Pegar la Yebra
Pegar la hebra es una forma, cada día más en desuso, de decir que entablamos conversación. También es el título de uno de esos libros tomados por menores, a veces más grandes que los supuestamente canónicos, de Miguel Delibes, una recopilación de trabajos variopintos. Ismael Yebra, de cuya muerte se cumple ahora un año, tenía ese aire de los observadores tímidos, dotados de una mirada honda y con suave ironía, y gustaba de pegar la hebra con calma cuando te encontraba por la calle y, pese a sus muchos quehaceres, nunca transmitía la sensación de que esos cinco minutos de charla fueran una merma de su tiempo. Y admiraba a Delibes, por sus comunes raíces castellanas, claro, que recordaba en sus columnas y libros a menudo, pero también por ser representación máxima de un mundo llamado a la extinción, o ya casi extinguido, y que quizá sintiera más propio que el que le tocó vivir un largo trecho de su vida. Un mundo de apego al lugar de origen y a sus costumbres y ritos; de cumplimiento, con manos de artesano y no de engreído artista, de la vocación personal; de pies bien asentados en el suelo y acompasado a las estaciones y los ciclos de la vida humana; de fidelidad a las personas y a unos cuantos principios esenciales.
Pocos médicos habrán criticado, como lo hizo aquí más de una vez, la conversión de la medicina en una tarea deshumanizada, por tanta burocracia, o en una industria que no mira, antes que nada, por el sufriente sino que a todos nos pretende convertir en pacientes, aun cuando no tengamos ninguna dolencia, para exprimir bien esa gallina de los huevos de oro que es quien quiere estar sano, joven, fuerte, guapo siempre, como si la buena vida fuera eterna. Los avances científicos son una herramienta inestimable, pero nada puede sustituir la relación humana entre el médico y su paciente, y en esto Yebra fue un médico de la vieja escuela que, luego de escuchar a éste, de conocer sus obras y milagros, era capaz de detectar el liviano origen de un estigma que mil mejunjes recetados por profesionales menos…profesionales no habían sido capaces ni siquiera de aliviar.
Pertenecía a esa estirpe, empobrecida generación tras generación, de los médicos humanistas que leen algo más que los mamotretos técnicos de su especialidad, quizá porque tenía bien asimilada la máxima de William Osler, también atribuida al doctor Letamendi, según la cual "el médico que sólo sabe de medicina ni de medicina sabe". Humanista, no porque le interesara tanto una biografía de Carlos V como la historia de un convento en Soria, sino porque allí donde hubiera una impronta humana, la curiosidad y la vocación lo llamaban. Si algo emanaba, o saltaba a la vista con su mera presencia, era su profunda humanidad, ese escaso, contado don que albergan quienes son, según el desgastado pero aún tan verdadero verso de Antonio Machado, buenos en el buen sentido de la palabra.
Para Juan Morillo, pegado a Yebra en el Villamarín
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