Luces de la muerte caminada
Salvador Espriu visitó en 1929, con 15 años, la Semana Santa de Sevilla. Aquella visión, junto a recuerdos de procesiones infantiles, la evocó en su libro 'Semana Santa'.
AQUELLA Semana Santa de 1929 fue del 24 al 31 de marzo. El Domingo de Resurrección salió del aeródromo de Tablada la avioneta Jesús del Gran Poder, pilotada por los militares Jiménez e Iglesias con destino a Bahía, Brasil. Dos días después volaría con éxito entre Río de Janeiro y Buenos Aires. Era una de las muchas actividades de una ciudad que se preparaba para celebrar la Exposición Iberoamericana de 1929. Como en 1992, viaje capicúa, Sevilla y Barcelona celebraban sendos certámenes. De Barcelona viajó hasta Sevilla un joven de 15 años que debió quedar atónito ante lo que vio.
"En 1929 asistí a una extraordinaria Semana Santa en Sevilla". Lo dice Salvador Espriu (Santa Coloma de Farners, Gerona, 1913-Barcelona, 1985) en el prólogo a su estremecedor libro de poesía Semana Santa, cuarenta poemas escritos entre 1962 y 1970. Seis días antes del Domingo de Ramos, la selección españaola de fútbol había goleado 5-0 a la de Portugal en Sevilla. Días de efervescencia cultural con Margaritu Xirgu presentando la obra de Jacinto Benavente Mas fuerte que el amor y el poeta Gerardo Diego, dos años después de la foto que se hizo con los demás miembros de la generación del 27, pronunciando la conferencia Viejos poetas sevillanos. También estaban en Sevilla por aquellas fechas Mary Hyatt Huntington, la escultora autora de la estatua del Cid, y Millán Astray, que venía para ver las instalaciones de la Exposición Iberoamericana y documentarse ante las conferencias que iba a dar en Argentina. Siete años después, el fundador de la Legión tendría un notable protagonismo en el Alzamiento que propició una guerra civil que frustró en el caso de Espriu su proyecto de estudiar Lenguas Clásicas y Egiptología.
No es descartable que los padres del poeta, o quienes le acompañaron en aquel viaje, fueran con él al quinario del Cristo del Amor que tuvo lugar en la iglesia del Salvador. El imaginero Antonio Illanes terminó ese año el Cristo de la Lanzada. Los hermanos Álvarez Quintero visitaban Sevilla y se comprometían a regalarle a la ciudad una obra con el mismo título, Semana Santa, que el poemario de Espriu.
Versos como los de Juan Sierra o Rafael Montesinos, se leen los del poeta catalán con ecos de pregonero inédito. "Eterna, noble, una palabra / en la arraigada sequedad./ Ahora, vieja luz, te has apagado / y ya nadie se sienta a la mesa". Sutil teología en los versos del poeta: "Esta única palabra nos pesa demasiado / y la queremos pescado enharinado / en un glu-glu de aceite. Bien mirado, / ¿quién de nosotros se esmera / en la fritanga?...".
No es su poesía un cartel de fiestas primaverales, que ese año firmó Juan Miguel Sánchez con el título Palomas de la Giralda. El amor infinito no es amable. "La risa de la guadaña jamás hacía fragor alguno". ¿Qué vio porlas calles de Sevilla para retratar con fidelidad lo que pasaba y sigue pasando? "Queman el aire / pabilos de cirios: / ahora llega / la procesión, / silencio / en hileras / que marcha / a son de tambor". Un cambio en los registros musicales. "Más allá del hielo / de la lenta comitiva / hay un suplicio de clarines". En 1971 y 1983, el poeta fue nominado para el Nobel de Literatura. Son poemas escritos en catalán y traducidos por José Batlló en la Antología Lírica que Cátedra publicó, segunda edición, en 1978.
Le llegarían ecos de saeta. "Y una voz / en agonía / va gritando / que sólo quiere / la cenicienta / compañía / de palabras, / una sábana / de amplitud /de viento que cubra / sed y sangre, / agujeros de clavos, / vastedad / de la tristeza, / gran horror / de calles, / la desnudez / recordada /de los cabellos / negros del sol". Pocas expresiones tan hermosas para referirse al que busca el Gólgota: "¿Quién pedía / hoy unas palabras / que lo acompañen? / Luces en esta comitiva / de la muerte caminada".
Trascienden los versos con la trascendencia: "Días, espanto / sin nombre ni cobijo. / Por esquinas / de olvido siento cómo acechan / fijos ojos mis pasos". El poeta es cronista y fotógrafo. "Mira cómo vienen / por el atardecer lentas filas / de encapuchados...". Un viaje en el tiempo. "Bajo la luz rojiza / de la luna vago / por las calles. / Sobre la vieja espalda / siento los bastonazos de este viento". Las parábolas como fuente del crudo lirismo: "De sobra sabes cómo pasan por el agujero / de un ojo de aguja, bien untado, / a placer, gordos camellos / y el amplio rebaño que como ellos hiede". El rico se ha hecho el "amo del cotarro" y a lo lejos se ve al que se acuerda de los desheredados. Destello hamletiano en la procesión: "Por extrañas / penumbras, / un rey trágico / abre luz / de caminos / a la sed". La apoteosis del beso de Judas. "Treinta dineros, en Sepharad, / son una buena cantidad. / Te vendo por ellos, y hasta por nada, / no sólo este desnudo preso, / sino nuestra dignidad".
Están las negaciones de San Pedro. "Interrogado / tres veces, / el espanto niega / palabras y tratos / con el hombre / rebelde. / Desde muy alto / le hiere / la mirada. / Al romper el alba / cantaban / los gallos". El Jueves Santo de 1929 fue, cuentan las crónicas, un día soleado, luminoso. La intrahistoria era otra cosa. "¿Qué es la verdad? / La soledad del hombre / y su secreto espanto".
En la capilla de Montserrat tan unida a la devoción catalana está el misterio de Cristo con los dos ladrones, Dimas y Gestas. "El cuerpo del rey ya está recogido, / en el sepulcro por él recién estrenado. / Raros cortesanos desnudos, / los otros dos crucificados / están muertos con las rodillas rotas". El final es el acabóse: "No intentes enmendarme / ninguna palabra, si triste te parece. / De sobra sabes que no podrías; / lo que he escrito, escrito está".
En la visión de la Semana Santa de Salvador Espriu, además de esta visión de la visita a Sevilla en la primavera de 1929, cuenta que hay una mezcla de las semanas santas de su infancia en Arenys de Mar, la patria chica de sus padres, y Viladrau. También debió pesar la profunda religiosidad de su madre, Escolástica, la esposa del notario. Y las visitas que hacía a la familia Sor Isabel de la Creu, hermana de su padre, monja en un monasterio francés. La tía religiosa del poeta muere en noviembre de 1918, cuando su sobrino tenía cinco años, "víctima de la gripe tildada inexacta e injustamente de española", escribe no sin ironía el poeta. El visitante de la Sevilla del 29, año en el que Cuba y Estados Unidos estrenaron nuevos presidentes.
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