El Palquillo

Domingo de Ramos en Sevilla: público de sol para la fiesta más hermosa

  • Todo indica una bajada de público en las calles. El calor deja ver formas de comportamiento poco adecuadas para la fiesta barroca por excelencia. Numerosos incidentes por las altas temperaturas

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El frío despuebla las calles y el sol destapa las vergüenzas. Con las calores se obtiene patente de corso para hacer el indio. La sociedad del confort casa mal con la estética de la fiesta barroca por excelencia.

Con el calor pierden fuerza los nudos de las corbatas, las chaquetas pasan a reposar sobre el antebrazo como improvisadas colas de túnicas al estilo antiguo y se exhiben los tatuajes, amén de contemplarse una absoluta pérdida de las formas a la hora de ver, esperar o acompañar una cofradía. El bordillo en Semana Santa pierde su sentido original y pasa a ser banqueta para despatarrados. Y despatarradas. Tíos grandes como pavos en noviembre aguardan a la Paz echados en plena vía pública. Son jóvenes pero están como centuriones pasados de báscula que descansan sobre un triclineo. Hace calor. Seamos comprensivos.

Cuando llega el Señor de la Victoria se produce el reencuentro con una Semana Santa a la que, cada vez más, conviene mirar de respiradero hacia arriba. Con el calor se levantan los faldones de la ciudad. Los agentes de Protección Civil se abren paso para atender las lipotimias. Los policías nacionales abren pasillos para que el público pueda circular por la esquina de Rioja con Tetuán. ¡Tiene que hacer los agentes de la autoridad lo que se supone que los sevillanos sabíamos hacer solitos! Lo dice la canción: cómo hemos cambiado.

Dicen los finos observadores que hubo menos gente. La percepción indica que sí. Se notó mayor comodidad a la hora de efectuar desplazamientos de la Magdalena a la Puerta de la Carne, o de Orfila a Rioja. Por cierto, se agradece el menor número de veladores en la calle General Polavieja. No estaba todo el espacio despejado al cien por cien, pero se podía caminar en horas de las denominadas sensibles. Se pierde cantidad de público, en general, pero tampoco se gana en calidad. En esto de la Semana Santa ocurre como con las elecciones, dicho sea en estos términos ya que estamos en campaña. Si sube mucho la participación, el perfil del público empeora. Si baja, mejora el comportamiento de los espectadores.

La verdad es que en la vida hay pocas cosas que se puedan hacer con cierta comodidad o rapidez si hay que hacerlas en grupo. Ir a ver cofradías con mucha gente es como entrar ocho de una vez en un bar. Terrible. Eviten ese tipo de aglomeraciones. Se arrepentirán.

La libertad de elegir

En esto de la Semana Santa, salvo los que nos fijamos en todo, se trata de elegir. Usted puede indignarse con los señores enchaquetados que en la calzada de la calle Imagen (no bajo los soportales, sino en la calzada) consumían torrijas en platos de cocina y bebidas de trago largo en vidrio mucho antes de la llegada de la cruz de guía de San Roque, o puede extasiarse con el paso de palio del Subterráneo, que es de alta joyería en todos los aspectos.

Puede fijarse en en la sobreabundancia de tacones imposibles que enriquecen a los farmacéuticos que venden esos carísimos esparadrapos especiales, o fijarse en el broche de brillantes del Señor del Silencio, en el pecherín del Herodes, en el broche de cuello de la camisa del San Juan de la Amargura, en los pasadores de la camisa del San Juan de la cofradía de Molviedro, o en los del Señor de la Victoria que, siempre, siempre, trae al centro los rayos del sol del Parque.

Menos gente

Sí, se notó mucha menos gente en lugares clave como la Paz por Tetuán. La cofradía se podía remontar perfectamente, sin necesidad de molestar a los nazarenos. O en el Salvador a la entrada de la Borriquita. O en la Plaza Ponce de León con San Roque, con Peregil de testigo de bronce. Sierpes fue, quizás menos avispero. ¿Le ha cogido la gente miedo a la Semana Santa? De eso se hablaba en las sillas. Un Domingo de Ramos más despejado parece el augurio de unos días laborales más íntimos. A partir de este lunes lo veremos.

Tal vez la sociedad que exalta la calidad de vida tenga ya serios reparos a ciertas aglomeraciones donde muchos se conducen como coches locos. Sin rumbo ante lo desconocido, sin control sobre sus propios movimientos. Sin criterio por puro desconocimiento.

El impertinente de guardia

La percepción de menor público no supone que no haya bullas en torno a un paso, cuando, por ejemplo, se oye el hermoso grito de "¡Osunaaaaaa!" del capataz que llama al palio de la Paz. Esa bulla en la que el sol pega en las calvas, deja ver los surcos de los peinados con fijador, la mirada del maniguetero que esconde un botellita de Lanjarón, el cirio dedicado a la vida, el precioso diseño del paso que ideó Maireles… Y hay otro mundo que se forma en cuanto pasa el paso de palio.

El público no suele despedirse de las cofradías. Rompe a charlar de las cosas más triviales, a pensar en la siguiente, a quejarse de los pies o a buscar un bar. Hay cofradías que, como los buenos vinos, deben ser saboreadas cuando el recuerdo es reciente, cuando la marcha se oye solamente interpretada por los últimos instrumentos. En ese precioso momento es cuando alguien te devuelve a la realidad al preguntarte si hay retraso en la Campana. Es el impertinente de guardia. Siempre hay alguien que no pasa de una Semana Santa de horarios e itinerarios, que olvida la Semana Santa de las emociones, del silencio, de la discreción.

Sofisticación de los exornas florales

La Semana Santa sofisticada que nos ha tocado vivir abarca ya también de forma descarada los exornos florales. Imperan cada vez los estilos más originales. Hay que reconocer que algunos son bellísimos, pero puede ocurrir que nos hartemos pronto de tantas florituras,  nunca mejor dicho. Se está rizando el rizo en cuestiones florales como hace mucho tiempo que se sufre en las musicales. Ayer se oyeron algunas marchas que podían ser de carga de caballería, o melodías que anuncian la salida del AVE. En la música de Semana Santa ocurre como con los yogures. Es difícil oír un clásico, como es difícil encontrar un simple yogur de fresa de tanta variedad como hay. ¡Qué maravilla los sones de Cristo del Amor con la Borriquita!.

El Domingo de Ramos de sol nos dejó espacios libres. Muchos huecos donde no había absolutamente nadie. Resulta grato aguantar el sol y que sea el propio paso de palio de la cofradía de Jesús Despojado el que te proporcione una agradable sombra, un frescor inesperado. No es mala recompensa. Hay quienes buscan ese frescor en las heladerías franquiciadas, atestadas estaban la mayoría, y quienes se lo encuentran cuando están mirando a una Dolorosa.

La silueta del Cristo de la Buena Muerte, de la cofradía de la Hiniesta, se recorta sobre la muralla. La silueta del Cristo de la Buena Muerte, de la cofradía de la Hiniesta, se recorta sobre la muralla.

La silueta del Cristo de la Buena Muerte, de la cofradía de la Hiniesta, se recorta sobre la muralla. / Antonio Pizarro

Pasan los años y hay quienes nunca entenderemos ese extraño fenómeno por el cual los carros de bebé siempre están en las esquinas… Quizás forme parte de esa magia rica en contrastes del Domingo de Ramos, como ese ángulo exacto del palio de la Amargura que permite apreciar la sacra conversación, como el hierático nazareno negro del Amor que con toda discreción contemplaba la subida del misterio de la Borriquita por la rampla, imagen muy probablemente asociada a su infancia; como los muy cabales que saben que en la barra de Casa Eugenio, a la sombra del Corral del Conde, se puede parar a tomar un tentempié sin bullas cuando Gracia y Esperanza se ha ido a la búsqueda de la sombra mudéjar de Santa Catalina.

Público de playa

El calor genera un público de playa, de boda cuando llega la hora de la barra libre, de gofre y churro. La Pila del Pato debe ser declarada zona libre para los botellines y los cambios de pañales. La Alfalfa es como un cumpleaños mostrenco al que sólo falta una piscina gigante de bolas mientras los papás, con las gafas alzadas en la frente, engordan a base de destilados. ¿Acaso no está la Semana Santa para volver a mirar de canastilla hacia arriba? Quítenle a esta Semana Santa el alcohol y ciertas bandas de música. Tal vez solo quedaría el pato en su pila. Cua, cua.

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