Juan Luis Carriazo | Profesor titular de Historia Medieval

“El bando de los Ponce de León llegó a quemar la iglesia de San Marcos”

  • Onubense residente en Sevilla, sus principales campos de investigación son los grandes linajes nobiliarios de la Baja Andalucía y los castillos de la provincia de Huelva

Juan Luis Carriazo, durante la entrevista

Juan Luis Carriazo, durante la entrevista / Juan Carlos Vázquez

Nieto del legendario historiador y arqueólogo Juan de Mata Carriazo y Arroquia, Juan Luis Carriazo (Huelva, 1971) milita como onubense desde su domicilio de Triana. Medievalista formado como tantos bajo la dirección de Manuel González Jiménez, actualmente es profesor titular de su disciplina en la Universidad de Huelva. Dos han sido, principalmente, los campos de investigación de este historiador. El primero son las grandes familinas nobiliarias de la Baja Andalucía, especialmente las casas de Arcos (Ponce de León) y Medina Sidonia (los Guzmanes); el segundo, las fortificaciones y castillos de la provincia de Huelva. Gracias a estos trabajos ha colaborado también con el Plan de Arquitectura Defensiva de Andalucía. Es autor o editor de libros como ‘El triunfo de la pólvora : artillería y fortificaciones a finales de la Edad Media’, ‘Beatriz Pacheco y la Andalucía de los Reyes Católicos’, ‘La Casa de Arcos entre Sevilla y la frontera de Granada (1374-1474)’ o ‘A través de Doñana en el siglo XVII’. Recientemente ha publicado ‘Alfonso X, 1921: Crónica del VII centenario del nacimiento del Rey Sabio’, en el que se pone de manifiesto cómo los fastos para celebrar esta efeméride tuvieron mucho más brillo que el reciente y gris VIII centenario.

–Es de Huelva .

–De la Plaza de la Merced. Choquero militante.

–Pero, como tantos onubenses, vive en Sevilla.

–En Triana, en la calle Pagés del Corro.

–¿Ya existía en la Edad Media?

–Triana sí, Pagés del Corro no. Entonces, como se ve en la iconografía de que disponemos, el barrio apenas eran unas agrupaciones de casas entorno al Castillo de San Jorge, a la entrada del Puente de Barcas. Pero ya se ve lo que será San Jacinto, el eje de Alfarería… Si usted observa una foto aérea de Triana de hace cien años, verá lo muchísimo que ha crecido en tan poco tiempo.

–¿Algún testimonio de Triana en la literatura medieval?

–En la Primera Crónica General ya se habla del Castillo de San Jorge en tiempos de la conquista de Sevilla.

–Que entonces sería Almohade, imagino.

–Claro, como la torre de la Calahorra de Córdoba, defendía el acceso al Puente de Barcas, por donde entraba a Sevilla el aceite y otros productos del Aljarafe. El aceite era muy importante no sólo para la alimentación, sino también para la fabricación del jabón, una industria muy importante en Sevilla. Tanto es así que en uno de los romances más antiguos que existen de temática histórica, estudiado por Diego Catalán Menéndez-Pidal, a los sevillanos se les denomina por el mote de “jaboneros”.

En uno de los romances más antiguos, a los sevillanos se les denomina “jaboneros”

–¿Es cierto que es usted pariente de don Juan de Mata Carriazo y Arroquia?

–Soy su nieto.

–Eso debe ser una responsabilidad para un historiador.

–Muy grande. Lo traté de pequeño, porque en la última década de su vida tuvo Alzheimer y estaba muy mal. Pero llegué a visitar muchos yacimientos con él, incluido Itálica. Murió el día que me examiné de Selectividad. Me impresionaba mucho verlo fumar en pipa. Mi madre fue su alumna y conoció a mi padre, que estudió Medicina, cuando fue a su casa de Virgen de Luján, junto a otros compañeros, para limpiar piezas de cerámica que habían aparecido en las excavaciones del Carambolo. Mi padre fue el que le abrió la puerta. Fíjese la importancia que tiene para mí Tartessos.

–Es decir, que su padre no se dedicó a la historia.

–No, él fue un dermatólogo muy querido en Huelva. Pero era un grandísimo dibujante y desde muy jovencito le hizo a mi abuelo muchas de las ilustraciones de sus trabajos. Entre otras las de la cerámica del Carambolo y el famoso Bronce Carriazo que, como es muy conocido, mi abuelo encontró en un puestecillo de El Jueves.

–La visión de la Edad Media como una época oscura es algo que, ya desde Huizinga, está superada, pero sigue pesando en el imaginario popular.

–Esta visión viene del romanticismo y ha permanecido. Pasa, por ejemplo, con los castillos: todos tienen sus leyendas de tesoros moros y señores sádicos, pero esto tiene su parte positiva, porque anima al público a visitarlos y luego podemos nosotros encargarnos de contarles lo que pasó de verdad. Y, a veces, la realidad histórica supera la ficción.

–El de los castillos es uno de sus grandes temas de investigación. En Andalucía los hay en abundancia.

–Jaén es uno de los territorios europeos con mayor densidad de fortificaciones por kilómetro cuadrado. Yo empecé a estudiar los de Huelva construidos entre el siglo VIII y el XVIII, gracias a un libro que me encargó la Diputación y que realicé con José María Cuenca y el fotógrafo italiano Nicola Palmieri.

–Está la imagen de Disney de los castillos como lugares maravillosos, pero la vida allí debía ser dura.

–Todos tenemos en la cabeza un determinado tipo de castillo, pero la realidad es que evolucionaron en el tiempo. En la Alta Edad Media muchas veces eran de madera, como los fuertes del oeste, y se levantaban sobre motas que a veces podían ser artificiales. El castillo que nosotros tenemos en mente es románico y gótico. Hay que tener en cuenta que no es lo mismo un castillo de prestigio, concebido como residencia señorial, que otro estrictamente militar, lo cual se ve perfectamente cuando comparas el castillo de Niebla con los otros que existen en su Condado.

–¿Algunos castillos se iban convirtiendo en palacios en tanto que el terreno se iba pacificando con el final de la reconquista y de las guerras civiles?

–Esto se produce especialmente a partir de finales del siglo XV, época en la que muchos castillos se transformaron en palacios. Lo vemos en capitales señoriales como Marchena, Osuna, Morón…

La aparición de la artillería cambió no sólo la forma de combatir, sino también la manera de construir los castillos

–Todo gran castillo que se precie tiene su torre del homenaje, el lugar de residencia de los señores.

–Las torres del homenaje responden muchas veces a un afán de prestigio. Hay un pique por ver quién la construye más grande. Por eso en muchos castillos señoriales hay una hipertrofia de este elemento. A menudo se construyen en unos momentos en los que ya no son necesarias torres tan altas, sobre todo cuando, debido a la aparición de la artillería, el castillo medieval va a quedar obsoleto.

–¿Por qué?

–En los castillos medievales se prima la altura de los muros sobre su grosor. Entonces, las fortificaciones se protegían con muy poca gente. Cuando uno estudia los contingentes de personas que defendían algunos de estos edificios, como el de Zahara de la Sierra, se cae en la cuenta de que eran mínimos: de cuatro o cinco adultos, uno era un viejo, el otro estaba tullido, algún niño… Los castillos se defendían prácticamente solos y normalmente se tomaban por asedio. Escalar una fortificación es muy dificultoso.

–¿Es cierto que fue Niebla el primer sitio de Europa donde se usó la artillería?

–Eso es una leyenda. Pero yo reivindico el valor de las leyendas, porque son útiles y necesarias. La conquista de Niebla por parte de Alfonso X fue en 1262 y en esa época no había todavía armamento de artillería. La crónica de Alfonso X habla de “trabucos”, pero son catapultas de contrapeso y ese tipo de ingenios. Las primeras referencias a cañones ya son en el siglo XIV durante la llamada Batalla del Estrecho, que enfrentó a Alfonso XI con los benimerines. Aparecen en textos musulmanes que hablan de “armas que arrojan fuego por la boca”.

–Fue un invento que se extendió muy rápidamente.

–Sí, y por toda Europa. Eso determinó, evidentemente, no sólo la forma de combatir, sino también la forma de construir los castillos. Como se vio en la Guerra de Granada los castillos medievales ya no tenían sentido. En el momento en que los Reyes Católicos colocaban las bombardas delante de una fortificación, ésta no tenía más opción que rendirse. Muchas veces por el impacto psicológico que provocaba la artillería: el ruido, el olor…

–¿Y cómo evolucionan los castillos?

–A finales del siglo XV ya tenemos lo que se llaman las fortificaciones de transición. Los muros son más bajos y en talud, además aparecen las plantas de estrella...

–A los reyes les gustaban poco las torres de la nobleza y en cuanto podían las mochaban. Era una manera simbólica de limitar su poder. Un freudiano diría que había algo de castración.

–Pero hay que ser freudiano para decirlo. Es cierto que había un factor psicológico. Los Reyes Católicos tuvieron que atar en corto a esa nobleza que había creado una situación muy complicada en el reino a lo largo del siglo XV. Pero también es verdad que tuvieron mucha habilidad para integrar en su proyecto a nobles que habían sido sus adversarios. No hubo enemigos hasta la muerte.

–En general, qué estado de conservación presentan los castillos de la Baja Andalucía.

–Depende, hay algunos que están muy bien conservados, como el de las Aguzaderas (El Coronil). Lo normal es que en zonas que han tenido un mayor desarrollo económico la situación sea peor. Huelva y Lepe no conservan sus castillos; el de Ayamonte lo volaron en los años sesenta para construir el Parador… Sin embargo, la Sierra de Huelva, donde el desarrollo económico ha sido menor, ha conservado mejor su patrimonio fortificado. Han ocurrido cosas que eran evitables, como la torre almenara de Zalabar, en Doñana, que se derrumbó hace relativamente poco. Luis de Mora-Figueroa, el gran experto en castillos de Cádiz, la fotografió a principios de los ochenta. Hoy en día es un montón de escombros. Pero hay que destacar el esfuerzo enorme que han hecho los pequeños ayuntamientos, como el de Santa Olalla del Cala, para conservar estas edificaciones. También los logros del Plan de Arquitectura Defensiva de Andalucía (PADA), que ha rescatado mucho patrimonio. Eso sí, hay veces que las restauraciones de los castillos son muy agresivas. No digo que se vuelva a las restauraciones historicistas de antes de los 70, pero algunas son muy duras.

El castillo de Ayamonte lo volaron para construir en su lugar el actual parador

–¿Alguna tropelía para denunciar?

–El Rompido, el lugar más bonito de la costa de Huelva. Allí existió un núcleo de población, con un pequeño castillo, que se llamaba San Miguel de Arca de Buey, que llegó a ser un concejo y del que tenemos documentación de entre 1450 y 1650, cuando quedó abandonado por el acoso continuo de la piratería, fundamentalmente de la turcoberberisca. Hubo ocasiones en las que los piratas se llegaron a llevar a 60 ó 70 personas en una noche de verano. Se vivía en un miedo constante y algunos se iban a dormir tierra adentro. Cuando se construyó el Hotel Fuerte, aunque se hicieron las excavaciones previas pertinentes, se perdió una oportunidad de conservar el yacimiento. ¿No se podía haber hecho el hotel en otro lado que no fuese justo encima de este yacimiento?

–¿Qué es la Banda Gallega?

–Es esa otra frontera que tenía el concejo de Sevilla, además de la más famosa de Granada…

–…La llamada Banda Morisca, que estaba al este. La Gallega, al oeste, coincidiendo con la Sierra de Huelva.

–Exacto. Hay que tener en cuenta que la Sierra de Huelva pertenecía al alfoz o término municipal de Sevilla, por eso los pueblos de esta zona siguen teniendo tanta vinculación con la ciudad. La Banda Gallega era una frontera menor comparada con la Morisca, que es la que ha generado páginas y páginas en las crónicas medievales, porque al otro lado estaban los musulmanes. La Banda Gallega es una frontera con Portugal, que es un reino cristiano, y que en general se movió muy poco. Podemos decir que es una de las fronteras más antiguas y estables de toda Europa. Se fue fijando en la segunda mitad del siglo XIII mediante los tratados de Badajoz, de 1267, y sobre todo el de Alcañices, de 1297, que prácticamente fija la frontera como la conocemos hoy, con algún retoque menor en el siglo XVIII. En general fue una frontera muy tranquila en la Edad Media.

–¿Y por qué la llaman Gallega?

–No es fácil dar una explicación. Algunos autores hablan de que se debe a la procedencia de los repobladores, que no serían estrictamente gallegos, sino leoneses...

–Otro de sus grandes temas de investigación es la nobleza medieval bajoandaluza, con dos grandes linajes: Medina Sidonia (los Guzmán) y Arcos (Ponce de León). Fueron familias enemigas a muerte.

–Sí, aunque en un primer momento hubo colaboración, cuando el primer Ponce andaluz se convierte en el Señor de Marchena a raíz de la boda con la hija de Guzmán el Bueno.

–Guzmán el Bueno, personaje señero…

–Guzmán el Bueno y su mujer, María Alfonso Coronel, son los grandes referentes de la nobleza sevillana en la Edad Media. Nada más hay que ver el mausoleo que se construyen: San Isidoro del Campo. A finales del siglo XIII los Ponce de León están muy vinculados al núcleo familiar de los Guzmanes. A lo largo del XIV van a caminar al unísono y, de hecho, ambos serán perseguidos por Pedro I por su vinculación a Enrique de Trastámara, quien los premiará cuando llegue al poder.

Guzmán el Bueno es el gran referente de la nobleza sevillana durante la Edad Media

–¿Y qué pasó?

–A finales del siglo XIV las cosas van cambiando y, a partir de 1390, hay una abierta hostilidad, que se irá manifestando en enfrentamientos durante todo el siglo XV hasta que explota en la llamada Guerra de Bandos, de 1471 a 1474, los tres años finales del reinado de Enrique IV.

–Una guerra entre dos linajes dentro de la ciudad y el reino de Sevilla.

–El duque de Medina Sidonia se queda con Sevilla y el Ponce de León, marqués de Cádiz, después de refugiarse en Alcalá de Guadaíra, toma por sorpresa Jerez de la Frontera. La guerra acabó por el agotamiento de los dos bandos y, en 1474, firmaron un acuerdo en el que fue fundamental que a los Ponce de León se les permitiese aprovechar las almadrabas de la costa de Cádiz. Los cartujos actuaron de mediadores entre los dos bandos.

–¿Y en Sevilla ciudad hubo enfrentamientos?

–Sí, a finales de la primavera y principios de 1471 hubo enfrentamientos callejeros entre los dos bandos con barricadas e, incluso, artillería. Los partidarios del Marqués de Cádiz llegaron a quemar la iglesia de San Marcos. Los Ponce de León controlaban la zona de Santa Catalina, donde estaba su Palacio, y algunas collaciones más junto a varias puertas de la ciudad por donde le podían venir los refuerzos. El Duque de Medina Sidonia, por su parte, controlaba la mayor parte de la ciudad. Hay crónicas portuguesas que hablan de él como el duque de Sevilla, cuando ese título no existía en la Edad Media.

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