Rincones con encanto

Candelaria bajo un sueño onírico

  • Junto al Paseo de Catalina de Ribera, este enclave forma parte con indudable protagonismo y brillo enorme de la postal eterna de la Semana Santa de Sevilla.

Jardines de Murillo Jardines de Murillo

Jardines de Murillo

Cuando esta noche aún no haya cantado el gallo, la cofradía de la Candelaria se sumergiría en un sueño onírico si no fuese por el enorme gentío que la acompaña entre la abundante floresta de los Jardines de Murillo tras haber bordeado el Alcázar por el Paseo de Catalina de Ribera. Un lugar que fue postal de la Semana Santa, pero que los modos y las formas del vandalismo imperante hicieron que peligrase su supervivencia. Y es que hubo de vallarse para que la noche no fuese Campo de Agramante durante el año y objetivo peligroso en este día de Martes Santo.

La gran cofradía que mora en San Nicolás hasta estudió un itinerario de vuelta que soslayase la oscuridad y el intimismo quebrado de los Jardines de Murillo. No ganó el pulso lo antinatural de unos comportamientos inaceptables y en esta noche, casi alta madrugada de miércoles, podremos volver a extasiarnos con el paso de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de la Candelaria, parroquia de San Nicolás, dos pasos.

Entre la frondosa arboleda se cruzan saetas y suena airosa la banda para el mayor lucimiento de una Virgen que, deslizándose de costero a costero, va en busca de su casa por el camino más corto. De los jardines a Santa María la Blanca y San José, todo es un clamor que merece muy mucho la pena. Y suele ocurrirme que en plena apoteosis mariana se me venga a la memoria la figura de un cofrade vital para la cofradía, mi entrañable Ramón Ybarra Llosent, fallecido como del rayo va para los diez años.

Este encantador enclave de hoy se halla situado entre la Avenida Menéndez Pelayo, la muralla oeste del Alcázar y el barrio de Santa Cruz. Esta zona ajardinada se divide en dos partes bien diferenciadas, el Paseo Catalina de Ribera y los Jardines de Murillo, que tomó su nombre por encontrarse muy cerca de la casa donde nació el excelso Bartolomé Esteban Murillo y a petición del concejal del Ayuntamiento sevillano, el prestigioso abogado don Baldomero Laguillo Bonilla.

Pero la protagonista indiscutible de todo este edén es Catalina de Ribera, noble sevillana que era hija de Perafán de Ribera y de doña María de Mendoza, su segunda esposa. Nació en 1450 y falleció el 1 de enero de 1505. Se casó en 1470 con el viudo de su hermana Beatriz, Pedro Enríquez de Quiñones, Señor de Tarifa, con el que tuvo dos hijos varones. Fundó Catalina de Ribera el Hospital de las Cinco Llagas y también se le reconoce la construcción de la Casa de Pilatos y la conversión de la Casa de las Dueñas en el palacio que llegó a nuestros días, con lo que tuvo mucho que ver con las dos primeras residencias nobiliarias de Sevilla tras los Reales Alcázares.

Viuda desde 1492, obtuvo una bula pontificia que le permitía erigir en Sevilla un hospital de caridad para pobres, y en 1500 fundó con su hijo Fadrique el Hospital de las Cinco Llagas. Su emplazamiento original, en la calle Santiago, resultó insalubre, por lo que en 1540 se decidió trasladarlo. Se construyó entonces el edificio definitivo, al norte de la ciudad. Permaneció en funcionamiento hasta 1982, y después el edificio fue reformado y desde 1992 destinado a sede del Parlamento andaluz.

Falleció en Sevilla el 13 de enero de 1505 y fue enterrada en un artístico sepulcro, justo enfrente del de su marido, en la Cartuja de Santa María de las Cuevas. Tras la Desamortización de Mendizábal, en el siglo XIX, este monasterio se convirtió en la fábrica de cerámica La Cartuja y los sepulcros de Catalina y su marido fueron trasladados al Panteón de Sevillanos Ilustres en la iglesia de la Anunciación.

La cesión de una franja de terreno de la Huerta del Retiro del Alcázar en 1862 es el origen de este Paseo de Catalina de Ribera para que a fines del XIX se acometiese el ajardinamiento de la zona y en 1920, el arquitecto Juan Talavera formaliza las trazas con vistas ya a la Exposición Iberoamericana. El trazado del paseo es longitudinal, diseñado para el tránsito de personas, mientras que el de los Jardines de Murillo es más recoleto.

Se homenajea en su eje central al Descubrimiento de América en monumento diseñado por Talavera y ejecutado por el escultor Lorenzo Coullaut Valera. Adosada al muro del Alcázar se encuentra una fuente dedicada a Catalina de Ribera con pinturas alusivas de Juan Miguel Sánchez. Entre los espacios abiertos destaca la glorieta dedicada al pintor José García Ramos que queda delimitada por arcos de entrada y muretes en los que existen paños de azulejos que recrean obras famosas de dicho artista, ejecutados por otros pintores del entorno del maestro como Miguel Ángel del Pino Sardá, Santiago Martínez Martín, Alfonso Grosso Sánchez, Manuel Vigil, y Diego López. Los jardines terminan en la plaza de Refinadores, presidida por una estatua de Don Juan Tenorio.

Y por esta especie de sucursal del Paraíso Terrenal transitará la esta noche la hermandad de la Candelaria rumbo a su casa en San Nicolás. Será bien cumplida la una de la madrugada, sonarán saetas y lucirá en la oscuridad el bosque de cirios que acompaña a Nuestro Padre Jesús de la Salud y a María Santísima de la Candelaria. Es uno de los platos más fuertes de nuestra gran fiesta y convendría que no se lo perdiese por nada del mundo.

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