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Tribuna

José Antonio González alcantud

Catedrático de Antropología Social de la Uiversidad de Granada

El turista y su doble

El turista y su doble El turista y su doble

El turista y su doble / rosell

Entre las muchas plagas que amenazan periódicamente el futuro de los humanos, y que tienen en el periodo estival su epicentro -desde la gripe aviar hasta el anisakis-, una se cierne con creces: el turismo. Este, por su carácter masivo -la masa siempre tiene algo de alienante, que nos aleja de la experiencia de lo auténtico-, estaría cercando las ciudades históricas e, incluso, ciertas novísimas que atraen por la invención ex novo de espacios culturales. El rechazo al turismo concebido como plaga ha alcanzado a identificarse como fobia social. Pocos aciertan a definir lo qué exactamente es una fobia social, si bien se acepta espontáneamente que es un rechazo a lo que viene de fuera, que en su grado extremo puede llegar a convertirse en una xenofobia; es decir, un rechazo radical del otro con tintes racistas y clasistas. El turista de masas no deja de ser un paria; en definitiva: no lo quiere casi nadie.

Cuando el turismo comenzó a ser masivo a finales del siglo XIX fue a costa de la aventura que arrostraba el viajero, en tanto iniciación a lo insospechado, al misterio de las otras culturas. El todavía llamado "viajero" era un personaje sedentario que por momentos se asomaba a otros modos de existencia, sufriendo para ello privaciones e incomodidades. Era sólo un nómada momentáneo. El viajero tenía la pretensión de volver y contar al calor del hogar su experiencia en tierras lejanas. Por lo demás, el viajero era bien recibido por quienes visitaba, pues era portador de noticias y novedades que eran oídas con fruición por sus anfitriones. La complicidad del viajero tenía algo de homérica, de gesta de Ulises. Seducido por la hospitalidad, alguno que otro quedaba atrapado por el canto de las sirenas y no retornaba. Pero eran los menos. Aunque las religiones, sobre todo el Islam, recomendaban viajar para conocer a los iguales haciendo peregrinaciones, fueron los ilustrados dieciochescos los primeros en viajar por curiosidad.

Más adelante, los barcos comenzaron a modernizarse con la aparición del vapor, y la travesía del Atlántico se hizo más fácil. Los trasatlánticos imitaban los hoteles más confortables. Los tendidos ferroviarios se incrementaban a pasos agigantados. Los seguidores del utópico Saint-Simon veían este progreso como clave para el avance de la Humanidad. Y los dirigentes de países como España comenzaron a estudiar cómo sacarle partido al turismo de los ricos americanos que anhelaban visitar Europa. Para ello, en España se fundó en 1911 la Comisaría Regia de Turismo, que luego que sería Patronato Nacional de Turismo. Surgieron proyectos de hoteles confortables como el Alfonso XIII de Sevilla o el Alhambra Palace de Granada. En definitiva, fueron las exposiciones universales las que movilizaron a los turistas en masa que iban a las capitales a disfrutar de las últimas novedades. El turismo seguía contemplándose benefactor.

Y hasta nuestra época, cuando la velocidad y la mundialización han convertido al hombre contemporáneo -ahora sí- en un inquietante nómada. El turista ya no es un complemento de nuestra existencia, es un obstáculo como todos los errantes, que amenaza modos de vida sedentarios. El gran problema es que no podemos delimitar las fronteras entre los unos y los otros: todos somos turistas y ciudadanos a la par. Ahora bien, se culpabiliza sólo al pobre turista del envilecimiento de las ciudades históricas, y no se percibe que mientras Venecia pierde población los adinerados diletantes de cualquier nacionalidad compran sus segundas residencias en enclaves privilegiados.

Marc Augé describe la alegría de un turista en el monte Saint-Michel, donde la marea humana llega cuando se retira la marea marítima, al encontrar a un peregrino que acude allí por razones de fe, constatación de la autenticidad del lugar. Tiene ansiedad de hallar algo similar a la experiencia de los viajeros antiguos. Lo interesante es que el turista, mirándose en el espejo de su deseo, el viajar para restaurar su salud psíquica, se encuentre con una autenticidad de la cual él mismo es portador, y limite sus anhelos. En definitiva, hay que reencontrar el misterio del que es portador el turista. Hemos de arribar al punto, entre sus deseos y los nuestros, donde transformar las nuevas condiciones de la vida contemporánea aprovechando las sabidurías y deseos mutuos. Palabras como "sostenible" aplicadas al turismo están hueras. No existe ni va a existir turismo sostenible. Y sin embargo, a mí no me sirve la respuesta política de la turismofobia, antesala de nuevas intolerancias. Prefiero concebir al turista zambullido en la vorágine del río Ganges, sin que a nadie le importe su presencia, reintegrándose él mismo, junto a los autóctonos, a la experiencia de lo auténtico.

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