La tribuna

El olvido

El olvido
César Romero
- Escritor

Ya somos el olvido que seremos”. Así empieza el soneto que llevaba manuscrito en un recorte el doctor Héctor Abad el día en que lo asesinaron. Su hijo, el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, partiendo de él tituló uno de los mejores libros en español de lo que va de siglo, donde cuenta la vida de médico humanista de su padre y la enfermedad y muerte, aún niña, de una de sus hermanas. El libro tuvo un enorme y merecido éxito, tanto que Abad Faciolince escribió una secuela a propósito de la autoría del soneto, atribuida a Borges (aunque no está clara y es bastante probable que sea obra de uno de los muchos imitadores, epígonos, del genio argentino, en uno de esos juegos literarios que harían sonreír al propio Borges, como señala Juan Bonilla, tan borgiano, en una de las mejores páginas de su reciente Simios apóstoles). Sea o no, bien podría ser obra del inagotable Borges, quien comenzó otro soneto con un verso celebérrimo: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido”. ¿Podemos ser ya lo único que no hay o no es? ¿Se contradice el viejo poeta y juega a refranero, convertido en una especie de Sancho Panza austral que afirma una cosa y su contraria? ¿O quizá en verdad el olvido es y no es, puede existir y a la vez no hacerlo, como si fuera materia de uno de esos teoremas tan popularizados como incomprensibles de la física cuántica que asegura que una partícula puede estar en dos sitios simultáneamente, o ser y no ser al mismo tiempo?

¿Somos el olvido que seremos para quienes nos conocieron o para los que nunca supieron ni sabrán de nosotros? ¿Se puede olvidar a alguien de cuya existencia ni siquiera se tuvo noticia? ¿Borges hablaba de la vida en abstracto o de las concretas que se entrecruzan con la nuestra? Quizá lo primero, aunque eso sería una obviedad, algo impropio de su talento, ni siquiera valdría como una de esas boutades que soltaba en sus cenas diarias con su amigo Bioy. Es evidente que un campesino nacido en Osuna o Écija hace tres siglos es puro olvido para nosotros. No, sólo puede referirse al olvido que seremos para quienes en algún momento cruzaron por nuestra vida, pasaron por ella. Pero, ¿se puede olvidar a quienes de verdad vivieron en ella, a quienes dejaron huella y no sólo la transitaron esporádicamente o fueron una anécdota ocasional y grata? Voluntad de olvidar, claro que puede darse. Pero, más allá del deseo consciente de hacerlo, ¿llega un plácido día en que como por ensalmo ya somos mero olvido en vidas de las que fuimos parte, a veces esencial? ¿Somos el olvido que seremos porque quieran olvidarnos o, si no existe esa voluntad, nunca en realidad lo somos, pues sólo una cosa no hay, como dice el poeta antes de ese misterioso y magnífico punto seguido, y ya sabemos qué es?

Otro poeta argentino, Roberto Juarroz, dejó escrito que “la vida no alcanza para olvidar”. Es tan corta, pese a su lento paso, que no nos da tiempo suficiente a olvidar. En tal caso, nunca seríamos ese olvido que seremos. Aunque, con ironía, en un requiebro magistral tan propio de este poeta, continuaba con este verso: “pero tampoco para recordar”. Y, claro, si alguien que nos conoció, para quien fuimos algo más que un transeúnte o un personaje episódico, atareado en su rutina al margen ya de nosotros, no nos recuerda, es cierto que quizá vayamos siendo el olvido que seremos. ¿Pero no recordar es lo mismo que olvidar? Que no nos paremos a pensar en alguien, recordarlo, ¿es lo mismo que haberlo olvidado y que su presencia se haya borrado de nuestra vida sin que permanezca siquiera como una leve, atenuada latencia? ¿Echar la llave al trastero de la memoria, y así buscar el anhelado olvido, es lo mismo que entrar en él y descubrir que ya sólo lo atesta un largo, helado olvido? Quién sabe, si ni siquiera el sabio Borges lo supo. Si Juarroz tampoco lo supo. Quién sabe, si ni siquiera, como cantara José José, aún la nave del olvido no ha partido.

También te puede interesar

Lo último

stats