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Tribuna

F. Javier Merchán Iglesias

Presidente del Observatorio de la Educación

La esperanza de la escuela

En las sociedades actuales la trayectoria de las personas sigue estando muy marcada por su origen social, por el contexto y por las circunstancias

La esperanza de la escuela La esperanza de la escuela

La esperanza de la escuela / rosell

C ADA comienzo del nuevo curso escolar es un acontecimiento cargado de emociones y esperanzas. Junto al trasiego de números y las declaraciones de diverso signo que normalmente le acompaña, el comienzo de las clases llena de vida las dependencias escolares y, en cierto modo, renueva las expectativas no sólo de los directamente implicados sino también de la mayor parte de la sociedad. Tal parece que el ensordecedor ruido de la chiquillería encarando su reencuentro con las aulas fuera el eco de todas las voces que, como cada mes septiembre, proclaman tantos anhelos, confiando a la escuela la posibilidad de un futuro mejor. Así, el comienzo de cada curso escolar es, entre otras muchas cosas, un ritual de renovación de la esperanza que la sociedad deposita en la escolarización.

En nuestra sociedad meritocrática, que tan brillantemente ha cuestionado Michael Sandel -premio Princesa de Asturias 2018- en su reciente obra La tiranía del mérito, la escuela es el paradigma del discurso hoy dominante también en España: si te esfuerzas puedes conseguirlo, y si fracasas es culpa tuya. Según esto, la escuela sería la prueba de que la igualdad de oportunidades existe, de que la promoción social es posible siempre y cuando pongas de tu parte, pues ella ofrece a todos por igual la posibilidad de pasar de rico a pobre o al menos de escalar posiciones aplicándote en los estudios. Y, se dice, como puede verse cada día en las aulas, los que no lo consiguen es, en definitiva, porque son unos holgazanes que merecen lo que tienen. Imbuidos de este discurso, cada comienzo de curso muchos, alumnos y familias, se esfuerzan por alcanzar lo que les promete la escolarización: estudiar para ser alguien en la vida, confiando en que no les toque a ellos el estigma del fracaso.

Pero las cosas en realidad son muy distintas de lo que anuncia este discurso deliberadamente simplificado. De momento resulta que precisamente en los últimos veinte años en los que se ha avanzado notablemente en el proceso de escolarización, precisamente con más escuela, ha ido aumentando la brecha entre los que más tienen y el común de la población; más aún, es una percepción fundamentada el hecho de las jóvenes generaciones actuales viven peor que sus padres. Tampoco es cierto que con mucho esfuerzo vayas a triunfar, ni lo contrario, es decir, que el éxito dependa exclusiva y fundamentalmente de la aplicación de los individuos. En las sociedades actuales la trayectoria de las personas sigue estando muy marcada por su origen social, por el contexto y por las circunstancias. Y frente a eso poco puede hacer la escuela, pues ni siquiera son todas iguales. Cuando los alumnos y alumnas entran en clase, no entran solos, sino con el bagaje social, cultural y económico del medio en el que viven. En muchos casos este bagaje es un hándicap que pesa más que sus mochilas y condiciona las posibilidades de éxito, mientras que en otros es un factor que les favorece. Así que no todo depende de su esfuerzo.

Con el paso del tiempo la escolarización ha ido convirtiéndose cada vez más en un mercado de títulos que aunque tampoco hoy garantizan nada, sí se han convertido en un requisito. Esa dinámica credencialista fue generando en la escuela enormes depósitos de burocracia, todo un pegajoso magma de exámenes, informes, programas, calificaciones… triunfos y fracasos, distanciándose cada vez más de una de sus ideas primigenias: la democratización del conocimiento. No es verdad, como se ha sostenido desde posiciones de raigambre progresista, que eliminar las trabas para que todos puedan acceder a los títulos que proporciona la escuela vaya a reducir la desigualdad ni a mejorar la movilidad social, no al menos en términos estadísticamente significativos; se trata de un acto de justicia que desactiva su connivencia con la discriminación de origen y permite que la escuela desempeñe más libremente sus genuinas funciones. La esperanza de la escuela no debería fiarse a que nos haga más ricos, pues sabemos que en este campo poco o nada puede hacer. La esperanza de la escuela y el asunto en el que debería concentrar sus energías es en lograr que el conocimiento llegue al máximo posible de ciudadanos y ciudadanas, lo que no es poca cosa. Promover que los docentes enseñen lo mejor posible y que los alumnos aprendan lo más posible, es el mejor servicio que el sistema escolar puede prestar a la población de un país.

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