alemania y la transición a un mundo completamente capitalista. Luego de estar ocho meses en coma, despierta para encontrarse con un mundo desconocido para ella, por lo que a partir de esto, para evitarle una situación de estrés fuerte, su hijo Alex comienza a recrear la vida de su madre tal como era previa a la caída del muro de Berlín y la reunificación de Alemania, por lo que el apartamento de la familia pasa a ser una isla anclada en el pasado.

En el año 2011, la democracia española venció definitivamente a la banda que llevaba más de 850 asesinatos a sus espaldas y más de cincuenta años apretando el gatillo o la espoleta de las bombas destructoras. Ese año, muchos pudimos decir Good bye ETA, mientras que los paranoicos simpatizantes y cómplices de los criminales entraban en estado de coma oyendo al trío de encapuchados anunciar el fin de los atentados. Ese estado cataléptico en el que entraron los enajenados hinchas etarras no les ha dejado ver a sus "héroes" gemir por los rincones de los presidios haciendo como que se arrepentían ante las víctimas que ellos causaron cuando se creían los dueños de su amada Euskal Herria. Tampoco vieron la patética película que protagonizaron los actores que ejercían de mediadores y contratados para fingir la entrega de sus manchadas pistolas ni sus arrepentimientos por el daño causado.

Ahora, cuando han vuelto a la cierta lucidez, y han visto los homenajes que les han atribuido a algunos de los sus admirados asesinos, han pensado que habían ganado la batalla; y esa es la razón por la que el que fue presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento vasco (¿y el PNV no tiene nada que decir sobre sus pactos con ETA?) y jefe de ETA cuando la banda cometió, por orden suya, el atroz y brutal atentado del Hipercor de Barcelona, lee comunicados ofensivos para los demócratas de este país y falsarios para sus pervertidos forofos. Tratan de convencer a los que volvieron del coma de que la batalla la ganaron y que ahora toca administrarla.

La única forma que tenemos de demostrarles que no fue así y de que salgan del ensimismamiento es mantener la frialdad que se exige y necesita en esta situación. Frialdad para no responder a las impertinentes preguntas que empiezan a hacer quienes desde su estrecha conciencia o desde su falsa bondad quieren ser generosos con quienes fueron asesinos durante cincuenta años. Ellos, los etarras, anunciaron el final de los atentados en 2011 y hasta ahora no han anunciado la disolución de la banda. Han tardado siete años en responder a la pregunta que muchos deseaban que contestaran: ¿Cuándo se entierra la banda? Y exigencia para dar satisfacciones a las víctimas, a todas, porque los asesinados de ETA no se dividen en categorías ni en inocentes o culpables. Si los etarras han tardado siete años desde el anuncio del fin de los asesinatos hasta la disolución, los demócratas no debemos emplear menos de esa cifra en empezar a reflexionar sobre la situación de los presos de ETA. Y nunca hacerlo antes de que el mayor de los criminales, el tal Josu Ternera, esté a buen recaudo en cualquiera de las cárceles españolas.

No es suficiente solo con que pidan perdón. No creo que a ninguna víctima le suponga algún tipo de reparación el hecho de que el asesino de su hijo, de su marido, de su mujer, de su hermana, ponga cara compungida y manifieste su pecado atenuado por el hecho de que él se comportaba como el soldado en la guerra, ofendiendo de paso a la profesión militar. Para que se piense siquiera en la posibilidad de acercar presos etarras a las prisiones cercanas al lugar en el que viven sus familiares, será necesario que los asesinos reconozcan que para unos padres es más duro, triste, largo y penoso recorrer los cien metros que separan su casa del panteón donde se encuentran enterrados los restos del hijo asesinado por los etarras, que los mil kilómetros que tienen que recorrer los familiares para visitar a los presos que, aunque alejados, pueden hablar y besar a sus seres queridos, si es que esa calaña, es capaz de querer a alguien.

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