Félix Galindo, un hombre de convicciones

Obituario

Juan Bosco Díaz-Urmeneta

24 de febrero 2014 - 05:01

Los años sesenta señalan, entre otras muchas cosas, la rebeldía de ciertas minorías católicas españolas contra la dictadura de Franco. Hoy puede parecer trivial, pero la manifestación de sacerdotes, en Barcelona, por la Vía Layetana, en la primavera de 1966 demostraba a las claras que el bloque social y cultural del llamado nacionalcatolicismo comenzaba a debilitarse. Un año más tarde, fueron ciertas asociaciones católicas las que plantearon una acción social y política más decidida, a lo que una mayoría del episcopado respondió con la destitución de los sacerdotes que actuaban como moderadores de tales asociaciones. A los ceses desde arriba siguieron desde abajo las dimisiones. Entre los dimisionarios estaba un cura sevillano, Félix Galindo, consiliario de una de las organizaciones de Acción Católica, vinculada a la juventud de los medios rurales. Merece la pena apuntar que entre los miembros de ese grupo cristiano al que atendía Galindo había un joven agricultor, llamado Miguel Manaute Humanes. Con el tiempo sería consejero de Agricultura de la Junta de Andalucía, justamente en su mandato se aprobó la propuesta de Reforma Agraria.

Félix Galindo, que falleció hace pocos días, siempre tuvo tan poco afán de notoriedad como intensa capacidad de compromiso. Por eso, abandonada la responsabilidad en la Acción Católica, pasó a ser párroco en Morón de la Frontera y allí continuó, quizá con mayor intensidad que antes, la tarea de formación humana y cívica de quienes buscaban un compromiso social serio. No trabajaba solo sino con otros cuatro sacerdotes, animados por el modo en que entendía el cristianismo Alfonso Carlos Comín. El quehacer de estos curas en la zona pronto despertó los recelos de la policía política.

Tal vez el valor que veía en la educación llevó a Félix Galindo a un primer cambio en su vida. Completó sus estudios eclesiásticos licenciándose en Filosofía en Roma, en la Universidad Gregoriana, y pasó a dar clases en enseñanza media. A la vez reforzó su compromiso social, uniéndose al Partido Comunista. Eran aquellos años en los que el llamado eurocomunismo parecía que podría dar nuevos cauces a la resistencia que los comunistas habían opuesto a la dictadura. Puede que aquellas esperanzas quedaran en nada, pero quienes entonces convivimos y trabajamos en política con Félix Galindo no olvidamos la finura de sus análisis y el rigor de sus criterios, y tampoco su fina ironía, capaz de enfriar cualquier dogmatismo.

Fue un hombre de convicciones. Abandonó la actividad política, tal vez al comprobar que las ideas se sacrificaban a la supervivencia partidista. No dejó por eso sus ideas progresistas que cultivaba con incansables lecturas. Renunció al sacerdocio, más tarde se casó, pero mantuvo sus creencias, compartidas con otros que, como él, pensaban que los principios son más fuertes que las instituciones. Fue en suma una de esas personas a las que no les asusta vivir en campo abierto.

De este temple se beneficiaron a buen seguro quienes vivieron con él. De modo especial, los que en el Colegio Aljarafe, donde permaneció hasta su jubilación, tuvieron la suerte de tenerlo como profesor.

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