Eva Díaz Pérez | Directora del Centro Andaluz de las Letras “Mucha culpa del tópico la tenemos nosotros, en especial los sevillanos profesionales”

  • Escritora y periodista, una parte importante de su obra se ha centrado en la recuperación de los heterodoxos de Sevilla, una ciudad que reivindica despojada de sus lugares comunes

Eva Díaz Pérez, en la Plaza de Santa Isabel. Eva Díaz Pérez, en la Plaza de Santa Isabel.

Eva Díaz Pérez, en la Plaza de Santa Isabel. / Belén Vargas

La escritora y periodista Eva Díaz Pérez (Sevilla, 1971) se define así misma como “una chica de barrio” cuando recuerda su adolescencia en el Rochelambert de los ochenta tomado por la droga,. Quizás esa condición periférica es la responsable del interés que siempre ha sentido por los heterodoxos, a los que ha dedicado numerosos artículos y libros, siempre en su empeño de iluminar las zonas más en penumbra de nuestra literatura. Autora multipremiada de numerosas novelas y ensayos, ha dedicado especial atención a los personajes y avatares de Sevilla, lo que no siempre es del todo comprendido en el limitado cotarro cultura español. Hace un par de meses el nuevo Gobierno la nombró directora del Centro Andaluz de las Letras, puesto desde el que quiere seguir rescatando a autores olvidados del sur, independientemente de su orientación política. Su última novela, ‘El color de los ángeles’ trata sobre Murillo y, en la actualidad, trabaja en un proyecto entorno a la figura Antonio de Nebrija.

–De Rochelambert

–Nací en Los Remedios, en la calle Niebla, pero pronto nos mudamos a Rochelambert, un barrio obrero. Hoy es un sitio estupendo que sigo visitando, pero en esa época, en los años 80, cuando iba al instituto, la presencia de la droga era brutal y no era extraño encontrarte a alguien en el portal inyectándose heroína. El baby boom había saturado la educación pública y tuve que estudiar en el turno nocturno del Instituto. Mi madre iba a recogerme cuando salía de clas. Sin embargo, el profesorado era espectacular y llegué a la Ffacultad con muy buen nivel de historia, literatura, latín... Eran profesores muy jóvenes, pero muy bien preparados... Fue un momento muy bueno, porque ya había terminado el franquismo pero aún no había entrado la Logse.

–La Logse, ese naufragio.

–Tuve la suerte de que no me pillase. Mi enseñanza secundaria fue de altísima calidad.

–¿Por qué ha querido quedar aquí, en la plaza de Santa Isabel?

–Porque frente a la Sevilla bulliciosa y turística, me parece que el corazón y el alma de la ciudad siguen aquí, en esta ruta de los templos mudéjares, en estos silencios que son los de los versos machadianos. Creo que en lugares como este permanece lo que nos cuenta Romero Murube cuando divaga por las calles. En la Plaza de Santa Isabel aún podemos escuchar el sonido del agua, disfrutar de un paisaje sonoro, es como un relicario de cierta memoria de Sevilla.

–Pues ahora el Ayuntamiento quiere que el turismo también llegue aquí. De hecho ya lo está consiguiendo.

–Gestionar el turismo es muy complicado. Corremos el peligro de morir de éxito. Sevilla siempre ha tenido una gran tradición turística, desde los viajeros románticos. El problema es que si estás muy pendiente de la mirada del otro corres el peligro de perder tu propia mirada, lo que tú eres de verdad. En ese sentido, estamos entrando en una dinámica peligrosa. Ocurre en otras muchas ciudades. En Málaga, por ejemplo, es peor, y ya se está convirtiendo en un escenario de cartón piedra al que llegan los cruceros. Cada vez es más difícil leer la ciudad, saber qué procesos ha tenido, qué historias económicas, sociales o literarias se han producido... En Sevilla, por ejemplo, ya hay zonas donde esto no se puede hacer.

–¿Cuáles?

–Esos barrios llenos de apartamentos turísticos, hoteles, franquicias... Ahí Sevilla ha desaparecido y el visitante puede estar en cualquier parte del mundo.

–La visión de los viajeros románticos está cada vez más puesta en cuestión.

–Ellos buscaban lo pintoresco, el lugar de Europa donde todo era diferente y se podía vivir la pasión española de verdad...

–Algunos se quejaban de que los bandoleros no asaltaban sus diligencias

–Efectivamente... Sevilla tuvo un gran momento histórico, el XVI-XVII, pero durante el XVIII caminó de puntillas, aunque pasaron cosas interesantes, como la época de Olavide, tan bien contada en sus libros por nuestro querido Francisco Aguilar Piñal. En el siglo XIX, sin embargo, Sevilla encuentra su salvación: el pintoresquismo. Todo empezó con los soldados de Napoleón, que escribieron mucho sobre este lugar insólito. Después llegarían Richard Ford y los viajeros ingleses y franceses.

Las librerías son espacios de resistencia, lugares de encuentro que sirven para más que para comprar libros

–¿Y ahora, vivimos un neopintoresquismo o nunca lo hemos abandonado?

–Creo que nunca lo hemos abandonado. Pero me gustaría resaltar a aquellos que a lo largo de la historia han cuestionado esta mirada pintoresquista de Sevilla. Podemos hablar de Romero Murube y su Discurso de la mentira, donde critica que los viajeros admiren al torerito y la maja y no la gran riqueza intelectual que siempre ha existido en la ciudad.

–¿Y de toda esta galaxia de viajeros ingleses y franceses, tan dados a lo exótico, hay alguno que tenga una mirada especialmente certera?

–Somerset Maugham tuvo una mirada muy crítica sobre Sevilla. Él llegó cuando al cisne ya se le he había retorcido el cuello, y no fue nada complaciente con el edificio postizo de la ciudad. Ahí coincide con la lectura que muchos sevillanos hacemos de la propia Sevilla. Maugham ya ve lo mucho que hay de postal, como ese barrio de Santa Cruz reinterpretado en clave turística. En el XIX hay alguna miradas interesantes, aunque suelen terminar en el tópico. Gautier hace comentarios certeros, pero después va buscando lo que va buscando... Me gusta mucho la mirada de Pierre Louÿs, el autor de La mujer y el pelele, que busca una ciudad pintoresca pero con un punto canalla y se da cuenta de algunas de las contradicciones del lugar.

–Estamos ahora en plena Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. ¿Buscará alguno en concreto?

–Me gusta que me sorprenda el libro, que sea él el que me encuentre, por eso me puedo llevar horas dando vueltas por la Feria. Hay varios libros descatalogados que estoy buscando desde hace años, muchos de los cuales me temo que se encuentran en los almacenes de algunas instituciones.

–Todo lector lleva siempre encima una especie de mapa del tesoro. ¿Díganos algún libro sobre Sevilla para buscar en la Feria?

–Sé que es un gran clásico y muy conocido, pero Ocnos, de Luis Cernuda, es un libro que me deslumbró y cambió mi mirada sobre la ciudad. También me gusta mucho Sevilla del buen recuerdo, de Rafael Laffón, porque rescata una ciudad que ya ha desaparecido. Por supuesto, Romero Murube que, aparte de su Sevilla en los labios, tiene un libro del que ya hemos hablado, Discurso de la mentira, donde hace algunas de las mejores reflexiones sobre Sevilla. Tampoco nos podemos olvidar de La ciudad, de Chaves Nogales.

–Se habla mucho de la crisis del libro, etc., pero en Sevilla estamos viviendo un auténtico boom de las librerías.

–Es verdad que en algunas ciudades es difícil ya encontrar librerías, pero en Sevilla hay donde elegir. En su momento, preocuparon mucho el cierre de algunas con bastante arraigo, como La Roldana, El Giraldillo, Antonio Machado, Ocnos... Pero ahora están surgiendo otras nuevas. Las librerías son espacios de resistencia, lugares de encuentro que sirven para mucho más que para comprar libros.

Sevilla es un lugar ortodoxo, pero en el que siempre encuentras en la periferia un camino heterodoxísimo

–Como periodista y como escritora usted ha sentido una especial atracción por los llamados heterodoxos.

–Creo que en Sevilla y Andalucía hay muchísimos personajes que, por circunstancias históricas diversas y por la predominancia de un discurso oficial, están perdidos. Quizás por un sentido de la justicia poética, siempre me ha interesado alumbrar las zonas en penumbra de la historia de la literatura, porque además creo que, incorporando a todos estos personajes, se completa la lectura de la ciudad. Sevilla es un lugar ortodoxo, pero en el que siempre encuentras en la periferia un camino heterodoxísimo. Sólo hay que leer la gran obra de Menéndez Pelayo sobre los heterodoxos españoles para ver que muchos de ellos son sevillanos.

–Una buena parte de estos heterodoxos, como Blanco White o Núñez de Herrera, están ya incorporados al canon sevillano. Pero dígame alguno que siga en el limbo esperando su rescate.

–Por ejemplo, Alonso Álvarez de Soria, un poeta en la transición del siglo XVI al XVII que era un poco hampón y aficionado a las tabernas. Todavía seguía funcionando la escuela sevillana de los Herrera, los Baltasar del Alcázar, etcétera, pero él prefirió seguir caminos alternativos. Hizo muchas coplas sarcásticas contra el asistente de la ciudad, lo que le costó la vida... lo ejecutaron. Nadie se quiso hacer cargo de sus despojos y lo tuvo que enterrar la Caridad. Su historia la rescata Rodríguez Marín en un librito que, precisamente, me encontré en una Feria del Libro Antiguo.

–Uno de estos heterodoxos fue Casiodoro de Reina, monje jerónimo criptoprotestante de San Isidoro del Campo y traductor de la Biblia del Oso, que usted recupera en su muy celebrada novela Memoria de Ceniza. ¿Cómo se topó con la historia?

–Habían robado en San Isidoro y fui, junto a otros compañeros de la prensa, a hacer un reportaje. Entre los que nos atendieron estaba Pepote Rodríguez de la Borbolla, que nos contó la historia de la Biblia del Oso... Yo no me podía creer lo que estaba escuchando: en Sevilla, unos monjes que practicaban el protestantismo en secreto, con tráfico de libros prohibidos, que acabaron en la Europa de la Reforma traduciendo al castellano la Biblia y que algunos fueron quemados... Al día siguiente me fui a buscar al profesor Klaus Wagner, el personaje clave que me facilitó una bibliografía para empezar a tirar de la historia.

–¿Y cómo se lleva en una ciudad tan contrarreformista ser Premio Unamuno Amigo de los Protestantes?

–No soy religiosa, pero ellos se quedaron muy sorprendidos de yo rescatase su memoria histórica. Ese premio también se lo dieron hace poco a Muñoz Molina. Más allá de las creencias, yo reivindico estos hechos y personajes como parte de la historia de España y no comprendo su olvido.

Fue Borbolla el que me contó la historia de la Biblia del Oso, de la que salió mi novela ‘Memoria de ceniza

–Dicen que la Biblia del Oso es una de los libros más vendidos en Iberoamérica. Quizás por el peso de los evangelistas.

–Lo que dice usted es cierto, pero sobre todo la versión que hizo luego Cipriano de Valera, que también fue uno de los monjes que tuvo que huir de Sevilla. Es una interpretación más calvinista y ortodoxa. A mí me gusta más la de Casiodoro.

–Háblenos de la Biblia del Oso.

–Es maravillosa y recuerda mucho a la literatura del XVI, al Lazarillo... Toda esa musicalidad. Es una auténtica obra de arte.

–Su primer libro fue un ensayo heterodoxo sobre el Rocío: El polvo del camino.

–Rechazo que determinadas fiestas de la ciudad la escriban siempre los apólogos. Me gusta dar otra lectura, por lo que empecé a hacer unas contracrónicas del Rocío en El Mundo que completaban las crónicas que hacía Barbeito. De ahí viene el libro, que es una especie de reportaje novelado donde volqué el 98% de las cosas que me ocurrieron en el Rocío.

–¿Le dio algún problema?

–Sí, incluso recibí amenazas. Paco Rosell, que entonces era el director, me dijo que dejase las contracrónicas, porque me iba a tener que poner seguridad privada. ¿Es que no se admiten otras miradas?

Recibí amenazas por mi libro sobre el Rocío. Mi director me dijo que me iba a tener que poner seguridad privada

–También es una gran conocedora de las vanguardias literarias de la Sevilla de preguerra, de ahí su novela Hijos del mediodía.

-En ese libro intenté retratar esa maravillosa ciudad de los años veinte y treinta en la que, con el trasfondo de la Exposición del 29, pasaron muchas cosas. La revista Mediodía y el grupo que la realizaba fue, literariamente, uno de los más importante de España y me molesta que no se reconozca. ¿Por qué vino aquí la Generación del 27 a celebrar el centenario de Góngora? Porque la atmósfera era muy interesante. Fuera de la ciudad, los temas de Sevilla son considerados como localistas. Tú puedes hacer una novela de Madrid, aunque sea la más cateta del mundo, y es española, pero si es de Sevilla es un asunto localista. Esta mirada no tiene en cuenta la universalidad de nuestra ciudad, un lugar donde han pasado muchísimas cosas. Hay mucha gente que me aconseja que no escriba de Sevilla.

–¿Y de dónde viene esa visión tan limitada?

–Del dichoso siglo XIX, que nos catalogó como lugar menor. Da igual que sea la ciudad de Bécquer, de Machado, de Elio Antonio de Nebrija... Siempre triunfa el tópico. La culpa también la tenemos nosotros, en especial esos sevillanos profesionales que se han recreado en el disfraz. Si creyéramos más en la historia cultural de la ciudad nos irían las cosas de otra manera. Pocos lugares han sido tan ilustrados como Sevilla.

–Trabajó intensamente en el Año Murillo y ha escrito sobre el personaje. ¿Ha servido para salvarlo de esa fama reduccionista del pintor de las estampitas de primera comunión?

–Creo que sí. Murillo fue un pintor que dio una mirada total sobre su época, no sólo de la religión. Tuvo mucho de documentalista, con una mirada al mundo popular que no estaba bien vista en los tratados de pintura de la época, de los Pacheco y los Carducho... que veían bien sólo la pintura religiosa, histórica o mitológica, pero no esa de los niños menesterosos. Esa sólo triunfaba en el norte de Europa, que tenía una mirada más burguesa. Murillo, sin embargo, se atrevió.

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