Las claves del día Suscríbete a nuestra 'newsletter' y recíbela cada mañana de lunes a viernes

Tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

Catedrático de Historia Moderna de la UCA

Del papel a la pantalla

Del papel a la pantalla Del papel a la pantalla

Del papel a la pantalla / rosell

El papel retrocede, al menos en un sentido figurado. Sigue dilapidándose: por impresora, en bolsas, impresos. Pero cosa diferente es el papel de los libros y escritos, símbolo ancestral de la cultura. Aquí la pantalla va ganando rápidamente la competencia y no precisamente para leer sobre ella buenas obras y artículos. La estimación, simplemente simbólica, llevada a cabo en la Feria del Libro de Madrid hace unos años, indicaba una caída del 40% en las compras. Ahora la situación parece estabilizada.

Los jóvenes apenas leen libros, ni siquiera durante la realización de sus estudios universitarios. Los mayores tampoco son ejemplo, aunque los de mi generación parecen tenerles un mayor apego; eso sí, si no han capitulado ante las nuevas tecnologías que todo lo arrasan.

Cuando un hombre público no tiene nada o poco que decir recurre a la cantinela de las bondades de las nuevas tecnologías. Aunque para no parecer demasiado optimista, matice enunciando algunos problemillas. Él desde luego seguirá abrazándolas con pasión y/o dependencia. ¿Cómo podríamos vivir sin ellas? Sin redes para la propaganda, el cuchicheo, la curiosidad, la comunicación de la vacuidad, la lectura sin digerir, ¿qué sería de nosotros? Decir que se va a dotar la enseñanza con tablets, ordenadores, pantallas táctiles, comunicación on-line es una vacuna segura contra el fracaso. Los colegios e institutos se apresuran a introducirlos en sus reclamos como elementos de futuro, indispensables en la formación de los hombres y mujeres del mañana. Como la interculturalidad o el bilingüismo, su exhibición vale su peso en oro.

Se apela a los padres para que controlen, sin asperezas, lo que sus hijos ven; que vigilen sus soledades, amistosamente, para que no se conviertan en carne de cañón de algún desaprensivo o de sus compañeros de clase. ¡Cómo si los padres, ocupados en mil y una tareas, probablemente ganados asimismo por las nuevas tecnologías, con decreciente autoridad sobre sus vástagos, pudiesen cumplir eficazmente con esa misión! En cualquier caso, tranquiliza el aviso para pasar la pelota de las responsabilidades a los progenitores, no así en otros temas, pues quiénes sino ellos son los más directamente interesados en velar sobre sus hijos.

Todo parece arrollarlo, al parecer sin posibilidades de resistencia, aquello que, al menos en teoría, más rápidamente responde a nuestras necesidades reales o aparentes, más comodidad nos proporciona, mayor dominio o control sobre multitud de conocimientos, espacios y personas, aunque lo haga absorbiendo nuestros días y nuestras horas, en interminables retahílas de mensajes y llamadas. Ninguna otra generación como la de nuestros jóvenes ha estado jamás mejor preparada, se repite como un tópico sin probanza. ¿Pero acaso una mayor facilidad de acceso a informaciones de todo pelaje, asegura un mayor conocimiento, una mejor reflexión? No es verdad también que nos hace más dependientes de los aparatos, más vulnerables, fácilmente controlables, pacientes de enfermedades de nueva generación. Veamos si no cuántas ventanas y de qué tipo se abren en la pantalla cada vez que, salvo los iniciados, hacemos una consulta, entramos en una web o vemos un video clic. El progreso es espectacular, y los Iphone y las tablets lo representan a las mil maravillas. ¿Quién podrá poner vallas a su arrollador impulso, a quien determina la dirección única a que debemos de apuntar?

Existe además otra fórmula tranquilizadora: las nuevas tecnologías en sí no son buenas ni malas, depende del uso que se haga de ellas. El problema es que no parece ser el uso correcto de las mismas lo más practicado. ¿Ignorancia? ¿Falta de formación o, paradójicamente, de información? ¿Escasa capacidad personal de autocontrol?

No cabe duda que son inmensos los intereses que mueven las nuevas (o ya no tan nuevas) tecnologías. Innovar, innovar e innovar, aunque resulte con frecuencia dudoso que el sustituto aporte algo mejor que el sustituido. El negocio no puede flaquear: cada equis tiempo se queda obsoleto o inservible el modelo hasta entonces utilizado, representante del último grito al momento de ser adquirido. Muchas de las aplicaciones, opciones y formatos del futuro son ya conocidos de los expertos ingenieros informáticos, de las empresas dedicadas a investigar sobre ellos, pero su presentación en el mercado ha de dosificarse. Obediente, sumiso, el consumidor desea estar a la última, comprar la novedad y siempre buscará como justificante una prestación inédita en el aparato de nueva generación que el anterior no poseía, aunque no vaya a tener tiempo para utilizarla.

Además, en esto, como en tantas otras cosas, son muchos los que comen de ello y grandes los negocios que se mueven alrededor. O esto o el abismo. Sólo podrá corregirse el rumbo cuando un nuevo invento venga y cambie el paradigma, obligando al usuario a dejar de lado, prescindir y hasta olvidar lo que otrora se tuvo como una solución definitiva. Casi como le está sucediendo al papel. ¡Que viva el progreso!

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios