María Dolores Robador. Arquitecta y Catedrática de Escuela Universitaria

"Sevilla fue una ciudad muy colorida, sólo a partir del XIX se impuso el blanco"

  • Es la responsable de la restauración de la fachada renacentista del Ayuntamiento y, entre otras muchas cosas, especialista en los colores con los que históricamente se han pintado las fachadas.

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Sabemos que Lola Robador nació en Burgos, pero no la fecha exacta (aunque todavía es joven, se niega a facilitarla con coquetería femenina). Es una metralleta. Se le pregunta por un tema que domina y arranca con una energía contundente. Cuando el entrevistador distrae la mirada para consultar unas notas, le da golpecitos en la mano para que la mire a los ojos y no se pierda ni una sola de sus palabras. Luego, dando un paseo por la ciudad a la que llegó para estudiar en la Universidad, se fija en todos sus paramentos, analiza sus colores y deja claro su antipatía hacia las pinturas sintéticas. "Nada como un buen pigmento mineral, hacen que las fachadas vibren", dice con entusiasmo. Esta arquitecta y catedrática de Escuela Universitaria es una de las mayores especialistas en edificios y jardines antiguos, así como en técnicas constructivas tradicionales y en la evolución histórica del color de la ciudad. Ha trabajado en proyectos en la parroquia de San Sebastián, en los jardines de Forestier del colegio mayor de Santa María del Buen Aire o el Alcázar. Desde hace años desarrolla el proyecto de restauración de la fachada plateresca de la Casa Consistorial, una intervención que explica con auténtico entusiasmo. Próximamente, iniciará la recuperación de las fachadas de la San Bartolomé.

-Su proyecto de jardín andalusí en la ciudad siria de Alepo ha quedado paralizado por la guerra. Sé que es un tema menor dentro de la tragedia que allí se está viviendo, pero es un ejemplo más de la barbarie de un conflicto que va a peor.

-El proyecto surgió de la Fundación Islámica de Cultura que, con el apoyo del Ministerio de Asuntos Exteriores, estaba desarrollando diferentes iniciativas en todo oriente. Me encargaron transformar una zona del gran parque central de Alepo en un espacio andalusí. Empezamos a trabajar, pero tuvimos que dejarlo por la guerra.

-¿Y cómo es un jardín andalusí? ¿Cómo lo planteó?

-Trabajando mucho con el agua, con los aromas y los trazados. Es una cuestión de recrear el olfato, la vista, el oído

-¿Qué aromas?

-Los de Al-Andalus: hierbabuena, cítricos, mirto, lavanda...

-¿En qué jardines se inspiró?

-Fundamentalmente en los del Alcázar y la Alhambra, los más importantes de la España árabe.

-¿Qué recuerda de Alepo?

-Se notaba que allí había estado la cuna de Occidente, una fusión de culturas de todos los pueblos antiguos. En la ciudad se podía ver y experimentar el crisol que se produjo en el mundo romano, mantenía una gran tradición romana. Sufro pensando en las personas que conocí, muchos habían estudiado Medicina en Sevilla y seguían teniendo una gran relación con la ciudad. Recuerdo la arquitectura interesantísima de unos manicomios. Allí trataban antigümente a los enfermos con los sonidos del agua y la luz.

-Los jardines, en general, han formado parte de su carrera profesional. También ha participado en la restauración de los jardines de Forestier, del Colegio Mayor de Santa María del Buen Aire, ubicado en el antiguo palacio de los Guzmanes. Todavía queda mucho por hacer, ¿no?

-Sí. Esos jardines son de lo más interesante que tiene Forestier, porque es prácticamente su última obra y en él funde todos los conocimientos que había acumulado. El lugar donde se implanta es maravilloso, en Castilleja de Guzmán, en un promontorio del Aljarafe desde el que se ve toda la vega del Guadalquivir. Forestier hizo un juego de niveles para organizar varias terrazas y la vista es espectacular. Como dijo Romero Murube, es un jardín sobre el aire de Sevilla. Con la escasa financiación que puede aportar la Universidad, que es la propietaria, cada año hacemos una intervención para intentar recuperar el jardín original. Lo interesante es que, paralelamente, realizamos una intensa labor de investigación.

-También ha trabajado en muchos de los jardines del Alcázar. ¿Cuál será la próxima intervención?

-Hemos hecho ya el proyecto del Cenador del León, su estanque y el jardín que lo rodea, pero todavía no han empezado las obras.

-Cambiando de tercio, uno los temas que más le ocupan en la actualidad es el del color histórico de Sevilla. Un asunto complejo y apasionante.

-La naturaleza le ha dado a Sevilla un gran regalo, que es la luz. Por la latitud de la ciudad, su luminosidad es muy intensa y limpia, lo que hace que los colores tengan mucha fuerza. El cerebro de los sevillanos, por tanto, está acostumbrado a una visión de mucha fuerza de luz y color, algo que no pasa, por ejemplo en Cádiz, donde el vapor de agua hace que los colores sean más lechosos.

-¿Y cuáles son los colores de la ciudad?

-Los del cielo, la vegetación -con esos verdes amarillentos- y los de los materiales constructivos: la cal, el albero y la cerámica...

-Empecemos por la cal.

-Es un blanco potente que tiene muchas funciones. La cal es desinfectante, ejerce un control térmico, permite que el edificio transpire, es luminosa, fácilmente pigmentable y convertible en cualquier color, es barata, duradera, despoluciona, elimina CO2.

-¿Sirve la cal para luchar contra el cambio climático?

-Se produce una especie de equilibro, porque la fabricación de la cal provoca emisiones, pero al aplicarla en los muros capturamos ese CO2.

-¿Y el albero?

-Es una caliza margosa que tiene un mineral que es la goethita, un amarillo muy luminoso que lo podemos ver en las calles, en los parques, en las aceras. Con ese amarillo se pigmentaba la cal y se obtenía ese color calamocha que se aplicaba a los muros. Lo interesante que tienen los colores históricos de Sevilla es que, al producirse con pigmentos minerales, tienen mucha fuerza y luminosidad intrínseca, vibran en los paramentos. Hoy en día, con los colores acrílicos y sintéticos, muchas de las fachadas de las casas parecen muertas; sólo hay que darse un paseo por las calles y comparar los paramentos pintados con técnicas tradicionales y aquellos a los que se les han aplicado pinturas acrílicas. La diferencia es llamativa.

-A partir de la década de los ochenta se puso de moda recuperar para los edificios uno de los colores barrocos por excelencia, el rojo almagre.

-Sí, es uno de los grandes colores de Sevilla. Últimamente estamos investigando los colores históricos de los edificios y uno queda sorprendido de la riqueza cromática que Sevilla tuvo. En este aspecto destaca el barroco, que era una auténtica borrachera de color: amarillos, rojos, calabazas, salmones, sienas, azules, verdes... Fue en los siglos XIX y XX cuando empezó a imponerse el blanco y se fue perdiendo toda esta riqueza. La misma Giralda era una auténtica bombonera.

-¿La Giralda estaba pintada?

-Exacto, no se veían los ladrillos como sí podemos hacer hoy. Tenga en cuenta que el color se aplicaba por dos cuestiones: para proteger los paramentos (no había tantos edificios desnudos como hoy) y por ornamentación. Toda la arquitectura histórica de piedra estuvo protegida con cal pigmentada, aunque a veces se trataba de microcapas apenas perceptibles. Así se protegió el edificio del Ayuntamiento, la Catedral...

-¿Y por qué se convirtió Sevilla en una ciudad blanca?

-El blanco siempre existió, pero su predominio se debió a una serie de razones que hay que seguir investigando. Un factor fueron las epidemias, ya que la cal tiene muchas propiedades desinfectantes. También hubo un momento en el que el color abrumaba y había una necesidad de limpieza. Posteriormente, hay que tener en cuenta la influencia de la arquitectura contemporánea, donde el uso del blanco es muy importante.

-Siempre se ha hablado de la cal de Morón. De hecho, sus hornos están protegidos patrimonialmente.

-Es cierto. La cal de muchos de los paramentos que hoy vemos al subir a la Giralda y mirar al caserío de la ciudad vino en borricos desde Morón, porque allí hay unas canteras con gran riqueza en carbonato cálcico.

-Antes ha hablado del edificio del Ayuntamiento, una de las joyas del renacimiento sevillano, un inmueble que de tanto mirarlo no lo vemos. Precisamente, usted está dirigiendo la restauración de sus fachadas.

-Quien ha subido al andamio y ha visto de cerca esas fachadas, esas esculturas, no lo olvida jamás. Allí trabajaron magníficos arquitectos como Diego de Riaño o Juan Sánchez; magníficos escultores como Roque Balduque, Esteban Jamete; magníficos canteros y entalladores. Se ve lo que es un trabajo magníficamente hecho, un plateresco que es un auténtico museo. Podemos decir que tenemos una joya que quiso ser emblema de Sevilla cuando fue capital del mundo.

-Ahora vuelven a verse los andamios.

-Sí, hemos empezado la restauración de la parte del arquillo que da a la Plaza Nueva. Es una fachada muy interesante, el lugar donde se producía la unión de la Casa Consistorial del siglo XVI con el desaparecido convento de San Francisco. También vamos a iniciar otra fase en la zona que da a la Plaza de San Francisco.

-También trabajó en la restauración de la portada mudéjar de la Parroquia de San Sebastián, una antigua ermita de devociones hortelanas.

-Y un antiguo cementerio. Es una portada muy interesante, con esa decoración bicromática conseguida con dos tonos de ladrillos, uno de esos pequeños tesoritos que están dispersos por la ciudad. Es sencilla y muy rica a la vez. Cuando intervenimos, el ladrillo estaba muy deteriorado por la penetración del agua y el CO2.

-El mudéjar...

-Es interesantísimo. En Sevilla es un momento muy importante que marca gran parte de la pauta de la ciudad. Se habla mucho de la Sevilla barroca, pero también hay que destacar que la ciudad mantiene mucha esencia del mudéjar, de su elegancia, de su amor por el detalle. Fíjese la transformación que se produce en el paso que se da entre el Palacio Gótico del Alcázar de Alfonso X y el Palacio Mudéjar de Pedro I, un edificio donde se funde occidente y oriente, transparente, sensual, luminoso, rico cromáticamente y en ventilación

-La restauración del interior de San Bartolomé, que se acometió hace quince años, quedó incompleta al no contemplar sus fachadas y torre, uno de los conjuntos más importantes de esgrafiados que existen en Sevilla. Aclaremos que el esgrafiado es una técnica decorativa que consiste en hacer incisiones sobre la pared. Parece ser que, por fin, se va a retomar el proyecto. ¿Participará usted?

-Sí, en principio parece que cuentan conmigo. Las fachadas de este edificio, que está muy oculto dentro del barrio de San Bartolomé, son muy interesantes, porque tienen una gran riqueza cromática con diferentes colores que se han ido superponiendo históricamente, así como importantes restos de esgrafiados, algo que se observa en otros edificios de esta zona de Sevilla, como en la casa de Miguel Mañara.

-En general, usted ha investigado mucho sobre técnicas de construcción antiguas y tradicionales. Por ejemplo, en los sistemas de impermeabilización de las cubiertas. ¿Qué nos enseñan los antiguos?

-Nos enseñan mucho, porque mantenían una tradición de prueba error con la que iban contrastando la eficacia de los tratamientos y porque daban soluciones a los problemas con materiales autóctonos. También aplicaban una cosa muy importante: el ingenio. Por ejemplo, sólo hay que fijarse en la casa-patio sevillana: qué frescor, qué transpiración... Compárese con esas soluciones insanas de los edificios cerrados con aire acondicionado. Debido a la invasión de los nuevos materiales de la industria contemporánea hemos perdido técnicas constructivas eficacísimas que daban mejor respuesta a los problemas que las técnicas actuales. Hay soluciones muy válidas en impermeabilización con cales hidráulicas o cerámica que permiten transpirar al edificio. Es una garantía constatada por el tiempo. Hay una gran tarea por delante para recuperar todos estos oficios y técnicas antiguas.

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