La priostía

Donde todo está medido

  • Nada en un paso de Semana Santa está dejado al azar: flores, enseres, decoraciones, todo tiene su historia

Desde hace unos años, la mesa de la Sagrada Cena se prepara en consonancia con la Fiesta de los Panes Ácimos./BELÉN VARGAS Desde hace unos años, la mesa de la Sagrada Cena se prepara en consonancia con la Fiesta de los Panes Ácimos./BELÉN VARGAS

Desde hace unos años, la mesa de la Sagrada Cena se prepara en consonancia con la Fiesta de los Panes Ácimos./BELÉN VARGAS

Cada año hay más de medio centenar de escenógrafos que presentan en las calles de Sevilla y ante cientos de miles de personas su obra. Siempre la misma, pero diferente, en una suerte de ilusión por la que todo permanece año tras otro aparentemente sin cambios, aunque con la posibilidad de descubrir novedades cada vez.

Esto ocurre con una de las mesas más fotografiadas de Sevilla. En el paso de la Sagrada Cena se cuidan los detalles de un modo extremo que va más allá del blanco que casi deslumbra del mantel o de las esquinas perfectamente dobladas y la ausencia de arrugas en el mantel. Desde hace nueve años la representación de la Última Cena sea lo más fiel posible a como pudo transcurrir.

Según Fernando Nieto, prioste de la Cena, la visita a sinagogas y la búsqueda de información les ha llevado a sustituir el pan tradicional por los panes ázimos, sin levadura. Su masa es una mezcla de harina de algún cereal con agua, a la que se le puede añadir sal y es el que era preparado por los judíos durante la víspera de la Pascua para comerlo en recuerdo de la noche del éxodo.

A los panes, desde hace unos tres años se añaden en la mesa dátiles, hojas verdes y agrias (en recuerdo del amargor de la esclavitud del pueblo judío en Egipto) y, este año, se sustituye el helecho por la rúcula. Se colocan entre 18 y 20 panes ázimos sobre la mesa, donde se añaden tres bandejas con dátiles, nueces y hojas de rúcula.

En cuanto al Monumento que se prepara en la hermandad para el Jueves Santo, las viandas son similares, salvo en que se añaden espigas de trigo como símbolo de la Eucaristía.

La palma de San Juan Evangelista. La palma de San Juan Evangelista.

La palma de San Juan Evangelista. / Juan Carlos Vázquez

Detalles curiosos que hablan de los preparativos, de unas vísperas donde hay muchas personas trabajando para que la Semana Santa luzca en todo su esplendor. Como ocurre con las mujeres que el jueves previo al Viernes de Dolores trenzan las palmas llegadas desde Elche para transformarlas en insignias para los pequeños nazarenos de La Borriquita. José Álvarez, antiguo hermano mayor del Amor, recuerda que la idea de abrir un tramo con palmas rizadas nació porque hacía falta una insignia más para el nuevo tramo de nazarenos. Entonces se pensó que las palmas eran representativas de la Sagrada Entrada. Además de las de las cinco que hacen la veces de insignias y varas, se riza una más. La sexta de las palmas, un poco más pequeña, va destinada al niño o niña que pide la venia en el palquillo de la Campana. Una vez solicitada, la deja en la mesa para que esté durante todo el Domingo de Ramos en la presidencia del Consejo.

Diferente es la palma que lleva San Juan Evangelista en el paso de la Sagrada Entrada. Desde siempre la palma, que también llega desde Elche, está realizada por Juan Ortega, que fue concejal en el Ayuntamiento de Sevilla. La razón tiene detrás una de esas intrahistorias de la Semana Santa de Sevilla. La madre de Juan Ortega era la encargada de preparar la palma que el cardenal Bueno Monreal llevaba en la procesión de Palmas que el Domingo de Ramos por la mañana se celebra en la Catedral. Cada año, el prelado llevaba esta palma después de la procesión para que la portara San Juan Evangelista en el paso de la Sagrada Entrada a Jerusalén. En recuerdo de esta historia, cada año Juan Ortega riza esta palma para San Juan y que contrasta con las lisas que llevan Santiago y San Pedro.

Más cercanas son las hojas de palmera que ocultan al pequeño Zaqueo. Las dona un hermano de su finca de Utrera. Como curiosidad, desde hace unos cuatro años, la palmera de La Borriquita también tiene dátiles.

En todo caso, si hay un momento en el que se empieza a tener una concepción totalmente unitaria de los pasos de la Semana Santa es con la irrupción de Castillo Lastrucci en el panorama del arte sacro en los años 20 del siglo pasado. Según explica el profesor titular de la Universidad de Sevilla, Andrés Luque Teruel, "desde el Barroco no se concebía un misterio al completo. De hecho, los realizados en el siglo XIX son la consecuencia de unir imágenes antiguas con otras secundarias de la época", afirma.

Jesús ante Anás, ejemplo de paso concebido como una escena total. Jesús ante Anás, ejemplo de paso concebido como una escena total.

Jesús ante Anás, ejemplo de paso concebido como una escena total. / Juan Carlos Vázquez

Luque Teruel recuerda que cuando Castillo Lastrucci presenta el paso de Jesús ante Anás, de la hermandad del Dulce Nombre, ya lleva 25 años como escultor. "No es una obra primeriza, porque ya había trabajado para varias hermandades de Málaga y para la Candelaria, en Sevilla. Sí es la primera vez que diseña una escena por completo, y en esta ocasión introduce una novedad en la imaginería cofrade y es el uso de la técnica mixta, muy utilizada en las manifestaciones artísticas de los primeros años del siglo XX, consistente en partes de madera policromadas y otras de tela encolada y pintadas. Con el paso del tiempo, en algunas de hermandades retiraron la tela encolada. Como curiosidad, éste fue el motivo por el que Castillo solicitó su baja en la Macarena y mostró su desacuerdo en el Dulce Nombre, de donde no solicitó su retiro porque no era hermano".

Para sus obras, el escultor estudió el modo de vestir hebreo, presentando sus misterios con carácter historicista, lo que daba a sus obras efectos pictóricamente relacionados con el realismo y con Susillo, que había sido su maestro, como recuerda Luque.

Entre las singularidades del paso de Jesús ante Anás, está la introducción de elementos decorativos para dar un mayor efecto y credibilidad a la escena. Es el caso del pebetero, que también aparece en el paso de la Sentencia de la Macarena. Se trata de un quemador de perfumes para el interior de las casas que, en el paso, está siempre encendido desprendiendo el aroma a incienso desde el mismo paso. Los originales fueron tallados por Castillo Lastrucci, aunque el uso y el desgaste han obligado a cambiarlos. El que actualmente está en el misterio del Dulce Nombre es obra de Francis Verdugo.

Algo similar ocurre con el paso de palio de esta hermandad del Martes Santo. "Cuando Castillo talla la Virgen del Dulce Nombre, va a proponer una estética inédita, incorporando rasgos realistas, igual que su maestro Susillo. Escoge una modelo local, pero introduce un efecto visibilista que hace que la imagen cambie en la pupila del espectador. Las aparentes irregularidades son licencias artísticas que configuran una imagen bella y expresiva en el paso", recalca Andrés Luque Teruel.

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