Ismael yebra sotillo. médico, escritor y académico

"La calle Sierpes es terreno inundable; durante siglos, Sevilla fue la Alfalfa"

  • Este dermatólogo de reconocido prestigio acaba de ingresar en la Academia de Buenas Letras, continuando así una vieja tradición de doctores vinculados a la institución.

-Usted es espécimen del noble linaje de los médicos humanistas, del que en Sevilla hay una larga tradición...

-Una tradición que todavía vive. Creo que Sevilla es la ciudad española con más médicos escritores: Miguel Ángel Yáñez Polo; Francisco Gallardo, que ha sido Premio Ateneo de Novela Histórica; Lutgardo García Díaz, que fue accésit del Adonais... No quiero seguir, porque son un montón.

-De hecho, en la Academia de Buenas Letras, en la que usted acaba de ingresar, siempre hay un sillón reservado para el gremio.

-Sí, incluso el primer dermatólogo que hubo en Sevilla, don Ramón de la Sota y Lastra, fue académico de Buenas Letras y de Medicina. Más recientemente, están los casos de Antonio Hermosilla, Sebastián García Díaz, Antonio González Meneses y, por supuesto, al que yo he sustituido: Juan Ramón Zaragoza Rubira, que fue Premio Nadal en 1980.

-¿Y por qué tanto médico metido a literato?

-La medicina es una carrera vocacional -o por lo menos lo era antes-, que te permite estar en contacto con las miserias humanas, con la enfermedad, con la pobreza... Algo muy útil para la literatura.

-Escuchando sus palabras, es inevitable que me acuerde de Baroja y su pesimismo.

-Sí, pero Baroja salió corriendo. Es verdad que acabó Medicina y que estuvo seis meses de doctor en Cestona, pero dejó la carrera porque tenía lo que Valdano llamaría miedo escénico, le daba mucho miedo ser el único médico de un pueblo, no pudo con esa responsabilidad. Tanto, que dejó la medicina para irse a trabajar a la panadería de una tía suya en Madrid. Su tesis doctoral fue sobre el dolor, fíjese que tema tan literario.

-El que sí practicó toda su vida la Medicina fue Antón Chéjov...

-Nunca cerró su consulta, ejerció hasta última hora y siempre se sintió médico. Decidió hacer su tesis doctoral sobre las condiciones de los presos en la isla siberiana de Sajalín, en el Estrecho de Bering, y le sobrecogieron las historias que conoció. Cuando llegó a Moscú le dijeron que no había hecho una tesis científica, sino una novela.

-¿Ha leído los cuentos de médicos de Conan Doyle?

-Por supuesto. Conan Doyle era oftalmólogo, pero su caso es distinto al de Chéjov. Él cerró su consulta, que estaba al lado del Museo Británico, porque le iba muy mal... No la cuidaba. Estaba pendiente de otras cosas. Pese a que triunfó con el personaje de Sherlock Holmes, a él lo que le gustaba era escribir unas novelas históricas tan malas como las que se escriben hoy. Ganó mucho dinero. Actualmente, podría ser un escritor de moda.

-En el mundo sigue habiendo cientos de miles de admiradores de Holmes.

-Curiosamente, este personaje estaba basado en un profesor de Doyle de la Facultad de Medicina. Si se fija, los médicos usamos el mismo método deductivo de este personaje. También muchos de los personajes pintorescos de sus novelas salieron de los pacientes que vio en zonas marginales de Londres.

-Ha comentado que Doyle descuidó su consulta. Sin embargo, usted tiene fama en Sevilla de todo lo contrario, de ser un médico muy comprometido con sus pacientes.

-Yo tengo muy claro que primero soy médico y luego, en mis ratos libres, escribo. Hay que tener muy claro cuál es la obligación y cuál la devoción. Como decía Chéjov, la Medicina es mi mujer legal y la escritura mi amante. Tengo claro que los pacientes necesitan un plus de humanidad, de amabilidad y de cariño. Cuando comenzaron a llegar los Rayos X y otro tipo de pruebas complementarias a España, el doctor Marañón decía que el único instrumento imprescindible en la consulta de un médico era la silla, para que nunca faltasen cinco minutos de charla con el paciente. La carrera de Medicina se ha tecnificado demasiado, estamos convirtiendo al médico en un técnico muy bien preparado pero sin ese plus de humanidad del que hablamos.

-Ha citado a Gregorio Marañón, un médico humanista muy leído antaño que, sin embargo, ha caído en el olvido e, incluso, en el ninguneo.

-Por desgracia, porque es una figura moral de primer orden. Fue un liberal, un librepensador con amigos en todas partes.

-Por cierto, y hablando de médicos a la antigua, ¿existe el ojo clínico?

-Es algo que yo valoro cada vez más. El que lo posee tiene un tesoro. El ojo clínico no lo da la intuición, como cree la gente, sino la experiencia, las tablas. Es muy importante tener buenos maestros, un bien impagable... Del resto te puedes enterar por internet.

-Nació en la Alfalfa, vive en la Alfalfa, tiene su consulta en la Alfalfa... ¿Hay un mundo más allá?

-Bueno, es mi lobera, mi osera... No digo que sea el centro del mundo ni mucho menos, pero es el lugar donde me siento más a gusto. Como algunos dicen, la Alfalfa es el pueblo más cercano a Sevilla... Aquí tengo de todo y hace años que no voy a un hipermercado ni necesito coger un coche para moverme por la ciudad... A mí me gusta mucho viajar y tengo ciudades muy queridas, como Venecia, sobre la que leo todo lo que cae en mis manos. Precisamente, ahora me estoy leyendo un ensayo sobre Venecia y la Primera Guerra Mundial.

-Pero más allá de lo práctico y de sus infidelidades viajeras, se ve que hay algo telúrico en su amor a la Alfalfa.

-Bueno, es el punto más antiguo de la ciudad, la altura que nunca se inundaba... La calle Sierpes ya es una zona inundable, es terreno del río. Durante siglos, Sevilla ha sido la Alfalfa.

-Sin embargo, unas excavaciones dirigidas recientemente por el arqueólogo Miguel Ángel Tabales han descubierto el resto más antiguo de Sevilla en el Patio de Banderas...

-Eso es que algunos de la Alfalfa fueron allí a echar el domingo.

-El periodista y buen amigo Francisco Correal me lo definió el otro día como "el dermatólogo de las monjas". Lo cierto es que usted conoce muy bien y ha escrito sobre los conventos de clausura de Sevilla, ¿qué le llama la atención de este mundo que poco a poco se extingue?

-Quizás porque estoy todo el día tratando y charlando con gente, siempre me han llamado la atención los sitios solitarios. De vez en cuando me voy a algún monasterio del norte y me paso una semana haciendo vida con los monjes contemplativos: paseando, leyendo, escribiendo, ayudando en las tareas de la huerta... De hecho, una vez me quedé aislado cuatro días por la nieve en el Monasterio de Cardeña, en Burgos. También me gustan los faros... Es una forma de encontrarme conmigo mismo.

-¿Es usted religioso?

-Sí, soy creyente pero no beatón. Creo que la dimensión espiritual en el ser humano es importante.

-La vida conventual está en crisis. Siempre fue una opción vital extrema, pero la sociedad de hoy la convierte en algo casi extravagante, algo propio de un outsider... Sin dramatismos, ¿cómo ve el futuro de los conventos de clausura sevillanos?

-Sevilla, con quince, es la ciudad del mundo que tiene más conventos por habitante. En el Siglo de Oro dicen que hubo hasta setenta... Las vocaciones de españolas son escasísimas, y los conventos sevillanos se mantienen gracias a monjas de México, Colombia, África. En San Leandro, son diecinueve africanas y cinco españolas ya muy mayores; en Madre de Dios hay siete africanas y tres españolas también ancianas; en Santa Paula hay un montón de hermanas de la India... El único sitio donde hay alguna vocación joven sevillana es, curiosamente, en Las Teresas.

-Además de ser un estudioso de la vida conventual, está muy comprometido con la conservación de su patrimonio. Entre otras iniciativas, junto al historiador del Arte Enrique Valdivieso, impulsa la recogida de fondos para la restauración de una hermosa tabla del siglo XVI, realizada entre 1530 y 1540, del Convento de San Leandro.

-Es una de las mejores tablas que hay en Sevilla, una imagen magnífica que representa a la Virgen de las Misericordias con un San Juanito a sus pies y escoltada por las santas Justa y Rufina, muy sevillana. Según Valdivieso es de lo mejor que hay en la ciudad de pintura del XVI. La descubrí cuando, junto al fotógrafo Antonio del Junco, estábamos haciendo el libro Sevilla en clausura. La tenían colocada en el claustro de San Leandro y estaba muy deteriorada. Decidimos buscar 600 personas dispuestas a donar veinte euros para reunir los 12.000 euros que hacen falta para su restauración. Ya hemos conseguido la mitad. Cuando acabe su restauración, la tabla se va a exponer permanentemente en la iglesia.

-Sigamos con su geografía sentimental: Umbrete. Su libro Pueblo Cercano, un claro guiño a Romero Murube, es un canto de amor a este pueblo.

-De hecho, yo digo que me divido entre la Alfalfa y Umbrete. Allí pasaba largos veranos con mis abuelos y de allí es mi mujer. Actualmente, mantengo la casa de mis abuelos, en pleno centro del pueblo, con corral y bodega. Sigue siendo mi Arcadia perdida... Esos veraneos con largas siestas que parecían noches fingidas y a las cuales ponía fin un intenso olor a café que inundaba toda la casa... En ese libro al que usted ha hecho referencia yo recojo mis veranos de Umbrete, como Fernando Ortiz recrea con sus poemas los estíos en Valencina o Jacobo Cortines su niñez en Este sol de la infancia o Romero Murube recuerda Los Palacios en Pueblo lejano...

-¿Qué opina de lo que ha pasado en el Aljarafe durante los últimos veinte años?

-Una barbaridad. Yo no me alegro de la crisis, pero ya que tenía que llegar que hubiese sido veinte años antes. Ha sido una destrucción total, el símbolo físico de la avaricia que nos ha llevado a la situación actual.

-¿Alguna destrucción que le haya dolido especialmente?

-Muchas: el paisaje de la Cuesta del Caracol, el Riopudio... Todo está lleno de adosados. Yo no entiendo la calidad de vida que ve la gente en vivir en un adosadito con tres metros cuadrados de patio y todo el día montado en un coche. Sevilla tampoco se salva; todo se ha llenado de veladores. Además de Los cielos que perdimos [obra de Romero Murube], tendríamos que hablar de los suelos que perdimos.

-¿Y cómo ve un dermatólogo la Piel Sensible?

-Yo digo que es la piel alérgica, llena de sarpullidos. Todo se ha hecho con muy poca sensibilidad, aunque hay zonas que han mejorado, como la Plaza de la Pescadería (que antes era feísima), la Alfalfa (que ya no tiene tráfico), la calle Alcaicería... Pero lo de la Plaza del Pan es un crimen, sobre todo por la desaparición de esos adoquines rosa que cuando llovía brillaban de una forma peculiar.

-Dentro de este repaso a los lugares del alma no se nos puede escapar Sanabria, en Zamora.

-Era la tierra de mis padres, que al igual que San Fernando nacieron en Zamora y vinieron a morir en Sevilla. Sanabria es un paraíso natural, un paisaje de robles y prados al cual he estado ligado desde niño y al que vuelvo todos los años.

-No se tomó Zamora en una hora...

-Es que los zamoranos son muy tozudos y muy trabajadores. Siempre digo que eso de los chinos que trabajan todo el día está inventado desde hace mucho tiempo, cuando venían los zamoranos y los sorianos a ganarse el pan a los comercios de Sevilla y dormían debajo del mostrador en una colchoneta. Trabajaban en tiendas, bares, luego en los taxis... Ahora ya no viene nadie, todos se van a Madrid o Barcelona.

-Fue una emigración que aportó mucho a Sevilla.

-Muchísimo. Hay cargos muy importantes de Andalucía que son oriundos de Zamora, pero no le voy a decir nombres, porque ellos no suelen decirlo. Aportaron trabajo, un sentido de la rectitud... Por narices tenían que prosperar.

Perfil: Liebres y 'llobos' corriendo por la barra

Como no podía ser de otra forma, la entrevista culmina en el bar Manolo de la Alfalfa. Allí, el plumilla y el doctor Yebra comparten una "liebre", una cerveza rápida que se convierte en dos. Hablan de las viejas palabras de su abuela Zamorana, que le decía a la boca fusiño (influencia galaica) y a los lobos, llobos; también del aluvión de castellanos, extremeños, montañeses, vascos y canarios que forjaron la Sevilla del siglo XX, una historia demasiado olvidada en el discurso oficial de la ciudad. El flamante académico de Buenas Letras y dermatólogo de renombre avanza por la plaza como quien pasea por la calle principal de un pueblo, saludando a comerciantes, camareros y parroquianos de los bares. Viajero apasionado y hombre de profundas raíces sevillanas, umbreteñas y zamoranas; médico y escritor; ameno tertuliano de barra y monje a ratos en los helados conventos del norte... El doctor Yebra es un hombre dual, un ejemplar de la "tercera Sevilla" que se resiste por igual tanto al historicismo ombliguista como al esnobismo sin alma de cierta modernidad. Heredero de Marañón, sabe que el médico sin humanidad, sin el verbo amable y atento que sana, no es más que un técnico de la salud, un brujo que se limita a aplicar las fórmulas aprendidas en alguna fría página de internet.

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