Rincones con encanto

Corazón de la Triana de siempre

  • El Altozano. La universalidad del arrabal y guarda guarda en esa costanilla que lo enlaza con el puente el enclave que motoriza sístole y diástole del trianerismo más genuino

Plaza del Altozano Plaza del Altozano

Plaza del Altozano

Amanece Domingo de Ramos y arranca esta serie con un lugar emblemático al otro lado del río, con el centro neurálgico de esa otra Sevilla que es el arrabal y guarda, Triana. Estamos en el Altozano, nada más y nada menos que el corazón de Triana, enclave que esta tarde, con permiso de esa lluvia que tan aficionada se muestra a nuestra fiesta mayor, será escenario de la tristeza que siente el barrio por la marcha a Sevilla de la fantástica Virgen de la Estrella y de gozo alborozado en el recibimiento cuando estemos llegando a una madrugada recién estrenada.

El Altozano es la cota más alta de Triana, fruto de una elevación artificial del terreno para enlazar los viejos caminos reales de Camas y de San Juan de Aznalfarache con el puente de barcas. El puente de barcas fue ordenado construir por el emir Abud Yacub Yusuf en 1170 y era el cordón umbilical que unía la ciudad amurallada con ese arrabal situado en la margen derecha del río Guadalquivir. Dicho puente de barcas serviría siglos después para que las cofradías trianeras fuesen a Sevilla para su estación de penitencia hasta que en 1845 se construye el puente de Isabel II, el famoso en todo el mundo puente de Triana.

Pero respetando la norma cronológica ha de resaltarse que con anterioridad a ese puente de barcas ya estaba el Castillo de San Jorge, que data de época visigoda. Fue a esa fortaleza donde se ataron las cadenas del puente de barcas y que rompió en 1248 el almirante Bonifaz para conquistar Sevilla mediante la Armada de Castilla en el reinado de Fernando III el Santo. A partir de ahí, el castillo fue ocupado por la Orden Militar de San Jorge y en él se ubicó la primera parroquia de Triana.

Dado su indudable valor estratégico para la defensa de la ciudad, esa orden militar lo ocupó hasta 1481. La llegada al trono de Castilla de Isabel y Fernando propició la aparición de la Santa Inquisición y nada mejor que el Castillo de San Jorge para su sede sevillana. Ahí, con su espantosa Cámara de los Horrores, continuó hasta que le fue adjudicado en 1626 al omnímodo Conde Duque de Olivares. El valido se encargó de su reparación, ya que estaba en muy mal estado a causa de las continuas crecidas del río, pero la Inquisición no cejó en recuperar su utilización y lo consiguió en 1639 hasta que definitivamente se fue en 1785. Fue polvorín durante la Guerra de la Independencia y destruido después para levantar en él el actual Mercado de Abastos de Triana.

Pero no sólo el castillo le da empaque al Altozano. En 1845 se alzó la Torre del Reloj, del reloj que marca la hora según Triana, y junto a ella se construiría en 1928 la capillita del Carmen, obra de Aníbal González conocida por el Mechero a causa de su similitud con los antiguos encendedores de yesca. Claro que anteriormente, justo en 1912, proyectó José Espiau la farmacia de Aurelio Murillo, de estilo regionalista y que sigue siendo enseña de este enclave tan trianero. Aurelio Murillo fue un hombre de enorme predicamento en el barrio por su solidaridad con los más desfavorecidos y su rebotica era lugar de tertulia donde se citaba un personal de lo más genuinamente trianero.

El Altozano, no obstante, es bastante más. Cómo dejarse atrás El Faro, ese edificio que remata la escalera que une Betis con el Altozano, esa escalerilla de Tagua que reemplazó a la antigua rampa por donde subían las recuas de jumentos que transportaban las arenas recién sacadas del lecho del río. El Faro era la sede de la compañía naviera Sanlúcar Mar y en la actualidad es restaurante con una terraza desde la que antaño se atisbaba la llegada de los vapores que hacían la travesía fluvial desde la mar que baña a Sanlúcar de Barrameda.

Y en esa acera izquierda según se enfila Triana desde Sevilla fue levantado un monumento a trianero tan insigne como el torero Juan Belmonte en 1972. Es obra del salmantino Venancio Blanco y en su día se rodeó de una gran polémica causada por una fisonomía vanguardista que no gozó de consenso a la sazón. Sin embargo resulta indudable que este monumento a Belmonte está incrustado de lleno en las señas de identidad del Altozano.

Más abajo de esa estatua del Pasmo de Triana se halla un monumento más reciente, data de 1993 y es obra de Jesús Gavira, que homenajea al Arte Flamenco. Se trata de una alegoría que presenta a una flamenca guitarra en mano y apoyada en un yunque, otro símbolo muy trianero que nos lleva a los cantes de fragua que tanto sonaron en la Cava de los Gitanos. Entrambos monumentos un espléndido ficus le da umbría y confortabilidad a ese lugar para ir embocando San Jacinto, otrora Camino Real de San Juan de Aznalfarache y arteria principal del arrabal y guarda.

El Altozano es también punto para el jolgorio y allí estuvieron templos de la juerga tan significativos como Casa Berrinche, el Quiosco de las Flores, Los Hermanos o un despacho de calentitos tan singular como fue el de Rita la Cantaora. Y del jolgorio y el gozo, al entusiasmo que hoy despertará la Estrella, como mañana en torno a la cofradía del Barrio León más lo que concitan la Esperanza, La O y el Cachorro en ese vértigo de sensaciones que tiene su desarrollo el Viernes Santo de madrugada a madrugada. Es el Altozano, corazón de la Triana más auténtica.

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